jueves, 18 de mayo de 2017

Aclama al Señor, tierra entera

Salmo 65

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre; cantad himnos a su gloria; decid a Dios: "¡Qué temibles son tus obras!"

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres.

Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor.


Se dice que la admiración despertó en el hombre el sentimiento religioso y también la inquietud filosófica. Ante la contemplación del mundo circundante, de la naturaleza grandiosa, de la fuerza indomable de los elementos, el ser humano se siente pequeño y a la vez espoleado por un íntimo afán: saber más, conocer más, desentrañar el misterio que late tras el tapiz del mundo visible.

Los salmos, como este que leemos hoy, expresan con múltiples imágenes este sentimiento de arrobo y admiración. Pero, más allá de la naturaleza y el mundo tangible, el hombre religioso adivina otra realidad trascendente. Para el hebreo, el mundo es admirable, pero mucho más lo es Dios, que lo ha creado. En la religión judía, y también en la cristiana, hay una clara distinción entre Creador y criatura; no se diviniza la naturaleza, sino a Aquel que la ha hecho. El creyente adora al divino autor, no a su obra.

Aún y así, la belleza de la obra siempre es un puente tendido que nos acerca al Creador. Esta belleza no siempre es idílica, ni causa siempre sensaciones plácidas. Ante el espectáculo del universo, el ánimo sensible se ve sacudido por una mezcla de asombro e incluso espanto: “¡Qué temibles son tus obras!”. En esta exclamación se percibe, de manera simple y honda, la limitación humana y su incapacidad para dominar las fuerzas naturales. El hombre puede controlar sus propias obras hasta cierto punto, pero nunca podrá controlar enteramente la obra de Dios.

Tras constatar esto, el salmista desciende a tierra y enfoca su atención, no ya en el mundo, sino en sí mismo. Dios no sólo ha hecho maravillas en el cosmos, sino en ese pequeño y a la vez inmenso universo que es cada persona. Existir, ser engendrados y nacer con un alma prendida en nuestro barro humano ya es un milagro. Pero si cada uno de nosotros deja, además, que Dios vaya modelando nuestra vida, iluminando nuestro recorrido vital; si dejamos que él penetre nuestro corazón y guíe nuestros pasos, entonces el asombro exultante y la gratitud serán mucho mayores. Porque nuestro gran artista Dios no desea otra cosa que hacer de nuestras vidas un caudal incesante de amor y belleza.

viernes, 12 de mayo de 2017

Que tu misericordia venga sobre nosotros

Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpar de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.


Con una imagen musical y festiva, este salmo nos invita a alabar a Dios en medio de cánticos. Quien piense que la religión es alto triste, una serie de normas morales que reprimen la alegría y la espontaneidad humana, anda bien errado. Los salmos de loanza son un buen ejemplo de ese gozo exultante que emana de aquellos que se saben amados y protegidos por Dios.

Misericordia, esa palabra tan poco comprendida, significa en su origen amor entrañable de madre. ¿Quién no ha contemplado a los niños jugar, alegres y despreocupados, en algún parque o en la playa? Juegan, gritan, ríen, porque saben que, discretamente, allí están sus padres, quizás sin intervenir, pero velando por ellos, mirándolos con amor. Así, el ser humano que vive bajo la mirada de Dios puede crecer y expandirse, ser creativo, ser audaz y alimentar el júbilo en su corazón. Porque sabe que un Padre amoroso lo cuida siempre: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles…”

Pero la fe no sólo aporta alegría íntima en la vida privada. El salmo precisa que Dios ama la justicia y el derecho. Dios combate el hambre y la muerte. Creer implica trabajar por un mundo donde toda persona encuentre su lugar y donde su dignidad sea defendida. Ser consecuentes con nuestra fe significa vivir y actuar de manera que, a nuestro alrededor, no haya hambre, ni material ni espiritual. Significa defender y optar por la vida. Vivir con una actitud compasiva no exige sólo “sentir”, sino obrar de una cierta manera.

