15 de marzo de 2019

El Señor es mi luz


Salmo 26


El Señor es mi luz y mi salvación
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mí corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.

Luz, fuerza, auxilio, defensa… son atributos que los salmos y las sagradas escrituras otorgan a Dios. En ellos se hace patente ese instante de clarividencia profunda en el que el hombre se conoce a sí mismo y se sabe pequeño e indigente, al tiempo que reconoce y admira la grandeza de Dios.

Son momentos que iluminan el alma y la vida, como aquel día en que los discípulos amados de Jesús lo acompañaron en su ascensión al Tabor y vieron en él la gloria de Dios.

Pero Dios no sólo es grande y luminoso: también es Padre, y nos ama y protege. El hombre sediento de amor busca su rostro, es decir, ansía sentir sobre él su mirada, su presencia, su calor. Toda persona necesita saberse amada, escuchada, sostenida por el amor. Detrás de muchas búsquedas humanas, diversas y a veces desesperadas, late esa búsqueda del rostro de Dios.

«El Señor es mi luz y mi salvación.» Caminar en tinieblas trae consigo el miedo. Y el miedo, la incerteza, el vacío, son los grandes enemigos que acechan nuestra vida sobre la tierra. Cuántas personas caminan desorientadas o incluso dejan de caminar, paralizadas por el temor. Vemos a nuestro alrededor mucho movimiento, trabajo, agitación frenética. Pero dentro de los corazones, ¿hay movimiento? ¿Hay cambio, hay pasión, hay una evolución? Muchas veces el trajín exterior oculta una terrible inmovilidad interior. Se nos petrifica el alma y, por mucho que hagamos cosas, en realidad hemos comenzado a morir. Necesitamos que el sol entre dentro de nosotros: el sol, que es ese rostro amoroso de Dios que nos alumbra y nos transforma.

Alguien dijo que el espíritu humano es como los girasoles. Siempre se vuelve hacia el Sol. ¡Ojalá siempre fuera así, y buscáramos la presencia de Dios en cada momento de nuestra vida! Que los nubarrones y las capas de miedo, frialdad y mentira no nos alejen de él. Porque la flor que deja de recibir la luz, tarde o temprano agoniza.

En los momentos de tiniebla no perdamos el coraje. Porque toda persona ha de conocer noches oscuras. Es en esos momentos cuando las palabras del salmo nos recuerdan: «sé valiente, ten ánimo. Espera en el Señor».

9 de marzo de 2019

El Señor está conmigo en la tribulación



Estás conmigo, Señor, en la tribulación.
Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.»
No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.
Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.
«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré.»

El Señor te protege. El Señor envía sus ángeles para que te guarden. Con estas hermosas palabras del salmo el diablo se acerca a Jesús para tentarlo a arrojarse desde lo alto del templo.

¡Cuántas veces se utilizan las sagradas escrituras, fuera de contexto y manipuladas, para conseguir lo contrario de lo que pretendían! Este salmo es un himno de confianza en Dios. En cambio, el demonio utiliza sus versos para tentar a Jesús con el poder de saberse Hijo de Dios. No lo incita a confiar en Dios, sino en sus propias fuerzas. En realidad, su proposición es un desafío, un reto al mismo Dios que lo ha creado.

Este salmo tampoco ha de leerse como si fuera un mero consuelo. No adoptemos la actitud de aquellos fariseos a los que Jesús reprendió: «no por exclamar, Señor, Señor, tenéis la salvación asegurada», les dijo. Las palabras del salmo ahondan más: creer no es un seguro de vida. No invocamos a Dios para estar tranquilos y protegidos, como dice aquel refrán: nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Es al revés, cuando nos arriesgamos a confiar en Él, solamente en Él y a todas, es cuando Dios nos protege y nos cuida, enviando a sus ángeles. El que vive «a la sombra del Altísimo» es la persona que ha decidido poner a Dios en el centro de su vida y de su corazón. Es la persona que confía en Él su vida, sus decisiones, su vocación, aquello que más quiere. Cuando nos abandonamos en Dios, Él responde siempre.

Y así es como caminaremos por la vida, con tantos problemas y preocupaciones como cualquiera, o quizás aún más, pero nada podrá dañarnos porque vivimos protegidos y amados. Pisaremos áspides y dragones, tal vez nos tocará abordar situaciones muy conflictivas, incluso engañosas. ¡El demonio está listo para tender trampas a los fieles al Señor! Pero si confiamos en Él y lo tenemos presente siempre, nos librará.

1 de marzo de 2019

Es bueno darte gracias, Señor

Salmo 91

Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad.
El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios.
En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad.

