sábado, 26 de febrero de 2011

Descansa sólo en Dios, alma mía

Salmo 61

Descansa sólo en Dios, alma mía.
Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación; mi alcázar, no vacilaré.
Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré.
De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme, Dios es mi refugio. Pueblo suyo, confiad en él, desahogad ante él vuestro corazón.

Decía un gran teólogo que cuando oramos a solas, lo mejor que podemos hacer es dejar a un lado nuestras preocupaciones, nuestras angustias… y reposar en Dios como en una butaca.
Descansar en Dios. Sólo en sus brazos encontramos la verdadera paz, la que no se acaba y no puede ser barrida por las mil y una preocupaciones de la vorágine diaria. Sólo en Él nuestro espíritu puede reposar verdaderamente.
El salmo describe el amparo divino como roca, como refugio, como tabla de salvación, como castillo. En el mundo, hoy, todos buscamos seguridad. Fijémonos en cuántos recursos destinamos a “asegurarnos”: en el trabajo, en nuestra vejez, cuando viajamos… Queremos seguros para nuestro coche, para nuestra casa, para nuestros ahorros y para nuestros hijos. El miedo a perderlo todo, a la carencia, al dolor, es un poderoso motivador. El miedo a la pobreza también. De ahí nuestra obsesión, a veces enfermiza, por el trabajo y el dinero.
Nuestro buen hacer, por supuesto, nos puede proporcionar una situación económica desahogada o, al menos, digna. Y nos aporta satisfacciones y bienestar. Pero, como nos recuerda Jesús en el evangelio, nada de lo que hagamos podrá alargar una sola hora el tiempo de nuestra vida. Lo más importante no está en nuestras manos.
“De Dios viene mi salvación y mi gloria”, dice el salmo. Lo mejor que tenemos no es nuestro, sino suyo. Son sus regalos: la vida, el tiempo, el universo, las personas que nos rodean; la capacidad de ser creativos y de amar. Todo lo que realmente nos hace felices es suyo. Por eso, cuando buscamos tan persistentemente la paz, la seguridad y la alegría vital, no deberíamos despistarnos. La economía está bien. El trabajo está bien. Pero la única fuente de todo cuanto realmente anhelamos es Dios. ¡Nunca lo olvidemos!

sábado, 19 de febrero de 2011

El Señor nos colma de gracia y de ternura

Salmo 102
El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

El primer gran tema que salta a la vista en este salmo es el perdón. ¡Qué difícil nos resulta perdonar, y cuán olvidado lo tenemos!  Incluso hay personas que se precian de perdonar a quienes les han causado un mal, “pero jamás de olvidar”, como si mantener esa revancha viva en el corazón fuera motivo de orgullo o de reafirmación.
El salmo, en primer lugar, nos habla del perdón de Dios. Un perdón sin límites, capaz de lavar y sanar toda culpa, toda herida emocional; capaz de borrar y saldar toda deuda. No sólo eso, sino que Dios, cuando perdona, lo hace con alegría y delicadeza: “te colma de gracia y ternura”. Quien experimenta el perdón de Dios y su compasión, siente esa calidez inmensa del abrazo comprensivo, amante, generoso. Quienes tienen una idea represiva de Dios, bien podrían leer y meditar estos versos. Lejos de ser un opresor, Él nos libera con su perdón y nos desata del peso de las culpas, que muchas veces cargamos nosotros mismos a nuestras espaldas.
En segundo lugar, nos habla de la justicia de Dios, que tan alejada está de nuestra mentalidad retributiva. “No nos trata como merecen nuestros pecados”. En nuestra cultura está tan arraigado el concepto de mérito, de “merecer”… Nos parece que si alguien actúa mal, se merece una desgracia. Nos alegra que alguien se tope con la horma de su zapato, que las desgracias caigan sobre él. Le está bien merecido, solemos decir, sin caer en la cuenta de que, al hablar así, nos estamos erigiendo en jueces y condenadores, como si fuéramos dioses y pudiéramos disponer del destino de las personas.
Y tal vez nuestros idolillos, nuestras falsas imágenes de Dios, sean así: vemos en ellas a una divinidad justiciera, vengadora, implacable. Pero nuestro Dios, el Dios de Israel y el Dios de Jesús, no es así. Nos puede sorprender y hasta indignar su gran bondad. Nos puede parecer excesiva y derrochona. ¿Por qué Dios no castiga a los malos? ¿Por qué tiene que perdonar tanto, por qué es “demasiado” bueno? ¿No es eso injusto?
El salmo, tan cercano al espíritu de Jesús, nos recuerda que Dios es como un padre tierno. Aún más, podríamos decir que es como una madre llena de amor por sus hijos. ¿Cómo va a rechazar a uno solo? ¿Dejará una madre de querer a un hijo, por malo que éste sea? Sufrirá por él, intentará ayudarle, rezará… pero nunca dejará de amarlo.
Si una madre humana puede amar así, ¿debería extrañarnos que Dios rebase la medida pequeña, mezquina y limitada de nuestro amor?