El salmo dice que la palabra de Dios es sincera y todas sus acciones, leales. Otras traducciones dicen “fieles”. Dios es absolutamente coherente consigo mismo y con su amor. Nosotros, a imitación suya, estamos llamados también a ser sinceros y honestos, no solo en nuestras palabras, sino también en aquello que hacemos. Nuestra vida ha de ser transparencia de nuestras creencias más profundas. 

viernes, 5 de mayo de 2017

El Señor es mi pastor

Salmo 22

El Señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Las palabras de este salmo nos resultan muy familiares. Es, quizás, el más recitado y cantado de todos. Lo solemos escuchar en funerales, pero también en ocasiones más alegres y festivas. Es una oración de confianza total en Dios.

El salmo toma imágenes del antiguo testamento propias de los reyes, y las asocia a Dios. Así, en Israel un rey era considerado pastor del pueblo, guía y protector. El rey era ungido. La vara y el cayado son a la vez símbolo de realeza y de defensa, de protección.

Nos fortalece saber que Dios está ahí, cercano, como presencia amorosa que vela por nosotros. Sin embargo, buena parte de nuestra sociedad moderna, descreída, ha visto en esta fe un consuelo para mentes simples, o una invención para sentirse amparado por una seguridad ficticia. Además, la idea de que alguien nos “pastoree” es rechazada. El hombre maduro debe ser libre y autónomo, nadie tiene por qué guiarlo a ningún sitio: él mismo es su propio guía y director.

Sólo quien se deja guiar y confía en Aquel que le ama sabe cuán ciertas son las palabras del salmo. También hay que tener valor para confiar. Y confiar en Dios supone confiar en las personas que pone en tu camino, aquellas que sin interés alguno solo desean tu bien.

A veces los caminos de Dios parecen arriesgados; no son rectas fáciles que atraviesan llanuras, sino veredas que ascienden montañas escarpadas. La vida, para quien quiere vivir con autenticidad, no es siempre un mar plácido. Pero cuando se escucha y se cuenta con Dios, todo se puede superar. Con él, somos capaces de todo. “Todo lo puedo en Aquel en quien confío”, decía San Pablo. Y no sólo nos hacemos fuertes, sino que Dios, que nos ama, nos guía hacia lo que verdaderamente nos hace crecer, desplegar nuestro potencial, hacia lo que nos hace felices. A veces hemos de reconocer que él sabe mejor a dónde llevarnos. ¡Tan sólo necesitamos fiarnos!

viernes, 28 de abril de 2017

Me enseñarás el sendero de la vida

Salmo 15

Señor, me enseñarás el sendero de la vida.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.
Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

La vida es un sendero… ¿hacia dónde? El destino de esta senda es el interrogante que se nos plantea una y otra vez. ¿Qué sentido tiene nuestra existencia? El sentido va íntimamente ligado al destino y este salmo nos da unas respuestas: El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano. Es una manera poética de decir: Dios es mi destino. En él está el sentido de nuestra vida, y también su finalidad.

¿Para qué existimos? Pensar que nuestra vida mortal acaba en una nada espantosa nos lleva al absurdo. ¿Para qué tanta vida, tanto sufrir y tantos gozos efímeros, si al final todo acaba en el vacío? De nuevo la intuición del salmista, que es una intuición inscrita en los genes de la humanidad, nos habla de algo que sobrepasa nuestra mente: una vida eterna.

Dios no nos ha creado para que seamos pasto de la destrucción. No me entregarás a la muerte, dice el verso. Ni a la corrupción. Nos está hablando de una vida distinta, transformada, resucitada. Esa vida que Jesús mostró a sus discípulos cuando se les apareció, ya resucitado. Una vida que es más que inmortalidad del alma: es vida corporal, física, material.

Es asombroso cómo la intuición de los salmistas, mucho antes de Cristo, previó esta vida resucitada, en cuerpo y alma. Se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena…  Qué diferente es vivir creyendo que con la muerte todo acaba a creer que un día volveremos a abrazar a los seres queridos, con brazos y cuerpo reales. No son pocos los teólogos que señalan que el cristianismo es la religión de la carne y de la sangre, la que no demoniza el cuerpo, al contrario. Es la fe de la gloria de la carne, la que supera la muerte más dolorosa. Y esta gloria la alcanzaremos amando y creyendo en el Dios que nos ha creado por amor y nos llama a gozar de su amor, de su alegría perpetua a su derecha.

