viernes, 29 de julio de 2016

Enséñanos a contar nuestros días

Salmo 89

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Antes de que los montes se engendraran, antes de que nacieran tierra y orbe, de lo eterno a lo eterno, ¡oh Dios!, tú eres.

Tú mandas que el mortal al polvo vuelva, tú nos dices: volveos, hijos de los hombres.
Porque mil años son ante tus ojos como el día de ayer que ya pasó, y como una vigilia de la noche. Pasan como un sueño matutino, como la hierba verde, que florece a la mañana y a la tarde la siegan y se seca.

Has puesto ante tus ojos nuestras culpas, y a la luz de tu rostro nuestros pecados más ocultos. Al ardor de tu ira, nuestros días se han ido consumiendo uno a uno; nuestros años se acaban cual suspiro.

Enséñanos a contar nuestros días y a llegar a la sabiduría del corazón. Vuélvete, Señor, ¡ay, hasta cuándo!, y muéstrate propicio con tus siervos.
Sácianos pronto con tu gracia y así nos alegremos y exultemos todos nuestros días.

Este salmo puede sorprendernos por su crudo existencialismo. Algunos de sus versos nos resultan muy actuales. ¿Quién no se ha estremecido más de una vez, considerando cuán rápido pasa el tiempo, cuán frágil es nuestra vida, qué poca cosa somos ante la muerte? Los existencialistas fueron conscientes de esta limitación de la vida humana y la sufrieron con angustia, hasta la náusea. Sí, da vértigo pensar que no somos eternos, que antes de ser engendrados no existíamos y que, un día, dejaremos de vivir. ¿Por qué nos asustan tanto estos límites?

La sed de eternidad es connatural al ser humano. Y por eso, desde tiempos inmemoriales, el hombre ha buscado algo —o alguien— más allá de la pura existencia terrenal, más allá de la realidad física, palpable y finita. El pueblo judío descubrió en esta búsqueda a Dios. Solo Él puede saciar esta sed de infinitud, sólo Él puede mitigar nuestra angustia y darnos paz para vivir dentro de nuestros límites. Porque Él, como bien reza este salmo, es eterno, infinito e inmortal. «Tú eresۘ», dice el primer verso, y esto nos lleva a aquellas otras palabras del Señor a Moisés: «Yo soy el que soy». El único que es en total plenitud, sin límites.

La sabiduría de la que nos hablan los salmos, y la Biblia en general, no es mera erudición, ni conocimiento científico, ni siquiera filosofía elaborada. Es una «sabiduría del corazón», esa que nos enseña a contar nuestros días, la que nos permite aceptar nuestros límites y reconocernos como somos: ni dioses, ni todopoderosos, ni independientes. Pero esta sabiduría no se limita a ser realista en cuanto a la condición humana. Nos llevaría al vacío, al pesimismo desesperanzado y a la tristeza, y esto no puede colmarnos jamás. La sabiduría del corazón es la que, además, reconoce a Dios. No basta con saber que somos limitados: hemos de saber que Dios está junto a nosotros. Y Él, que es amor inmenso y desbordante, nos sostiene y sacia nuestros anhelos más profundos. Junto a la menudencia humana está la grandeza de Dios: esta ha sido y es la experiencia de muchos santos. Reconocer esta doble realidad y abrazarla es un fundamento firme para vivir con paz.  

viernes, 22 de julio de 2016

Tú me escuchas

Salmo 137

Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo. 

Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


En un mundo autosuficiente, donde Dios parece que sobra, donde el hombre tiene poder y cree dominar la naturaleza, este salmo resuena con voz extraña y bella, como el gorjeo del agua de un manantial podría sonar en medio del rugido de una gran urbe.

Frente al hombre libre y poderoso, la voz del salmo es la de quien se ha sentido pequeño y limitado. No somos dioses. Sentimos miedo y palpamos nuestra debilidad cuando los problemas nos acucian y tensamos nuestros límites.

Pero tampoco es la voz trágica del hombre que se siente juguete a merced del destino, del azar, o de un dios caprichoso. Porque los salmos son el canto del hombre que no sólo cree, sino que confía en Dios.

Un Dios eterno, no sólo omnipotente, sino bueno, capaz de enternecerse, de amar, de sufrir por su criatura, es la respuesta al vacío existencial que tan a menudo nos ataca cuando rozamos nuestros límites y todo parece perder sentido. 

Confiar en Dios acrecienta el valor. El alma abatida revive, apoyada en la certeza de saberse amada. Y el amor auténtico, el amor infinito, propio de Dios, es leal y firme. “Supera tu fama”, dice el salmista. El amor de Dios llega más lejos de lo que podamos imaginar.

Dios, continúa el salmo, se fija en el humilde y conoce al soberbio. ¡Cómo no va a conocernos, pues él nos hizo! Conoce también los entresijos y tentaciones de nuestra alma, tan dada a la soberbia cuando las cosas nos salen bien, tan propensa a la tristeza cuando se nos tuercen. También podríamos decir, desde la otra perspectiva: el soberbio no conoce a Dios. Quiere barrerlo de su vida porque aparentemente no lo necesita. O quizás, en su soberbia, se fabrica la imagen de un dios irreal, a su propia imagen de humano enaltecido en su vanidad, ebrio de su inteligencia y poder. Siempre ha habido en la humanidad esa tentación de divinizarse, de hacerse dios.

En cambio, el humilde sí conoce a Dios, porque su mente y su corazón están abiertos. En la necesidad experimentamos la lucidez del realismo y abrimos las manos para recibir ayuda. Y Dios da mucho más que ayuda, consuelo y apoyo. En realidad, se nos da a sí mismo. Todo su amor en nuestras manos. Y todo nuestro ser puede reposar en su pecho amoroso. De ese abrazo místico afloran las palabras de agradecimiento y de alabanza. ¡Somos amados! 

viernes, 15 de julio de 2016

¿Quién puede alojarse en tu tienda, Señor?

