viernes, 19 de enero de 2018

Señor, enséñame tus caminos

Salmo 24

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


El camino como símbolo de la vida es una imagen muy frecuente en la literatura y en el lenguaje espiritual. Este camino tiene un inicio, nuestro nacimiento, y en él vamos con un equipaje que es nuestra herencia: genética, familiar, histórica, la educación que hemos recibido… Pero, aunque el inicio y el bagaje son algo que no elegimos, en el momento en que alcanzamos nuestro uso de razón somos muy libres para decidir hacia dónde debemos ir.

¿Hacia dónde voy? Es una pregunta que toda persona se hace en algún momento de su vida. Decidir nuestro destino se convierte en una cuestión crucial. Para muchos, esa meta, decidir hacia dónde dirigir sus pasos, es un dilema, un motivo de angustia, de interrogantes y dudas.

Encontrar nuestro propósito vital, saber para qué estamos en este mundo, se convierte para muchos en un largo trayecto, a veces lleno de giros, desvíos e incluso retrocesos. El camino puede dar muchas vueltas, pero lo importante es tener la meta clara.

Muchas personas tienen su vocación definida. Algunas saben muy bien lo que quieren desde jóvenes. A otras les cuesta más y otras se pasan la vida buscando y probando. En Occidente se estila mucho la noción del hombre hecho a sí mismo, que se va modelando como quiere y puede sacar todas las fuerzas de su interior.

Pero, ¿de dónde procede esta fuerza, ese potencial inmenso que tenemos adentro? ¿De dónde surgen nuestros talentos? Todo cuanto tenemos es un don que hemos recibido. Tener la humildad de reconocerlo, de admitir que no nos hemos dado la vida ni lo más valioso que tenemos, nos dará luz. Si sabemos hacer silencio y ahondar en nuestro yo profundo encontraremos la fuente de nuestro ser y de nuestro potencial. Y la misma fuente nos indicará el camino.

Dios es el gran maestro interior que nos muestra cómo es nuestra naturaleza profunda. Dios nos señala nuestra misión en la vida. Y esta misión no será un capricho suyo, sino aquello que, en el fondo, deseamos de corazón. ¿Quién nos conoce mejor que Aquel que nos ha creado?

Escuchar la llamada de Dios nos hará crecer a cada cual según como somos. Por eso el salmista suplica: ¡muéstrame tus caminos! Porque tus caminos son mis caminos, y mi plenitud es tu gloria, Señor. Pero para vislumbrar esta senda, como subraya el salmista, es necesaria mucha humildad. Solo el humilde abre sus oídos y su alma. Solo el humilde se deja enseñar y guiar. Solo el humilde confía. Y la confianza no lo defraudará. Dios es leal, ¡no falla!

sábado, 13 de enero de 2018

Aquí estoy para hacer tu voluntad

Salmo 39

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio. R.

Entonces yo digo: «Aquí estoy 
–como está escrito en mi libro– 
para hacer tu voluntad.» 
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios; 
Señor, tú lo sabes. R.

Dios nos ama y nos llama. Es él quien, al crearnos poseedores de un alma, imprime en nosotros una sed de infinito. Por eso quien crece espiritualmente ve cómo en él aumenta un hambre, un ansia del Señor, que llega al grito: Yo esperaba con ansia en el Señor… él se inclinó y escuchó mi grito.

Y Dios no nos deja morir de hambre: ¡en seguida responde! Quizás es al contrario, él nos está llamando suavemente desde siempre, y cuando respondemos y se entabla el diálogo, nuestro corazón estalla de gozo.  De ahí surgen ese cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. La alegría no puede expresarse sólo en palabras, sino cantando, bailando, exultando. Lo que nos llena el corazón debemos comunicarlo, no podemos retenerlo.

Los versos siguientes son cruciales: Tú no pides sacrificios ni ofrendas. Con esto, los israelitas se alejan de todas las religiones antiguas, basadas en los rituales y los sacrificios a los dioses. Es decir, renuncian al mercadeo espiritual: yo te doy para que tú me des tu favor. Se terminó. Dios no necesita ningún sacrificio, ninguna ofrenda. Ni siquiera necesita templos, rezos y devociones… Dios sólo quiere nuestro amor. Por eso nos abre el oído para que podamos responder a su llamada. El mejor regalo, la mejor ofrenda que podemos hacer, es responderle: Aquí estoy para hacer tu voluntad. En esta simple frase, tan breve como el Hágase en mí de María ante el ángel, se resume la vocación cristiana.

