viernes, 24 de junio de 2016

Señor, tú eres el lote de mi heredad

Salmo 15

Tú eres, Señor, el lote de mi heredad

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Digo al Señor: Tú eres mi bien. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

A menudo las gentes critican a la Iglesia y también a los  cristianos. Atacan a la institución de mil maneras, por su rigor y su poder, y a nosotros, los creyentes, nos acusan de ser incoherentes con lo que creemos y predicamos, o bien se nos atribuyen toda clase de ideas y actitudes disparatadas, a veces bien lejos de la realidad.

Pero este salmo nos recuerda una cosa innegable. La Iglesia está formada por seres humanos y, como tales, somos falibles, imperfectos y pecadores. Cometemos muchos errores, incluso causamos daño, queriendo o no. Somos vasijas de barro, a veces muy sucias y deterioradas… Qué fácil es que nos desprecien y qué fácilmente podemos caer en el desánimo ante las críticas.

Pero esas ánforas de barro, sucias y rotas, contienen un tesoro inmenso, no comprado ni conseguido, sino regalado. Es esa joya maravillosa lo que hemos de ver y mostrar. Dios se ha fiado de nosotros y se nos ha dado: él es, verdaderamente, el lote de nuestra heredad. Él llena nuestra copa, él nos cubre, nos protege y aún más: nos habita. Con Cristo, los versos del salmo todavía adquieren mayor significado. En la comunión, lo recibimos dentro de nosotros, y desde dentro nos instruye, iluminando nuestra conciencia y nuestra voluntad.

Por eso, aunque seamos pecadores, aunque nos sintamos pequeños, cargados de defectos y de fallos, podemos exultar de alegría y tener paz interior: «se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena». ¡Qué expresivos son estos versos! Sí, la paz interior no la conseguiremos por nuestros medios, sino cuando nos dejemos inundar por la presencia de Dios. Y con la paz, llegará el gozo. Dios, lejos de ser el gran juez represor de la humanidad, es su liberador, su alegría y aquel que puede saciar nuestra hambre de plenitud. 

Dios no nos quita nada, nos lo da todo... y se nos da a sí mismo, el máximo regalo que jamás hayamos podido soñar.

jueves, 16 de junio de 2016

Mi alma está sedienta de ti, Señor

Salmo 62

Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.


Sólo quien ama intensamente y se sabe amado puede pronunciar con sinceridad las palabras de este salmo. «Mi alma está sedienta de ti» expresa una necesidad profunda, acuciante, tan honda como la sed física, tan dolorosa como el hambre. El salmista aún añade: «mi carne tiene ansia de ti». El deseo de Dios, de plenitud, de trascendencia, es tan ferviente como el deseo amoroso.

Este cántico nos habla de un amor que quizás nos parece muy alejado de los parámetros de nuestro mundo moderno. Hoy escuchamos que el amor va y viene, que nada dura para siempre; pero también oímos decir que la gente tiene hambre de afecto, de cariño, de reconocimiento. Y también vemos cuántas enfermedades del alma nos aquejan e intentamos vanamente paliar con medicinas, frenesí, ruido, gastos materiales y divertimentos que, al final, sólo consiguen dejarnos exhaustos y más vacíos.

El salmista habla de una sed que siempre aquejará al ser humano porque estamos hechos así, con un pozo interior que sólo puede llenarse de algo inmenso y eterno. Ojalá todos sintiéramos ese deseo dentro y lo reconociéramos. Porque el hombre sediento que está vivo busca la fuente que lo sacie y no duda en emprender el camino. Es cierto que el mundo le ofrecerá muchas falsas bebidas, alimentos que no nutren y bálsamos engañosos para saciar su hambre infinita. Pero si el alma está despierta la sed persistirá y le empujará a continuar buscando. Hasta que, en algún momento, la misma fuente que persigue le saldrá al camino.

Cuando Dios entra en nuestra vida, nuestra alma, árida como tierra reseca, renace. Dios nos alimenta y jamás se cansa de regalarnos sus dones. La vida penetrada por Dios experimenta tal cambio que la respuesta estalla forma de alabanzas: «Toda mi vida te bendeciré», «a la sombra de tus alas canto con júbilo». Si realmente estamos saciados de Dios, eso ha de notarse en una vida llena, activa, pacífica y profundamente alegre.

La unión con Dios no es algo reservado a los santos y los místicos. Todos los cristianos —en realidad, todos los seres humanos— estamos llamados a vivir esta experiencia de amor íntimo que nos arraiga en la tierra y nos permite crecer hacia el cielo.

viernes, 10 de junio de 2016

Feliz el hombre libre de culpa

Salmo 31

Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.  


Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

  
Tú eres mi refugio, me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación. 
Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero. 



Las lecturas de este domingo nos hablan de la bondad de Dios y de la liberación inmensa que supone el perdón.

El perdón, incluso en un plano puramente psicológico, tiene una tremenda fuerza sanadora. El perdón limpia, libera, deshace los nudos interiores, desata la alegría y devuelve las ganas de vivir. Pero, para vivir una experiencia verdaderamente liberadora y gozosa del perdón son necesarias al menos dos cosas.

La primera es la conciencia de pecado. Hoy día se tiende a eliminar todo trazo moral de nuestra cultura; por tanto, dicen muchos, “no hay pecado, sólo hay ignorancia”. O bien: el pecado es una forma de atadura que nos impone la Iglesia para dominarnos. Quienes así hablan olvidan que la naturaleza humana es consciente, es sensible y posee un sentido natural de lo moral, de lo que es bueno, verdadero y bello. Y por eso una mente despierta en seguida sabe si ha obrado bien o mal y siente el peso de la culpa cuando es responsable de algún daño.

“Yo reconocí mi pecado, no escondí mi culpa”, reza el salmo. La persona que reconoce sus males, la que no tiene doblez, está ya en camino de poder recibir el perdón y liberarse. El problema es cuando queremos tapar nuestros fallos y pretendemos engañarnos a nosotros mismos y a los demás con excusas o máscaras de bondad y conveniencia. Tal vez podremos ocultar nuestros pecados, pero nunca podremos liberarnos de la culpa, y ésta nos devorará por dentro.

Y la segunda cosa es aceptar la bondad de quien nos perdona. Quizás aún conservamos el miedo a un Dios severo y juez. Pero la Biblia nos recuerda una y otra vez que Dios no es así. Nuestro Dios es compasivo, siempre tiene la mano tendida para perdonar. Y a quien está sinceramente arrepentido, jamás le tiene en cuenta sus males y lo vuelve a amar. La imagen del padre del hijo pródigo es su vivo retrato. Decía un gran teólogo que Dios es tremendamente olvidadizo. No recuerda nuestros pecados para echárnoslos en cara. No conserva una memoria de agravios. Para Él, lo que importa es el corazón abierto, dispuesto a dar y recibir amor. Como afirma el Papa Francisco en su libro El nombre de Dios es misericordia, Dios busca siempre una rendija por donde entrar y darnos su perdón.

El salmo sigue desgranando en sus versos el gozo desbordante de quien se siente perdonado. “Me colmas con la alegría de la salvación”. Es salvado quien se sabe y se siente amado. Es salvado quien acepta el amor y quiere amar. Y quien es amado exulta y se regocija. El arrepentimiento sincero es el primer paso: el perdón es una fiesta.

jueves, 2 de junio de 2016

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Salmo 29

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.


Este salmo recoge con imágenes poéticas los avatares de la vida humana. Hay momentos de llanto, días de júbilo; dolor, gozo, muerte y vida se suceden. Y en medio de las turbulencias, siempre podemos encontrar a Dios.

Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido angustiados y oprimidos por las dificultades y por enemigos, ya fueran personas o situaciones que nos aprietan. ¡Cuántas nos parece estar metidos en un foso oscuro, un túnel sin salida!

Sin embargo, hay una mano salvadora que nos ayuda a salir adelante y nos hace revivir. Toda muerte precede a una resurrección. «Cambiaste mi luto en danzas», dice el salmo, en una frase que contrasta vivamente el duelo con la alegría más exultante. ¿Podemos superar las desgracias solos? No. Necesitamos ayuda. Y no hay soporte ni auxilio más poderoso que el de Dios.

Nuestra vida está tejida de claroscuros. «Al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo». Conoceremos toda clase de experiencias. Creer en Dios no nos librará de los problemas. Quizás todavía nos ocasione más, porque la fe acarrea compromiso y la coherencia a menudo exige nadar a contracorriente. Pero la alegría que trae confiar en Dios supera con creces esos momentos de oscuridad.

El salmo resalta, también, que Dios es Señor de vida, y no de muerte. Morir es quizás el mayor reto al que nos enfrentamos. Todas las pequeñas muertes y desprendimientos a lo largo de nuestra vida son puertas hacia una conversión, una renovación interior. La muerte definitiva, el fin de nuestra vida terrena, también será el umbral de otra Vida, renacida y plena. Esta es nuestra esperanza.