Este es el sendero de la vida, el que Jesús, un atardecer de primavera, mostró a los discípulos de Emaús, alumbrando su desesperanza desde la palabra, llenándoles el corazón con su presencia, alimentando la alegría con su pan.

sábado, 22 de abril de 2017

Dad gracias al Señor porque es bueno

Salmo 117

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Que lo diga la casa de Israel: eterna es su misericordia
Que lo diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia.
Que lo digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.
Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó;
El Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.
Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.


Continuamos cantando el salmo 117, un poema que nos habla de resurrección, de vida y de plenitud. Meditar sobre la pasión de Jesús nos lleva inevitablemente a pensar en nuestros propios dolores y sufrimientos. Es en estos momentos cuando confiar en Dios se convierte en el báculo y el sostén que nos permite seguir más allá de nuestras propias fuerzas.

El salmo habla de los justos: en sus tiendas habrá cantos de victoria, como en el campamento de un ejército victorioso. ¿Quiénes son los justos? ¿Qué batalla acaban de librar? Los justos, en el lenguaje bíblico, son aquellos que reconocen su verdad humana, hermosa pero limitada, y la presencia amorosa de Dios, que nos ha hecho y nos sostiene. La batalla se libra cada día: contra el desánimo, la duda, el cansancio y el egoísmo. La guerra es a brazo partido contra la tristeza, el miedo y la desconfianza. Nuestras fuerzas humanas son muy flacas para hacer frente a estos enemigos, siempre al acecho. Pero contamos con un aliado poderoso que solo espera una mirada nuestra, un gesto, un resquicio de corazón abierto, para combatir a nuestro lado y darnos la victoria.

Y es una victoria gozosa, en la que nosotros apenas hemos puesto más que un alma confiada. Para Dios, esto ya es mucho, él hace el resto.

El evangelio de hoy nos habla de la felicidad de aquellos que llegan a creer sin ver. La fe es un acto de valor, pues nos habla de confiar y creer aún sin tener pruebas palpables. La fe no se da en plena luz, sino cuando todavía la penumbra nos envuelve y los enemigos empujan y empujan para abatirnos, como dice el salmo. La luz llegará después.

También nos habla el evangelio de la incredulidad. Parece que la posición incrédula sea hoy la más valorada, la más inteligente, la propia de gente sensata, razonable, que piensa. Los crédulos son la gente simple y emocionalmente frágil, que necesita «agarrarse a un clavo ardiendo», como se suele decir. Quizás los creyentes somos esas piedras que los arquitectos y muchos intelectuales de nuestra sociedad desechan o miran con desdén. ¡Pobres ilusos! Pero hay un salto entre simple credulidad y fe.
A los ojos de Dios, todo cambia: «La piedra desechada pasa a ser piedra angular». También Jesús fue piedra rehusada en su tiempo, acusado de farsante, crucificado como un malhechor. Y hoy sigue siéndolo. ¡Cuántas acusaciones, interpretaciones sesgadas, falsas imágenes y atributos distorsionados recibe su persona!

Pero, ¿qué hace Dios con esa piedra vapuleada?

Jesús resucitó. Rompe esquemas y barreras, hasta el muro más infranqueable, el de la muerte. Comienza una nueva vida, plena y duradera. Nosotros tampoco quedaremos olvidados. La compasión de Dios y su amor entrañable duran para siempre, y estamos muy presentes en su corazón.  

viernes, 14 de abril de 2017

Este es el día en que actuó el Señor

Salmo 117

Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. ¡Aleluya, Aleluya!
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Que lo diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.
La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

Qué poco podía imaginar el salmista que llegaría un día en que sus versos reflejarían la más pura realidad. Una realidad luminosa, rotunda, milagrosa. Un hecho que cambiaría la historia de la humanidad de forma irreversible.

Si en Navidad celebramos que Dios entra en la historia, haciéndose hombre, en Pascua celebramos que Dios abre la historia hacia una dimensión trascendente y eterna, rompiendo la barrera entre la vida y la muerte.