¡Quiero hacer tu voluntad! Y ¿cuál es la voluntad de Dios? No pensemos en grandes sacrificios, grandes heroicidades, grandes obras… Dios sólo quiere que le amemos, y que seamos felices. Dios quiere nuestra plenitud. Dios nos ha formado, y quiere que florezcamos, siendo todo aquello que podemos llegar a ser. Nuestra libertad, nuestra felicidad, no son ajenas al plan de Dios, ¡son parte de su plan! Dios quiere lo que nosotros queremos, en el fondo de nuestro corazón. No nuestros caprichos e intereses egoístas, sino el deseo más genuino de amor que todos llevamos dentro. Y Dios sabe cómo llenarnos, por eso es importante escuchar su llamada. Recordemos la homilía del papa Benedicto XVI en su investidura: Dios no nos quita nada, ¡nada! de lo que hace la vida libre, bella y grande. Al contrario, Dios nos lo da todo.

viernes, 5 de enero de 2018

El Señor bendice a su pueblo con la paz

Salmo 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.
El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.

El agua, en las mitologías antiguas de Oriente Medio, era el elemento primordial a partir del cual nacían los dioses y se originaba el mundo. También el Génesis recoge estas tradiciones cuando habla del viento de Dios aleteando sobre las aguas, antes de la creación.

Pero Dios es mucho más que el agua engendradora de vida. Dios está por encima de todas las criaturas del universo, ya sean estrellas, océanos o seres vivos. Cuando el salmista canta la voz tronante de Dios sobre las aguas está proclamando su superioridad y su gloria. De él, de su mano, surge todo cuanto existe. Él es el rey, el que crea y sostiene en la existencia todo cuanto podemos ver y estudiar.

Las cosas creadas son bellas, pero ¿son conscientes de su maravilla? Solo el ser humano reflexiona, se pregunta y se admira ante la belleza del cosmos. La sensibilidad de su alma lo lleva a reconocer el aliento creador que anima el universo y hace brotar de sus labios un himno de alabanza. Es hermoso el mundo, pero ¡cuánto más hermoso será su artífice creador!

Y ¿qué tiene que ver esto con el estribillo del salmo? El Señor bendice a su pueblo con la paz. Paz, en hebreo, es una palabra muy rica que significa mucho más que tranquilidad o calma interior. Paz es abundancia, es prosperidad, es alegría, es gozo, es salud y plenitud. ¿Cómo alcanzar esta paz?

El salmo de hoy nos da una pista: reconocer la grandeza de Dios y expresar nuestra gratitud nos trae paz. Nos hace conscientes de cuántos dones recibimos, además de la propia existencia. ¡Tenemos tanto, sin hacer nada por merecerlo! ¿Qué Padre da tantos regalos a sus hijos, si no es por un inmenso, inabarcable amor?


Olvidemos las quejas y las carencias. Centremos nuestra atención en todo aquello de bueno que hemos recibido. Somos profundamente amados desde el primer momento en que existimos. ¡Seamos conscientes de ello! De esta experiencia brota la paz.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Dichosos los que temen al Señor...

Salmo 127

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


Este es un salmo de alabanza. Hay en él una loanza doble: a Dios, que reparte sus bendiciones y que vela por nosotros «todos los días de nuestra vida», y al justo que sigue los caminos del Señor. A través de imágenes sencillas y expresivas, el salmista nos muestra qué dones recibe el que «teme al Señor»: son aquellos que todo hombre de aquella época podría considerar los mayores bienes: una esposa fecunda, un hogar próspero, hijos sanos y hermosos, salud y una descendencia numerosa. Hoy, tantos siglos después, podríamos decir que este sigue siendo el sueño de muchísimas personas: formar una familia, gozar de bienestar económico y vivir una vida larga y pacífica junto a los seres queridos.

Pero, ¿quién puede conseguir esta felicidad? ¿Quién es el que teme al Señor y sigue sus caminos? En lenguaje de hoy no podemos comprender que haya que tener miedo de un Dios que es amor. Pero esa falta de temor tampoco nos ha de llevar al olvido y al descuido. Dios nos ama, pero también nos enseña. Nos muestra, a través de la Iglesia y especialmente a través de su Hijo, Jesús, cuál es el camino para alcanzar una vida digna, llena de bondad. Lo que hemos de temer es olvidarnos de él, ignorarlo, vivir a sus espaldas. ¡Ay de nosotros si apartamos a Dios de nuestra vida! Caeremos en la oscuridad y en el desconcierto, comenzaremos a vagar a la deriva. Perderemos la paz, la armonía familiar y hasta los bienes materiales, tarde o temprano.