sábado, 12 de febrero de 2011

Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

Salmo 18

Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón.
Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas.
Haz bien a tu siervo; viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

En este salmo afloran conceptos que nuestra cultura de hoy tiende a contraponer e incluso a enfrentar de forma conflictiva: la ley y el corazón; la norma y la libre voluntad; la obediencia y la libertad. ¿Es posible reconciliarlos?
Para el que compuso este salmo no había contradicción ni dilema. El salmista muestra su deseo vehemente y profundo de cumplir la ley del Señor, que alaba y reconoce como buena: “contemplaré las maravillas de tu voluntad”. ¿Cuál es la bisagra, la amalgama que logra unir la voluntad de Dios y la humana? El secreto es simple y grande: el amor.
Una experiencia de amor logra conciliar el deber y el corazón. Aúna voluntades —la mía y la de Dios— al igual que es una única la voluntad, el querer y el sueño de dos que se aman y miran hacia el mismo horizonte.
Quien se sabe intensamente amado por Dios, logra penetrar con lucidez en su auténtica ley —el amor— y hace suya, con total libertad y con pasión, la voluntad de Dios. Entra en una dinámica amorosa, en la que “cumplir” no es algo forzado ni superficial, sino un verdadero impulso del corazón.
A partir de una experiencia amorosa, mística, se pueden derivar “mandamientos” o prescripciones que pueden orientar a la hora de llevar a la vida cotidiana las consecuencias de ese amor. Si todos experimentáramos en propia carne este amor, no serían necesarias las normas ni las leyes… “Ama y haz lo que quieras”, dijo Agustín, en su ferviente radicalidad. “La ley es el amor”, afirmó Pablo en repetidas ocasiones. Porque, como Jesús, sabía bien que es muy fácil convertir la religión en un conjunto de normas a cumplir. Y qué fácil es reducir la fe a un cumplimiento formal, muchas veces incluso hipócrita, de los mandamientos que hemos aprendido de memoria. El gran enfrentamiento de Jesús con los fariseos fue justamente por este motivo. 
Jesús aceptó la ley, pero aclaró que ésta tuvo que ser establecida “por la dureza de corazón” de las gentes. Efectivamente, cuando el amor desaparece, la ley es necesaria para regular la convivencia y evitar el caos, las injusticias y el crimen.  Pero cuando se alcanza una madurez humana y espiritual, cuando se vibra con una experiencia íntima de entrega y comunión, la ley humana sobra, es letra muerta, como decía san Pablo. Y pasa a ser sustituida por la libertad auténtica, una libertad responsable, consecuente, apasionada, movida por el soplo del amor.

viernes, 4 de febrero de 2011

El justo brilla en las tinieblas

Salmo 111

El justo brilla en las tinieblas como una luz
En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres: su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.

En los versos de este salmo leemos, por un lado un auténtico código moral y guía para la conducta humana. Se nos habla de la persona justa, que se compadece de los pobres, que reparte su riqueza y jamás se cansa de ayudar. El sentido de la solidaridad es fortísimo en la cultura hebrea y una constante en su devenir histórico.
El justo es elogiado y valorado pero, además, el salmista recalca todas las bendiciones que recibirá. El mundo le recordará —“su recuerdo será perpetuo”—. No morirá en la memoria de las gentes. Sin pretenderlo, conseguirá permanecer vivo en el recuerdo, mucho más que quien solo busca su gloria.
“No temerá las malas noticias, su corazón está firme”. Será una persona que pueda resistir los embates de la vida, las tristezas, dolores y pérdidas que todos tenemos que afrontar. Y lo hará con ánimo firme, porque se apoya en Dios. No serán el poder ni la violencia los que le harán fuerte, sino esa confianza en Dios y su misma bondad.
“Alzará la frente con dignidad”: quien da amor sin reservas, quien no esconde egoísmos ni intereses, puede caminar por la vida con toda libertad y dignidad. No necesita aparentar lo que no es, ni esforzarse por ocultar sus egoísmos, ni disfrazar sus intenciones, porque es limpio y da generosamente lo que ha recibido.
Y estas personas —lo podemos ver, hoy y siempre, en nuestra propia vida— son personas luminosas, que irradian bondad, calidez, presencia de Dios.  No necesitan ser especiales. Quizás son pobres, o quizás no; pueden tener tantos problemas o más que cualquiera; tal vez estén enfermas, o incluso puede ser que sufran rechazo por parte de algunos… Pero la felicidad que desprenden ilumina su entorno. Porque nada puede tapar la bondad de un corazón sencillo, abierto y confiado, que transparenta la luz de Dios.