La bondad es un atributo de Dios que la literatura bíblica, especialmente en los salmos, quiere resaltar. Así mismo, Dios es justo y recompensa con paz, prosperidad y abundancia al hombre que sigue su justicia.

Bondad, justicia. Son dos valores que hoy echamos de menos y que a menudo están ausentes de la sociedad. El pueblo hebreo también ansiaba estos valores y clamaba al cielo por ellos. Su azarosa historia está marcada, como la historia de tantos otros pueblos, por periodos de violencia, de abusos de poder, de explotación del pobre.

Para el israelita devoto, la creencia en un Dios justo y bueno, que premia y defiende al hombre justo, era un puntal existencial. En la incerteza de la vida, al menos tenía una certeza, una seguridad, puesta en el Dios todopoderoso y magnánimo. Quien está con Dios posee todo su amor, toda su fuerza, toda su bondad, y prospera “como una palmera”, “como un cedro del Líbano”. “En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso”.

Para el cristiano de hoy también es motivo de esperanza la fe en un Dios bueno, que siempre acaba haciendo justicia. Pero la experiencia nos muestra que muchas veces parece que la maldad es más poderosa, que la injusticia triunfa y que la bondad es impotente ante el poder del mal. Miramos a nuestro alrededor, escuchamos un noticiario o leemos la prensa y se nos cae el alma a los pies. ¿Cómo encontrar la paz y la esperanza, cuando no tenemos evidencias de que el bien triunfa?

Este verso del salmo es impresionante en su sencillez: “En mi Roca no existe la maldad”. Y debería hacernos pensar. Dios, que todo lo puede, que es más grande que el universo, que es más que todo aquello que podamos concebir… carece de maldad. Si Dios, que es el Todo, es bondad pura, ¿cómo no va a triunfar? En nuestra visión pequeñita y humana, limitada a nuestra vida y a nuestro entorno, quizás no sabemos verlo. Pero si elevamos la mirada, si sabemos ver la realidad desde la altura y en profundidad, con ojos de cielo, quizás nos daremos cuenta de que es cierto: la misericordia de Dios baña el mundo, aunque sea un mundo herido, llagado y gimiente bajo los dolores de un sangriento parto. Su bondad lo cubre y lo envuelve todo, incluso el mal.

Descansar en él nos apacigua y nos refuerza. Nos hace capaces de lo que creemos imposible. Nos revive. Y nos hace cantar, con gratitud: “¡Es bueno darte gracias, Señor!”

21 de febrero de 2019

El Señor es compasivo...

Salmo 102

El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

El primer gran tema que salta a la vista en este salmo es el perdón. ¡Qué difícil nos resulta perdonar, y cuán olvidado lo tenemos!  Incluso hay personas que se precian de perdonar a quienes les han causado un mal, “pero jamás olvidar”, como si mantener esa revancha viva en el corazón fuera motivo de orgullo o de reafirmación.

El salmo, en primer lugar, nos habla del perdón de Dios. Un perdón sin límites, capaz de lavar y sanar toda culpa, toda herida emocional; capaz de borrar y saldar toda deuda. No sólo eso, sino que Dios, cuando perdona, lo hace con alegría y delicadeza: “te colma de gracia y ternura”. Quien experimenta el perdón de Dios y su compasión, siente esa calidez inmensa del abrazo comprensivo, amante, generoso. Quienes tienen una idea represiva de Dios, bien podrían leer y meditar estos versos. Lejos de ser un opresor, Él nos libera con su perdón y nos desata del peso de las culpas, que muchas veces cargamos nosotros mismos a nuestras espaldas.

En segundo lugar, nos habla de la justicia de Dios, que tan alejada está de nuestra mentalidad retributiva. “No nos trata como merecen nuestros pecados”. En nuestra cultura está muy arraigado el concepto de mérito, de “merecer”. Nos parece que, si alguien actúa mal, se merece una desgracia. Nos alegra que alguien se tope con la horma de su zapato, que las desgracias caigan sobre él. Le está bien, solemos decir, sin caer en la cuenta de que, al hablar así, nos estamos erigiendo en jueces y condenadores, como si fuéramos dioses y pudiéramos disponer del destino de las personas.

Y tal vez nuestros idolillos, nuestras falsas imágenes de Dios, sean así: vemos en ellas a una divinidad justiciera, vengadora, implacable. Pero nuestro Dios, el Dios de Israel y el Dios de Jesús, no es así. Nos puede sorprender y hasta indignar su gran bondad. Nos puede parecer excesiva y derrochona. ¿Por qué Dios no castiga a los malos? ¿Por qué tiene que perdonar tanto, por qué es “demasiado” bueno? ¿No es eso injusto?

