viernes, 25 de diciembre de 2015

Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos

Salmo 127, 1-2.3. 4-5. 6

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. 
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. 
Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.

En la fiesta de la Sagrada Familia, este salmo nos presenta una bella imagen: la esposa como parra fecunda, los hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa. ¡Cuántas mujeres, cuántos padres y madres de familia sueñan con una escena así! Las fiestas de Navidad son ocasiones en que muchos pueden ver cumplido su sueño: toda la familia reunida en torno a la mesa, con buen ánimo y disposición alegre para compartir un tiempo juntos.

Una familia unida, con relaciones sanas y armoniosas, es una bendición que todo ser humano desea. Era la aspiración de los antiguos judíos y sigue siendo, hoy, la aspiración de la mayoría de personas. Pese a que los tiempos cambian, la tendencia humana permanece: hay un deseo innato de conexión, de intimidad y de unión entrañable con los demás. La familia sigue siendo el espacio donde mejor se pueden vivir estos vínculos. Sigue siendo el refugio, la mesa dispuesta donde siempre hay un plato, el hogar donde encontrar calidez y apoyo en los tiempos difíciles.

Pero también es verdad que muchas veces las familias no son ese lugar seguro, cálido y favorable donde las personas pueden crecer. Son muchos los traumas, los errores y los egoísmos personales que se interponen entre sus miembros. A veces no se saben gestionar bien y se producen conflictos o rupturas muy dolorosos. Otras veces, simplemente unos se soportan a los otros, aguantando el cansancio o la rutina, y el amor languidece poco a poco.

¿Cómo conseguir la armonía en el hogar? ¿Cómo sanar las relaciones? El salmo propone una vía, explicada con palabras simples pero con un significado muy profundo: Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos... Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Podemos quedarnos pensando: ¿basta temer a Dios y obedecer su ley para gozar de salud, prosperidad y amor en la familia? ¿Es esta la solución?

Ahondemos en qué significa temer al Señor y seguir sus caminos. El temor de Dios no es miedo a una autoridad terrible que nos juzga. Seguir sus caminos no es obediencia ciega y sumisa. ¿Cómo se define Dios? Como derroche de amor, misericordia y perdón infinito. ¿Su ley? San Pablo la resumió en una sola palabra, de nuevo “Amor”. Por tanto, el secreto para vivir una vida familiar buena, sana, pacífica, no es otro que este: amar. Ama y haz lo que quieras. Pero has de saber que amar no es sentimentalismo fácil ni enamoramiento fugaz, sino entrega constante, incondicional, para siempre. Amar es darte a ti mismo, amar es saber recibir el amor de los demás. No se te pedirá que hagas nada inalcanzable, ni que sufras inútilmente. Y a donde tú no llegues, cuenta con Dios. Él llenará los huecos, salvará los abismos y cubrirá las grietas con su mejor bálsamo: el fuego dulce del Espíritu Santo, puro amor. Conecta con Dios, no pierdas nunca su presencia ―esto es temor de Dios― y él te dará la fuerza y las ganas para amar y convertir tu familia en un espacio sagrado, donde arde su fuego sin cesar.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Señor, ven a visitar tu viña

Salmo 79

Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre.

En consonancia con las lecturas de hoy, pre-navideñas, el salmo que leemos nos habla de Dios como Señor de la vida. Su poder resplandece: la Creación entera, el universo, el mundo, habla de su grandeza. Los ángeles le sirven.

De su contexto cultural y literario, los salmistas a menudo tomaron imágenes cósmicas para describir a Dios —Dios de los ejércitos celestiales, que son los astros— o bien de la vida agrícola que conocían —el señor que planta una viña y la cultiva con amor―. Con estos símiles están expresando, por un lado, que Dios no es ajeno a la vida y a la naturaleza: son creación suya y él las sostiene y alienta. Por otro, también nos señala que Creador y obra no son una misma cosa. Dios es el Señor de la naturaleza, pero también el Señor de la historia. Por eso cuida de lo que ha creado y ninguna realidad del universo le es indiferente. Su mano creadora también es restauradora y protectora.

Pero la fe hebrea ya atisba esa centralidad humana que recoge el Cristianismo. El hombre es su escogido, el que fortaleció. El hombre es la criatura semejante a su Creador, la que puede hablar con él, imitarle con su impulso re-creador, ayudarle a completar su obra. Es la criatura que, por encima de todo, puede amarle y también sentirse amada por Él.

«No nos alejaremos de ti: danos vida», rezan los versos del salmo. Así es. Más allá de la vida biológica, Dios nos ha dado esa otra vida plena, de la que somos conscientes y que todos en el fondo anhelamos. Esa vida que nos rescata del sinsentido y del miedo, que da un significado a nuestra existencia, la podemos  encontrar cuando nos acercamos libre y voluntariamente a Dios. Más aún, cuando le abrazamos y nos aferramos a Él. Acogerle es nuestra Navidad. Invocarle es ya una manera de invitarle y hacerle presente en nosotros. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

Gritad jubilosos

Isaías 12, 2-3

Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel».
El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso.
Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sión: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel».