Salmo 14

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo ni difama al vecino, el que considera despreciable al impío y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente. El que así obra nunca fallará.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda? Esta frase tiene como telón de fondo la peregrinación de Israel en el desierto y su alianza con Dios, sellada mediante el cumplimiento de la Ley. Hospedarse en la tienda de Dios es entrar en su casa, alojarse en su corazón. La pregunta ¿quién puede hospedarse ahí? expresa el deseo de vivir en su presencia y gozar de su protección y amor.

En la mentalidad de los antiguos israelitas no todos podían acceder al recinto sagrado donde habitaba Dios. Hacía falta estar puros, es decir, consagrados, dedicados a él. Y esta pureza se conseguía, entre otras cosas, cumpliendo los mandamientos.

En el salmo que leemos hoy se recogen varios preceptos que nos recuerdan el Decálogo, pues forman parte de la Ley de Moisés. Nos hablan de actuar con honestidad, de ser justos, de no mentir, no calumniar, no robar ni prestar con usura. Nos exhortan a no hacer mal al prójimo y a temer al Señor. Se desprende de estos preceptos una moral muy clara, que nos hace reflexionar sobre muchas situaciones que estamos viviendo hoy. ¡Cuánto cambiarían las cosas si todos respetáramos estas leyes! Ahora que estamos en plena crisis, ante la corrupción de jueces y políticos y los abusos que cometen los bancos, los mandatos de practicar la justicia, no prestar con usura y no aceptar sobornos nos interpelan.

Decía C. S. Lewis que es curioso ─y triste─ que el sistema económico de nuestra sociedad occidental se fundamente en una práctica que las tres grandes religiones monoteístas condenaron: el préstamo con intereses. Esta observación da qué pensar y nos lleva a un imperativo ético: trabajar, con todas nuestras fuerzas, para contrarrestar la avaricia, la injusticia y la iniquidad de quienes parecen controlar el mundo. Y procurar no dejarse llevar por estas tendencias, en nuestro ámbito personal e incluso más privado. Porque tal vez no estamos robando ni prestando con usura, pero... ¿Cuánta injusticia cometemos cuando juzgamos y difamamos a alguien que no nos cae bien o nos fastidia? ¿Cuánto daño infligimos con nuestra arma más letal, nuestra lengua calumniadora y criticona? ¿Cuánto robamos a aquel a quien no le concedemos un tiempo para escucharle, ayudarle, animarle? ¿Cuánto tiempo le robamos a Dios, cuando no sabemos encontrar ni unos minutos para él? ¿Cuánto tiempo le robamos a nuestros seres queridos, cuando preferimos distraernos con el trabajo, o con cualquier cosa, antes que pasar unas horas con ellos?

Pensemos muy despacio, cada día, cómo estamos cumpliendo y cómo fallamos a estos preceptos tan sencillos pero tan hondos. Y qué podemos cambiar para mejorarnos a nosotros mismos y ayudar los demás.

¿Dónde está la tienda de Dios? Queremos hospedarnos en ella y no nos percatamos de que Dios ha plantado su tienda en el corazón del prójimo. 

viernes, 1 de julio de 2016

Aclama al Señor, tierra entera

Salmo 65

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre; cantad himnos a su gloria; decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras!"

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi suplica, ni me retiró su favor.


Se dice que la admiración despertó en el hombre el sentimiento religioso y también la inquietud filosófica. Ante la contemplación del mundo circundante, de la naturaleza grandiosa, de la fuerza indomable de los elementos, el ser humano se siente pequeño y a la vez espoleado por un íntimo afán: saber más, conocer más, desentrañar el misterio que late tras el tapiz del mundo visible.

Los salmos, como este que leemos hoy, expresan con múltiples imágenes este sentimiento de arrobo y admiración. Pero, más allá de la naturaleza y el mundo tangible, el hombre religioso adivina otra realidad trascendente. Para el hebreo, el mundo es admirable, pero mucho más lo es Dios, que lo ha creado. En la religión judía, y también en la cristiana, hay una clara distinción entre Creador y criatura; no se diviniza la naturaleza, sino a Aquel que la ha hecho. El creyente adora al divino autor, no a su obra.

Aún y así, la belleza de la obra siempre es un puente tendido que nos acerca al Creador. Esta belleza no siempre es idílica, ni causa siempre sensaciones plácidas. Ante el espectáculo del universo, el ánimo sensible se ve sacudido por una mezcla de asombro e incluso espanto: “¡Qué temibles son tus obras!”. En esta exclamación se percibe, de manera simple y honda, la limitación humana y su incapacidad para dominar las fuerzas naturales. El hombre puede controlar sus propias obras, pero nunca podrá controlar enteramente la obra de Dios.

Tras constatar esto, el salmista desciende a tierra y enfoca su atención, no ya en el mundo, sino en sí mismo. Dios no sólo ha hecho maravillas en el cosmos, sino en ese pequeño y a la vez inmenso universo que es cada persona. Existir, ser engendrados y nacer con un alma prendida en nuestro barro humano ya es un milagro. Pero si cada uno de nosotros deja, además, que Dios vaya modelando nuestra vida, iluminando nuestro recorrido vital; si dejamos que él penetre nuestro corazón y guíe nuestros pasos, entonces el asombro exultante y la gratitud serán mucho mayores. Porque nuestro gran artista Dios no desea otra cosa que hacer de nuestras vidas un caudal incesante de amor y belleza.