Tras estos días de Semana Santa, teñidos por la Pasión de Jesús, hemos visto al Dios humano sufrir, angustiarse y someterse a todos los padecimientos imaginables. Lo hemos visto morir. Ninguno de los sufrimientos que nos aquejan a los hombres es ajeno a nuestro Dios.

Pero su respuesta a la muerte es tremenda e inesperada. Con la resurrección, Dios hace reales aquellos versos del Cantar de los Cantares: «es más fuerte el amor que la muerte», y también demuestra que su vida es imperecedera.

El cristianismo ha leído este salmo como un presagio de la resurrección. Jesús es esa piedra desechada por los arquitectos, él mismo se aplica esta imagen en cierto momento, ante los escribas. Para Dios, no hay piedra —no hay persona— que sea desechable. Él todo lo recoge. Y recoge, especialmente, el amor que se ha dado, y lo transforma en vida eterna.

«Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente». No hay mejor veredicto, más escueto y preciso, sobre lo que supone la resurrección de Cristo. Es obra de Dios —que todo lo puede— y es un milagro —no tiene otra explicación, no podemos buscarle razones lógicas ni científicas, simplemente, ha ocurrido—. Pero ese milagro es patente: se ve, se toca, se comprueba. Es evidente y palpable.

Así es la resurrección de Cristo. Sus discípulos, y hasta quinientos más, dicen los evangelios, lo vieron vivo, en cuerpo y alma, después de su muerte. Por ellos creemos y podemos compartir su alegría y su esperanza: No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. Porque la resurrección de Jesús es una promesa para todos. Lo que en el Antiguo Testamento era esperanza de una vida futura, ahora se convierte en realidad presente. 

viernes, 7 de abril de 2017

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Salmo 21

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.»
Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.
Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.


Clavado en la cruz, Jesús recitó las palabras de este salmo, palabras del hombre sufriente, acosado y golpeado por sus enemigos. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es el clamor de muchas personas que sufren hoy; es quizás también nuestro clamor cuando las dificultades nos aprietan y no vemos una salida. Sentirse abandonado por Dios es la soledad más profunda, más hiriente y completa. Jesús, tan humano como nosotros, no fue ajeno a este dolor. Un dolor que va más allá de lo físico y lo emocional. Es el sufrimiento espiritual, el zarpazo del abismo, la amenaza del vacío absoluto.

Después de su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús parece abatido y vencido. Su misión termina en una aparente derrota. Los versos del salmo reproducen cuanto le sucede: lo cercan, lo arrestan, le taladran pies y manos, se reparten su ropa. No solo lo atacan, sino que lo despojan de todo cuanto tiene y de su dignidad. La burla y el reparto de ropas expresan muy bien esa crueldad absurda que se mofa del vencido, que se ensaña sobre el hombre caído. 

Y, sin embargo, el salmo acaba con una alabanza a Dios. ¿Cómo es posible?

Jesús también venció esa última estocada del mal: la tentación de desesperarse, de dejar de creer. En la misma cruz, su súplica angustiada con las palabras del Salmo es al mismo tiempo señal de que sigue confiando en su Padre. ¿Cómo podría clamar a Él, si no creyera que le escucha? Ese grito lanzado al cielo es su última oración.

Cuando somos capaces de confiar en Dios hasta el extremo, hasta las circunstancias más difíciles y penosas, entenderemos estos versos dramáticos y las palabras de Jesús, muriendo en cruz. Entenderemos que hemos de pasar por una muerte para resucitar. Esa muerte se traducirá en cambios profundos en nuestra vida, incluso cambios en nuestra forma de ser y de pensar. Mantener la fe a toda prueba nos templa como el fuego. Y nos hace personas nuevas, más libres, más vivas. Resucitadas.

Estos días de Semana Santa nos invitan a descubrir el sentido oculto del dolor y a buscar la curación de toda herida humana, corporal y espiritual. Encontraremos la respuesta en el amor y en la entrega sin límites, un amor como sólo Dios puede darnos. El amor que nos mostró Jesús.