viernes, 25 de noviembre de 2016

Vamos alegres a la casa del Señor

Salmo 121

Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios».

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo».
Por la casa del Señor, nuestro Dios, te deseo todo bien.

Algunas personas han intentado describir al pueblo de Israel como una gente ceñuda, moralmente estricta, represiva y muy, muy seria. Si leyeran la Biblia de cabo a cabo se darían cuenta de que el pueblo de Israel está continuamente cantando y aprovecha la menor ocasión para hacer fiesta, danzar, alabar y componer música.

El pueblo de Israel era mucho más vital, alegre y desenfadado de lo que imaginamos, debido a siglos de una enseñanza doctrinal quizás muy puritana y severa. Los salmos son la voz de este pueblo: ya sean de súplica o de loanza, de gratitud o de lamento, son sentimiento puro que se desborda.

Adviento es un tiempo de preparación de la fiesta. ¿Qué fiesta? La venida de Dios en medio de la humanidad. Una venida que no debe ser entendida como un juicio severo, sino como salvación de la riada del mal y del oleaje oscuro que nos zarandean. Un nacimiento que es fiesta, banquete de bodas, celebración. En Adviento tenemos motivos para cultivar las tres virtudes fundamentales del cristiano: la fe, porque creemos que Dios realmente está con nosotros. La esperanza, porque al creer nos preparamos activamente para su venida, como quien prepara una fiesta. Y la caridad porque sin amor sería imposible confiar, preparar y vivir anticipadamente esta llegada del Dios que ya está entre nosotros.

El salmo canta la alegría de los peregrinos que se acercaban a Jerusalén, la ciudad santa, el lugar de Dios. En Adviento no somos nosotros, es Dios quien se hace peregrino y baja a la tierra, el lugar del hombre, para convertirla también en su reino. Allí donde encuentre una puerta abierta, Dios llevará su paz y su gozo. Allí donde nos reunamos en su nombre, habrá fiesta y las personas podrán decirse, como en el salmo: paz contigo, hermano, y te deseo todo el bien.

Este Dios peregrino es humilde, como lo fue Jesús. Nos ama y desea lo mejor para nosotros, pero no hará nada sin nuestro permiso, porque esta fiesta, que es encuentro amoroso, tiene que ser querida por las dos partes. Espera que le abramos la puerta, espera que le dejemos entrar en nuestra vida. No nos impone su presencia, aunque su amor envuelve el universo entero. Dios aguarda, respetando nuestra libertad. Allí donde le dejemos entrar, será su casa. ¿Querremos ser, nosotros, albergue de Dios? 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Qué alegría cuando me dijeron...

Salmo 121

¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!

Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén.
Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia, en el palacio de David.

Las palabras de este salmo nos resultan muy familiares, pues son un cántico muy conocido que tradicionalmente ha resonado en nuestras iglesias.

Es un salmo de alegría y de triunfo, que nos habla de un lugar, Jerusalén, como casa del Señor. Nos habla de justicia y, en el resto del salmo que no se lee, se habla también de la paz deseada para que reine en la ciudad y entre las gentes.

Estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, que se nos revela como único templo, único sacerdote, la persona que une cielo y tierra y que nos muestra el rostro de Dios. El Nuevo Testamento recoge mucho del Antiguo: el deseo de paz, de justicia, de plenitud del pueblo judío. Recoge la tradición y la veneración del pueblo hacia el templo, hacia la ciudad santa —Jerusalén significa, literalmente, la ciudad de la paz—. Todos estos anhelos se ven respondidos con la llegada de Jesús, aunque no como muchos lo esperaban. Jesús supera la identificación de Dios con un lugar, un edificio o una ciudad. Sin dejar de encarnarse, Dios apunta hacia otra Jerusalén, la Jerusalén celestial, comunidad formada por todos los que creen.

Así, cuando entonamos este cántico, estamos cantando la grandeza de nuestro Dios, Amor que desciende al mundo y nos busca. Cantamos también su justicia. Una justicia que, recordémoslo siempre, nada tiene que ver con las leyes humanas ni con nuestra mentalidad retributiva. La justicia de Dios es magnanimidad, misericordia, plenitud, gozo, don gratuito. Dios nos otorga la paz y su abundancia de bienes, no porque lo merezcamos o nos hayamos esforzado mucho, sino porque él es así: generoso sin límites, amante de sus criaturas y bueno. ¿Cómo no cantar alegres y bendecir su nombre, habiendo recibido tanto?

viernes, 11 de noviembre de 2016

El Señor rige a los pueblos con rectitud

Salmo 97

El Señor llega para regir los pueblos con rectitud

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos; con clarines y al son de trompetas aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y todo cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.

