sábado, 30 de enero de 2010

Sé mi roca, mi refugio

Salmo 70

Mi boca contará tu salvación, Señor.

A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.

Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa.
Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.

Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.

Leemos este salmo en medio de unas lecturas que nos hablan de la vocación. El profeta Jeremías parafrasea los versos del salmista, afirmando que Dios lo escogió antes de formarse en el vientre materno y que nada ni nadie podrán contra él. En el evangelio, Jesús inicia su vida pública presentándose como Mesías y anunciando la salvación del Señor en la sinagoga de Nazaret. San Pablo en su carta a los corintios proclama su hermoso himno al amor, lo único perfecto, lo que no pasa nunca, lo que prevalece incluso por encima de la fe y la esperanza.

Ese amor es la roca y el refugio de quienes han escuchado y atendido la llamada de Dios. Decir que Dios llama desde el vientre materno es una forma de expresar que desde el mismo instante en que nacemos a la existencia, él nos mira con inmenso amor y nos invita. La vocación imprime una marca indeleble y profundísima: a quien la sigue, le cambia la vida de forma irreversible. La llamada se graba a fuego en el alma de quien escuchó la voz de Dios.

Quien es llamado también ha de saber que, como le sucedió a Jesús, y como les sucedió a los profetas, se topará con dificultades, incomprensión y rechazo, incluso por parte de sus seres más allegados. Pero Dios no abandona a sus elegidos. A quien sigue su voz, le da toda su fuerza; aún más, se le da Él mismo. Los cristianos, hoy, deberíamos ser conscientes de que todos somos llamados a ser profetas, y sacerdotes y reyes, añadiría San Pablo. Todos somos elegidos, todos somos amados y bendecidos. Y Dios, ¡creámoslo!, está dispuesto a darnos todo cuanto tiene para que podamos cumplir nuestra misión, que no es otra que dispensar su amor, su alegría, su liberación, a todo el mundo.

No seamos sordos. No pensemos que la vocación “es para otros”. Cada cual es llamado, ¡abramos los oídos! Y no temamos a nada ni a nadie, porque Dios, como reza el salmo, será nuestra roca, nuestro castillo, nuestra salvación. Muchas personas estarán en contra nuestra si somos fieles a la Verdad. ¿Qué importa? Dios puede mucho más que todas las oposiciones del mundo. Su amor, su auxilio, es muchísimo mayor que las calumnias, los desprecios y las maledicencias. Siempre nos protegerá, y nos concederá algo aún mayor: la plenitud y el gozo de una vida entregada llena de él. Los ataques de quienes nos rechacen serán diminutos guijarros arrojados al océano: jamás podrán hacernos daño si nos apoyamos en la peña firme de nuestro Señor.

sábado, 23 de enero de 2010

La ley del Señor es perfecta

Salmo 18

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, roca mía, redentor mío.


Cuando oímos hablar de leyes y normas, en seguida nos viene a la mente la idea de restricción, de coacción, incluso de pérdida de libertad. En cambio, en este salmo leemos que la ley del Señor produce en sus fieles un efecto totalmente contrario a la represión.

Es una ley que proporciona alivio y paz: “descanso del alma”. Es educativa: “instruye al ignorante”. Causa alegría al corazón, otorga clarividencia y sabiduría. No es como tantas leyes humanas, que sirven para controlar a las gentes, a veces necesariamente pero otras veces de forma injusta, por muy legales que sean.

La ley de Dios tiene otras cualidades. Las leyes humanas cambian y lo que antes era ley hoy incluso puede ser un crimen, pero la ley divina es perfecta e inmutable. Así lo reza el salmo: es eternamente estable. ¿Por qué? Porque es pura, perfecta y verdadera. Porque no procede de la voluntad humana ni de sus intereses, sino del amor de Dios.

La ley de Dios, en realidad, es la ley del amor, como Jesús enseñó. Y el amor, efectivamente, tiene sus mandatos y opera un efecto en quienes se rigen por él. No hay que entender la palabra “mandato” como una obligación impuesta; Dios ama nuestra fidelidad, y no es posible ser fiel sin ser libre. El mandato significa una necesidad prioritaria, un imperativo básico, de la misma manera que para sobrevivir son imperativos el respirar, comer, descansar lo suficiente.

¿Qué consecuencias tiene seguir esta ley? El salmista que compuso estos versos lo sabía muy bien. Seguir la ley del Señor otorga serenidad, alegría y sabiduría. Es una ley que nos libera de las peores opresiones: nuestro orgullo, nuestros prejuicios, nuestro egocentrismo, nuestros miedos. Es una ley que nos hace humildes e intrépidos a la vez, porque el amor no conoce temor ni se endiosa. Esta ley nos ayuda a vivir con plenitud: nuestro gozo es el mayor deseo de Dios.

sábado, 16 de enero de 2010

Contad las maravillas del Señor

Salmo 95

Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria, contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»

Cantad al Señor… bendecid, proclamad, aclamad… No basta decir, no bastan las palabras, no basta una mera comunicación. Para hablar de Dios se necesita elevar la voz, porque el corazón se ensancha y desborda en los labios. Hablar de Dios pide más que un discurso: pide un canto, un grito entusiasta, una alabanza gozosa.