Los antiguos ya indagaron sobre qué debía hacer el hombre que buscaba una vida sana, dichosa y en paz. Muchos filósofos clásicos llegaron a la conclusión de que se podía alcanzar mediante la honradez y la práctica de las virtudes. También los israelitas creían que mediante el culto a Dios y el cumplimiento de sus mandatos, que no dejan de ser prácticas cívicas y virtuosas, podrían alcanzarla. Los cristianos tenemos un camino más claro y directo: Jesús. Ya no se trata de aprender leyes o de leer muchos libros, sino de conocer, amar e imitar al que amó generosamente, hasta el extremo, y aprender a amar como él lo hizo: entregándose. Ese es nuestro auténtico camino.

Por eso este salmo, además de alabanza, es un recordatorio. Dios cuida de nosotros siempre, cada día que pasa. Y nos muestra el camino hacia la «vida buena», la que todos anhelamos en lo más profundo de nuestro ser, la que merece ser vivida.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Cantaré eternamente las misericordias...

Salmo 88

Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».
Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades.»
Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora.» Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.

En este salmo, que el poeta quiso dedicar a la Casa de David, podemos destacar dos aspectos que también aplican a los cristianos de hoy: la fidelidad de Dios y la alianza con él.

El salmista escribe en un contexto histórico de apogeo del pueblo judío: su monarquía se consolida, David levanta su capital, Jerusalén, y quiere erigir un templo al Señor. La fórmula de la alianza o el pacto es un recurso muy utilizado por los autores bíblicos para expresar esa fidelidad de Dios hacia su pueblo. Aquí, se centra en David y su linaje.

Y se trata de un pacto muy peculiar, pues el único que se compromete es Dios. Dios promete incondicionalmente su protección, su misericordia y su favor, para siempre.  

A la luz de la venida de Cristo, la lectura del salmo va mucho más allá de un pacto “político” entre Dios y una dinastía real. La casa de David, su descendencia, culmina en Jesús. Y, a partir de él, el pacto de Dios se extenderá no solo al pueblo judío, sino a toda la humanidad. Todos los hombres y mujeres del mundo serán los elegidos de Dios.

Frente al moderno escepticismo, que cuestiona la existencia de Dios apoyándose en su pretendido abandono del mundo, los salmos ven la mano amorosa del creador presente en la historia. Si nosotros aprendemos a vislumbrar esa fidelidad de Dios en nuestra historia personal, en cada acontecimiento de nuestra vida, veremos cómo todo adquiere un sentido. Y descubriremos que Dios ha estado a nuestro lado siempre, en el dolor y en las alegrías, en las dificultades y en la prosperidad.

Por otra parte, al igual que sucede con la Casa de David, el pacto de Dios es muy desigual, muy desproporcionado a favor nuestro. Porque Dios se compromete a amarnos, a cuidarnos y a sernos fiel, independientemente de lo que hagamos nosotros, ¡así respeta nuestra libertad! No nos pide nada a cambio. Tan solo nos hace falta abrirnos a su amor. Así es Dios, desmesurado y magnificente en su generosidad. ¿Cómo no cantar eternamente sus misericordias?

viernes, 15 de diciembre de 2017

Magníficat de Adviento

Lucas 1, 46‑48. 49‑50. 53‑54

Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador.
Proclama mi alma la grandeza del Señor, 
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; 
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones 
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: 
su nombre es santo, y su misericordia llega 
a sus fieles de generación en generación.
A los hambrientos los colma de bienes 
y a los ricos los despide vacíos. 
Auxilia a Israel su siervo, 
acordándose de la misericordia prometida 
a sus padres y a su descendencia para siempre.

El cántico que leemos hoy no es un salmo, sino el Magníficat que entona María cuando se encuentra con su prima Isabel. Dos mujeres, amadas por Dios, desbordan de alegría y pueden compartir su gozo porque ambas saben que en sus vientres crecen dos hombres que cambiarán el mundo.