Los versos de este salmo nos hablan de un Dios poderoso, glorioso, de un rey que gobierna el universo entero. Toda la Creación se rinde ante él y lo aclama. Con imágenes de vigorosa belleza, el salmista nos muestra un mar rugiente que con su oleaje también alaba al Creador, un monte que aclama a su Señor, un río que canta su majestad. Todo cuanto existe proclama a su autor.

La ciencia, en su avance, nos muestra que existen unas leyes físicas que rigen el mundo de la materia y la energía. Creer en la existencia de un ser superior que todo lo ha creado es una opción de fe, pero muchos pensadores son los que apuntan que, tras el orden y la asombrosa precisión de las leyes naturales, se atisba la inteligencia y el amor del Creador. De la misma manera que el genio de un artista se refleja en su obra, en la belleza prodigiosa del universo y en sus leyes también se manifiesta la grandeza de quien lo creó.

En su consagración del templo de la Sagrada Familia, el Papa Benedicto habló de cómo Gaudí había aunado la naturaleza y la revelación de Dios. Las piedras del templo recogen la maravilla del mundo creado y a la vez apuntan a una vida eterna que trasciende la materia, intentando plasmar la fuerza del espíritu. Naturaleza y divinidad se hermanan en este templo. Dios es la medida del hombre, nos dice el Papa. Un Dios cuya gloria es la plenitud de su criatura, un Dios cercano y amigo, Señor de la belleza y fuente de la belleza misma.

Sin embargo, vemos en el mundo de hoy muchas realidades que nos hacen dudar. ¿Realmente Dios gobierna el cosmos? Guerras, calamidades, desastres naturales… ¿Cómo podemos percibir la mano divina detrás de tanto mal aparente?

En el último verso leemos: «regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud». Con estas palabras, el pueblo judío reconoce la existencia de una ley previa a la misma existencia humana, que todo lo rige. Es una ley que nos trasciende a los humanos: la ley de Dios, que es amor y donación pura. Por encima de las catástrofes naturales y por encima de los errores humanos, fruto de una libertad mal utilizada, prevalece la ley divina, que no será abolida. La vida acabará venciendo a la muerte, y el amor será más poderoso que el odio. Esta es nuestra esperanza. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Me saciaré de tu semblante

Salmo 16

Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

Escucha, Señor, mi justa demanda, atiende a mi clamor; 
presta oído a mi plegaria, porque en mis labios no hay falsedad.

Tú me harás justicia, porque tus ojos ven lo que es recto: 
si examinas mi corazón y me visitas por las noches, 
si me pruebas al fuego, no encontrarás malicia en mí.

Mi boca no se excedió ante los malos tratos de los hombres; yo obedecí fielmente a tu palabra, y mis pies se mantuvieron firmes
en los caminos señalados: ¡mis pasos nunca se apartaron de tus huellas!

Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes: 
inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.
Protégeme como a la niña de tus ojos; escóndeme a la sombra de tus alas.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia y al despertar me saciaré de tu semblante.

Este salmo, compuesto por David en un momento de aprieto y soledad, puede retratar muy bien cómo nos sentimos cuando nos vemos injustamente atacados, acosados y escarnecidos.

En la vida conocemos situaciones así. Creemos haber obrado bien, nos esforzamos por ser justos y por ayudar a los demás. Nuestro corazón está lleno de buena intención, aunque a veces nos equivocamos. Sabemos, como dice el salmo, que no hay malicia en nosotros.

Y, sin embargo, cuando fallamos el mundo nos juzga sin piedad y muchas personas se levantan contra nosotros, criticándonos con saña. La tristeza y la ira nos invaden y es fácil que, llevados de una justa indignación, podamos cometer aún mayores equivocaciones. ¿Qué hacer?

El salmo nos muestra el camino: rezar. Desprenderse de todo amor propio. Poner ese dolor en manos de Dios: el dolor de saberse injustamente acosado, calumniado y despreciado. Es ahora cuando más cerca nos encontramos de Jesús clavado en cruz. Si él, que fue santo y justo, recibió tal muerte, ¿cómo nosotros, que no somos tan buenos y fallamos continuamente, no vamos a recibir golpes e incomprensiones? Decía santa Teresa que es entonces, cuando somos injustamente atacados, cuando deberíamos alegrarnos, porque estamos compartiendo los sufrimientos y la cruz de nuestro Señor. Recordemos las bienaventuranzas que leímos el pasado domingo. Compartir la corona de espinas con nuestro Rey, ¿no ha de ser una carga dulce que aceptaremos soportar con amor?

Jesús se abandonó en brazos del Padre. Así, el salmista busca el refugio de Dios, protégeme a la sombra de tus alas. Y Dios nos ayudará y nos dará fuerzas. También hará resucitar nuestro espíritu vapuleado si sabemos confiar en él y no ceder a la tentación de devolver mal por mal.