El salmo, tan cercano al espíritu de Jesús, nos recuerda que Dios es como un padre tierno. Aún más, podríamos decir que es como una madre llena de amor por sus hijos. ¿Cómo va a rechazar a uno solo? ¿Dejará una madre de querer a un hijo, por malo que éste sea? Sufrirá por él, intentará ayudarle, rezará… pero nunca dejará de amarlo.

Si una madre humana puede amar así, ¿debería extrañarnos que Dios rebase la medida pequeña, mezquina y limitada de nuestro amor?

¡Menos mal que Dios es así! Ojalá podamos experimentar su amor y esto nos mueva a imitarle, tal como Jesús nos propone en el evangelio.

15 de febrero de 2019

Dichoso el que confía en el Señor


Salmo 1

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.

El primero de todos los salmos expresa un deseo íntimo del hombre de todos los tiempos: el anhelo de felicidad. Este salmo armoniza perfectamente con las lecturas de este sexto domingo.

Por un lado, el profeta Jeremías nos habla de dos tipos de persona: la que sólo confía en sí misma, en su fuerza y en su riqueza, y la que confía en Dios. El que deposita su fe en las cosas materiales o en sí mismo es como cardo en el desierto; el que confía en Dios es árbol bien arraigado que crece junto al agua. Son casi las mismas palabras del salmo: aquel que confía en Dios crecerá y dará buen fruto. Dios es el agua inagotable de la que beberá, y su espíritu jamás se marchitará. En cambio, el impío, aquel que no reconoce a Dios y quiere enraizar en cosas mundanas, acabará arrastrado por el viento.

El salmo también conecta con las bienaventuranzas del evangelio de este domingo. Más allá de leer las bienaventuranzas como una apología del pobre y del oprimido, hemos de ver en ellas una alabanza de los que siguen a Dios a todas; de los que dejarán a un lado su propio ego para lanzarse a anunciar la palabra de Dios, como Jesús mismo. Las bienaventuranzas son, en realidad, un retrato de Jesús y del profeta auténtico, el que habla la verdad sin miedo y, por ello, es rechazado y llora ante la incomprensión. Como consecuencia de ese rechazo, sufrirá, será despojado de sus bienes, será perseguido y difamado. Su pobreza será seguir fiel y apoyarse sólo en Dios. Estas son palabras dirigidas especialmente a los discípulos y, por tanto, a los cristianos de hoy, llamados a ser apóstoles.

Esta lectura es revolucionaria y resulta especialmente subversiva hoy, donde tanto se predica el “ámate a ti mismo”, “descúbrete a ti mismo”, “confía en ti mismo”. Nuestra sociedad occidental ha deificado al hombre y parece que todo cuanto ansía nuestro corazón está dentro de nosotros. O bien se idolatran ciertos valores, como el bienestar económico, el reconocimiento social, la fama, la ciencia y la tecnología. Se nos repite una y otra vez que es en nosotros mismos y en la amplia oferta del mundo donde podemos encontrar nuestra felicidad, y muchos caemos en la trampa de creerlo.

En cambio, pocos nos recuerdan que confiar solamente en nosotros mismos, o en tantas cosas que brillan a nuestro alrededor, es un error que nos lleva al abismo. La única tierra firme donde podemos anclar, echar raíces y crecer, desplegando todo aquello que podemos ser, es el amor: es Dios.

Quien confía en Dios por encima de todo, y quien medita y vive su ley —mi ley es el amor, ¡nos recuerda Jesús! — ese gozará de una vida plena, hermosa, profunda. Una vida que no estará exenta de dificultades ni de dolor, porque vivir con autenticidad es ir a contracorriente y nos toparemos con la burla, la oposición y la incomprensión de muchos. Incluso nuestros seres queridos o más cercanos pueden rechazarnos por querer vivir poniendo a Dios en el centro de nuestra vida. Pero la recompensa será grande… y no sólo en el más allá, sino donde comienza el cielo, aquí en la tierra.

7 de febrero de 2019

Ante los ángeles tocaré para ti


Salmo 137

Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario.
Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, al escuchar el oráculo de tu boca; canten los caminos del Señor, porque la gloria del Señor es grande.
Tu derecha me salva. El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

La lectura de este salmo se incluye entre otras que nos hablan de la vocación: la del profeta Isaías y la de Pedro. En ambas lecturas, se nos relata la experiencia rotunda y transformadora del hombre que, de pronto, se ve ante Dios. Ante la grandeza del Creador, se siente pequeño, pobre, pecador e imperfecto. En ese primer choque de autoconocimiento, el ser humano cae de rodillas.