Ambas han sentido en su propia piel el milagro. Ambas han palpado que “el Señor hace en ellas maravillas”. Isabel, en su ancianidad, concebirá al que Jesús llamará el mayor de los profetas. María, en su virginidad, concibe al mismo Dios hecho humano en sus entrañas.

Son muchos los autores que señalan que el himno de María es revolucionario. Y más aún si lo situamos en su contexto, en la Palestina de hace dos mil años, en el pueblo judío, superviviente de guerras, invasiones, exilios y esclavitudes. Más aún si tenemos en cuenta que quien lo pronuncia es una mujer que en aquella época tenía una condición marginal, sin voz ni autoridad alguna entre sus gentes.

Es revolucionario recogiendo la tradición profética de Israel: el salmo subraya la predilección de Dios por los pobres y los humildes y el castigo que sufrirán los poderosos y los ricos. Teológicamente hablando todavía es más rompedor: Dios, que es todopoderoso, que es infinitamente grande, se viene a fijar en la más pequeña de sus criaturas: una sencilla muchacha de una aldea insignificante. Podría elegir venir al mundo envuelto en gloria y majestad, obrando milagros prodigiosos, pero elige venir como un niño más, como un bebé humilde en el seno de una familia modesta. Su primera casa será el vientre de una mujer.

Aún podemos profundizar más en este verso: A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Dios conoce todas las hambres humanas. Hay un hambre aún más punzante que la del pan, y es el hambre de Dios. El humilde reconoce esta hambre, abre su alma y puede ser saciado. Quien confía su vida en manos de Dios verá cómo todo cuanto le sucede, incluso las dificultades que se le presenten, todo lo encamina al crecimiento, a la plenitud, a la riqueza espiritual.

Quien se cree autosuficiente, quien vive acomodado en sus certezas y en sus riquezas materiales y piensa que Dios es sobrante e innecesario, ese será despedido vacío. Porque nada podrá calmar su hambre interior, por mucho que la oculte y quiera rellenar sus huecos con miles de cosas. Al final se encontrará con la peor de las pobrezas, que es la soledad interior.

El cántico de María es justamente lo contrario: es la voz exultante de una mujer que se siente llena de Dios, una de las oraciones más hermosas que podemos pronunciar cada uno de nosotros en acción de gracias.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación

Salmo 84

Muéstranos, Señor, tu misericordia, 
y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor: 
"Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos".
La salvación está cerca de los que lo temen
y la gloria habitará en nuestra tierra.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan; 
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo.
El Señor nos dará la lluvia
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él 
y sus pasos guiarán su camino.


Si tuviéramos que cantar este salmo con palabras modernas, cotidianas y familiares para nosotros, podríamos resumirlo en versos muy sencillos, parecidas a las súplicas de los niños que piden cariño a sus padres o a las frases de los enamorados que se buscan.

Danos tu ternura, Dios, haznos sentir seguros, acogidos en tu regazo. Tú traes paz a los que te aman. No es que ames a unos sí y a otros no. Pero los que no te conocen, viven lejos de ti o no te aman, ¡se pierden tu amor! Se pierden el calor de tu luz, se pierden tu ayuda, tu consuelo y tu fuerza. En cambio, los que se abren a tu amor, ¡reciben tanto!

Los que no se cansan de amar —la fidelidad— reciben tu amor a raudales. Y con el amor llega una multitud de bienes. El mundo pide justicia, paz, igualdad, derechos para todos... Y la persona, cada ser humano, pide amar y ser amado, pide luz, pide sentido a su vida. Quien se deja amar por ti encuentra su camino, se encuentra a sí mismo y encuentra el regalo de los demás. La justicia es humana y recta, pero no basta para hacer mejores a las personas. Un sistema legal correcto no es suficiente para que la gente sea solidaria, amable y justa. Las leyes nos obligan, pero no nos transforman. En cambio, el amor es renovador y revolucionario. Sin amor no es posible la justicia, pero donde hay amor, hay mucho más que justicia.

Dios es como la lluvia, nosotros somos tierra. Si él llueve, seremos fértiles y daremos fruto. Si dejamos entrar a Dios en nuestra vida, todo cuanto hagamos será fecundo. ¡Dejémonos amar por él? Dejémonos guiar por él. Porque sabe, mucho mejor que nosotros mismos, quiénes somos y qué nos conviene. Su deseo no es otro que nuestra felicidad, fiémonos de él.