En medio de un mundo donde los males son muchos, quizás nos cueste descubrir esas maravillas del Señor. La guerra, las catástrofes naturales, las hambrunas y la muerte oscurecen nuestra visión del universo y a veces incluso parece que eclipsan la presencia de Dios. Pero... ¿No es Dios mayor que el mundo? No sólo podemos encontrarlo en la belleza de lo creado, que es mucha. Incluso allá donde las desgracias se ceban en la humanidad, es posible descubrir el resplandor de su mirada en la bondad, en la ayuda, en el desprendimiento generoso de quienes viven para servir y entregan su vida a los demás. Es quizás en los momentos más difíciles cuando mejor se manifiesta la inmensidad del amor.

Y esta es la ley de Dios. San Pablo nos recuerda las palabras de Cristo: “mi ley es el amor”. Todo está en sus manos, y él recoge la última súplica, el último lamento, hasta la última lágrima. Su ley es la compasión, la generosidad, la esperanza, el amor sin límites. Allí donde dejamos que Él impere, hay justicia, hay paz, hay honradez. Por eso el salmo habla del Señor que gobierna rectamente. Ojalá nuestros dirigentes y mandatarios lo tuvieran más presente y no olvidaran esta ley universal y eterna que nos habla de vida, de dignidad y de profundo respeto hacia la humanidad.

sábado, 9 de enero de 2010

La voz del Señor es magnífica

Salmo 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.

El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.


El agua, engendradora de vida y de muerte, vasta, inmensa y transparente, es un elemento que aparece en multitud de ocasiones en la Biblia. Se nos presenta como símbolo de vida, de potencia, de destrucción y también de purificación. El agua, que lava y sacia la sed, es también signo de la fuerza de Dios.

No en vano el rito del bautismo se realiza con el gesto de verter agua sobre el bautizando; con ese baño se da un renacer a otra vida, nueva y trascendida.

Ya en el Génesis, se nos dice que al principio de la Creación, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Más tarde, las aguas del diluvio inundaron el mundo y trajeron consigo la devastación. Sin embargo, no marcaron un final, sino el inicio de otra era de reconciliación con el Creador. En todo momento, las escrituras nos hablan de Dios con respeto, reconociendo en él un poder más grande que las fuerzas de la naturaleza. Por eso, este salmo de alabanza exalta la potencia de Dios, por encima de las aguas. «El Señor de la gloria ha tronado», «se sienta por encima del aguacero, como rey eterno».

Sí, Dios es grande y su inmensidad nos puede resultar temible. Pero acabamos de salir de las fiestas de Navidad, donde hemos conocido otro rostro de Dios: el Dios pequeño, humilde, niño. El Dios que se deja tomar y acariciar. El Dios que no truena ni retumba, sino que habla en un susurro, al oído. El que, como dice el estribillo del salmo, nos bendice con la paz.

¿De dónde nos viene esta paz? No del miedo, pero tampoco del olvido inconsciente. Nuestra fe nos habla de un Dios que es más que el universo, pero que a la vez se introduce en los recovecos más pequeños y tiernos de nuestro mundo, arraigando en nuestro corazón. Este salmo nos habla de aquello que antes se llamaba “el temor de Dios”, y que tantas veces ha sido malinterpretado o confundido. Un teólogo lo explicó muy clara y bellamente: ese temor no es pánico ni reverencia sumisa, sino la otra cara de un deseo ardiente, el ansia de nunca perder a Dios, el anhelo de no apartarnos de su lado, el querer estar siempre, y para siempre, con él. De nuestra adhesión brota ese grito de alabanza: ¡Gloria a Él!

sábado, 2 de enero de 2010

Él envía su mensaje a la tierra

Salmo 147

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.


En tiempos de Navidad, los salmos nos recuerdan que el nacimiento de Jesús responde a una promesa muy antigua, que el pueblo judío recoge en su tradición siglos antes de nuestra era.

La fe hebrea siempre se ha dirigido a un Dios cuyo rostro se vuelve hacia la humanidad. Un Dios que dialoga, que pide, que escucha, que actúa en favor de sus criaturas. Un Dios, en definitiva, que interviene, por amor, en los asuntos humanos. No es indiferente a cuanto sucede en el mundo.

¿Y de qué manera interviene Dios en la historia de la humanidad? El salmo lo expresa claramente.

Dice que Dios “ha reforzado los cerrojos de tus puertas”, es decir, protege y defiende a quienes lo aman.

Continua el salmo: “ha bendecido a tus hijos…” Bendecir es una constante en Dios. Colma nuestros deseos, llena nuestra vida. Los versos siguientes hablan de esta abundancia: “Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina”. Dios es quien da la ansiada paz y quien nos proporciona cuanto necesitamos para vivir. No sólo lo justo, sino lo mejor de lo mejor: “flor de harina”. Lo más delicioso, lo más deseable, eso nos tiene reservado a quienes nos abrimos a su don.

Pero Dios no se limita a ayudar, proteger y conceder prosperidad. Hace algo aún más grande, porque con esto se pone a nuestra altura y nos eleva a la suya: Dios se comunica, habla con nosotros, nos transmite su palabra. “Él envía su mensaje a la tierra”.

Con este verso, el salmo anticipa el evangelio de Juan, con ese prólogo hermoso y profundo que nos habla del Dios que adopta un rostro y un cuerpo humano y viene a habitar entre nosotros.