Pero, junto con la consciencia de su pequeñez, viene la admiración ante la grandeza de Dios. El reconocimiento de Dios trae una actitud de adoración y de gratitud. Gracias, gracias, gracias, repiten los versos del salmo. El hombre que se encuentra con Dios y se abre a su presencia desborda agradecimiento y no puede menos que gritar su gozo a los cuatro vientos.

Esta es la actitud del espíritu puro y libre de prejuicios. Como el niño, el hombre de alma limpia sabe ver, reconocer, admirarse y comunicar la maravilla que ha descubierto.

Sentirse pequeño en las manos inmensas de Dios, palpitantes de amor, es quizás una de las más bellas experiencias místicas del ser humano.

Invoquemos a Dios en medio de nuestras dificultades y en aquellos momentos más bajos de ánimo. Como dice el salmo, Él supera toda promesa, toda expectativa. Dios es infinitamente mayor que nuestros problemas. Nos fortalece y nos concede el valor, la audacia, la fuerza. Nosotros somos débiles, pero Él es grande. En él, todo lo podemos.

Vivimos en una cultura que ensalza lo mediocre, lo negativo, lo absurdo e incluso lo malo. Las murmuraciones y las críticas nos envenenan. Y no hemos sido creados para esto; de ahí que a menudo andemos confundidos, desanimados, vacilantes. Dirijamos la mirada a Dios. Elevemos la vista por encima de nuestras miserias y acojámonos a su amor. Dios siempre, siempre escucha. Llenémonos de él, y podremos dar a nuestro mundo sediento algo de luz, de claridad, de agua viva. Que la gente nunca pueda decir de los cristianos que somos criticones, tristes o amargados, sino que se admire, porque desbordamos alegría y bendiciones. 

1 de febrero de 2019

Mi boca contará tu salvación


Salmo 70

Mi boca contará tu salvación, Señor.
A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame.
Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa.
Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías.
Mi boca contará tu auxilio, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas.

Leemos este salmo en medio de unas lecturas que nos hablan de la vocación. El profeta Jeremías parafrasea los versos del salmista, afirmando que Dios lo escogió antes de formarse en el vientre materno y que nada ni nadie podrán contra él. En el evangelio, Jesús inicia su vida pública presentándose como Mesías y anunciando la salvación del Señor en la sinagoga de Nazaret. San Pablo en su carta a los corintios proclama su hermoso himno al amor, lo único perfecto, lo que no pasa nunca, lo que prevalece incluso por encima de la fe y la esperanza.

Ese amor es la roca y el refugio de quienes han escuchado y atendido la llamada de Dios. Decir que Dios llama desde el vientre materno es una forma de expresar que desde el mismo instante en que nacemos a la existencia, él nos mira con inmenso amor y nos invita. La vocación imprime una marca indeleble y profundísima: a quien la sigue, le cambia la vida de forma irreversible. La llamada se graba a fuego en el alma de quien escuchó la voz de Dios.

Quien es llamado también ha de saber que, como le sucedió a Jesús, y como les sucedió a los profetas, se topará con dificultades, incomprensión y rechazo, incluso por parte de sus seres más allegados. Pero Dios no abandona a sus elegidos. A quien sigue su voz, le da toda su fuerza; aún más, se le da Él mismo. Los cristianos, hoy, deberíamos ser conscientes de que todos somos llamados a ser profetas, y sacerdotes y reyes, añadiría San Pablo. Todos somos elegidos, todos somos amados y bendecidos. Y Dios, ¡creámoslo!, está dispuesto a darnos todo cuanto tiene para que podamos cumplir nuestra misión, que no es otra que dispensar su amor, su alegría, su liberación, a todo el mundo.

No seamos sordos. No pensemos que la vocación “es para otros”. Cada cual es llamado, ¡abramos los oídos! Y no temamos a nada ni a nadie, porque Dios, como reza el salmo, será nuestra roca, nuestro castillo, nuestra salvación. Muchas personas estarán en contra nuestra si somos fieles a la Verdad. ¿Qué importa? Dios puede mucho más que todas las oposiciones del mundo. Su amor, su auxilio, es muchísimo mayor que las calumnias, los desprecios y las maledicencias. Siempre nos protegerá y nos concederá algo aún mayor: la plenitud y el gozo de una vida entregada, llena de él. Los ataques de quienes nos rechacen serán diminutos guijarros arrojados al océano: jamás podrán hacernos daño si nos apoyamos en la peña firme de nuestro Señor.

El Señor es mi luz