Esta semana leemos un himno del libro del profeta Isaías. Este profeta escribió en tiempos difíciles para el pueblo de Israel, ante la presión de la invasión babilonia que amenazaba con engullir el reino. Es en estos tiempos difíciles cuando la voz de los profetas resuena con rotundidad: por una parte, describe con lucidez la situación e interpreta los hechos a la luz de Dios, dándoles un sentido; por otra, Isaías, como hicieron otros profetas, quiere transmitir un mensaje de esperanza al pueblo atemorizado.

La esperanza, en Isaías, se cifra en el futuro. Pese a las guerras y las invasiones, Dios sigue siendo el Señor de la historia y protegerá a los suyos. Hará justicia y su pueblo podrá alegrarse. El salmo canta ya en presente la alegría del pueblo liberado. Desde una mentalidad racionalista podríamos tachar estos versos de ilusos, o bien de una maniobra mental para zafarse de las penurias del presente, un mero consuelo. En cambio, un terapeuta neurolingüístico nos diría que hablar del bien que deseamos en presente es dar un paso hacia esta realidad, es anticipar lo que deseamos y comenzar a construir ese futuro mejor.

Pero desde una óptica cristiana, el futuro hermoso que el profeta canta ya se ha hecho realidad. Podemos preguntarnos: ¿cómo, si el mundo sigue sacudido por guerras, crisis y calamidades? Miramos alrededor y la angustia nos invade. ¿Dónde está la salvación de Dios? ¿Dónde está el gozo, dónde la alegría?

Si no sabemos verla, es porque nos falta limpieza y profundidad en la mirada. Nos falta oración, nos falta vida interior. Desde el momento en que Dios vino a la tierra, hecho niño, hecho de la misma pasta humana que todos nosotros, esa fuente de salvación ya ha brotado y sigue fluyendo para saciar nuestra sed de vida plena, para alimentarnos y darnos fuerzas. Por eso la Navidad que llega es motivo de fiesta. Pero es también motivo de fiesta saber que cada día, si queremos, podemos acudir a esa “eterna fonte escondida”, como diría San Juan de la Cruz, escondida en el sagrario, en nuestras capillas e iglesias, y saciarnos de ella. Jesús vino para quedarse con nosotros, ¡y lo tenemos tan cerca! No solo en nuestro corazón, no solo en nuestro cuerpo cuando comulgamos, sino también en el prójimo cercano, en aquellos que nos rodean, y muy especialmente quizás en los que menos pensamos: en los pobres. Dios está presente, y su cercanía sostiene al mundo, en sus dolores de parto y en sus calladas alegrías. Mientras estemos vivos, siempre tendremos un motivo para estar agradecidos y alegrarnos.

jueves, 3 de diciembre de 2015

La lengua se llena de cantares

Salmo 125, 1-6

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.


Este salmo exultante, que rebosa agradecimiento, es muy acorde con el tiempo de Adviento, acompañando a la lectura de Juan predicando en el desierto.

El desierto es un lugar propicio para la oración y el descubrimiento de la verdad. También es símbolo de desnudez interior. La tierra desnuda de vegetación, abierta bajo el cielo transparente, es reflejo del alma que se sabe pobre y se abre al don.

Y cuando el espíritu se abre, Dios no retiene sus dones. Llueve, generoso, haciendo florecer la tierra estéril. «Cambia nuestra suerte», así es. Nuestro destino humano, que a veces se nos puede antojar falto de horizonte, vacío, inútil y gris, se convierte en un jardín frondoso, lleno de sentido y belleza.

Cuando sentimos la plenitud de Dios en nosotros, la alabanza y el agradecimiento brotan, como las palabras de este salmo. Son palabras que nos recuerdan el Magníficat de María. La alegría estalla y se convierte en cántico cuando somos conscientes de cuánto nos ama Dios, y cuánto puede hacer en nuestra vida. Es el canto de quien ha vivido la conversión y se siente renacer.

Esta conversión es un camino que también requiere un esfuerzo. Muchas veces, comporta dolores de parto. Por eso el salmo habla de sembrar entre lágrimas. Cuánto llanto no habrán costado las conversiones, cuántas batallas internas para vencer nuestras propias resistencias. Pero la cosecha, finalmente, es gozosa, porque la semilla plantada era buena.

En los tiempos inciertos que vivimos, en que mucha gente está desorientada y es fácil caer en el pesimismo vital, los cristianos hemos de abrir nuestro corazón más que nunca para que Dios pueda regarlo con su amor. Nuestro florecer será el mejor testimonio ante quienes no creen. Como los gentiles del salmo, quizás se sorprendan y se admiren, y quizás, algún día, ansíen también beber de esa agua viva que nos alimenta y nos hace capaces para la esperanza y la alegría.