sábado, 25 de febrero de 2012

Tus sendas son de misericordia y lealtad

Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9
Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

El camino como símbolo de la vida es una imagen muy frecuente en la literatura y en el lenguaje espiritual. Este camino tiene un inicio, nuestro nacimiento, y en él vamos con un equipaje que es nuestra herencia: genética, familiar, histórica, la educación que hemos recibido… Pero, aunque el inicio y el bagaje son algo que no elegimos, en el momento en que alcanzamos nuestro uso de razón somos muy libres para decidir hacia dónde debemos ir.
¿Hacia dónde voy? Es una pregunta filosófica que toda persona se hace en algún momento de su vida. Decidir nuestro destino se convierte en una cuestión crucial. Para muchos, esa meta, decidir hacia dónde dirigir sus pasos, es un dilema, un motivo de angustia, de interrogantes y dudas.
Durante mucho tiempo, en Occidente se ha fomentado una contraposición entre los conceptos de enseñanza y libertad. Tras siglos de obediencia a las autoridades civiles y religiosas —la Edad Media—, el Renacimiento y la Ilustración auparon la idea del hombre libre, autónomo e independiente. Obedecer, escuchar, ser aconsejado, han tendido a verse como sinónimos de esclavitud y control de la conciencia. Se pasó de un extremo a otro.
Es importante superar esta dialéctica estéril y comprender que la libertad humana no es un valor absoluto, desenraizado de la realidad de cada día y de las relaciones con los demás. Un hombre libre no es un hombre “suelto”, solo,  sin raíces y sin referentes. La libertad se forja, y esto implica dejarse enseñar, guiar y aconsejar. De hecho, todo lo que somos, sabemos y tenemos es algo que hemos recibido de otros. Nuestra vida misma, el don primero y más preciado, es algo que no hemos elegido. Con todo esto, y nuestra voluntad, podemos ir dilucidando, poco a poco, el camino que queremos seguir.
El salmista subraya la importancia que tiene para el hombre su referente divino. Su relación con Dios es fundamental para andar el camino. En estos versos del salmo se expresan dos necesidades fundamentales del ser humano y una actitud.
La primera es el hambre de verdad. El hombre ansía ser enseñado: “Instrúyeme en tus sendas”, y espera a Dios.
En segundo lugar, el hombre expresa su necesidad de un amor incondicional, que no tenga en cuenta sus fallos: “no te acuerdes de mis pecados […] Acuérdate de mí con misericordia”. Ya hemos comentado otras veces el significado de la palabra “misericordia”, ese atributo tan de Dios, como amor entrañable, maternal, que se conmueve ante su criatura. El hombre tiene verdadera necesidad de sentirse amado así. Y el amor de Dios es, efectivamente, como el de una madre. Todo lo perdona, su ternura lo supera todo.
Hambre de verdad, hambre de amor: el salmista expone así sus anhelos ante el Señor. Y Dios, cómo no, está dispuesto a dar generosamente. Pero aún falta algo, y es la actitud receptiva de la persona. ¿Quién recibirá esa enseñanza, quién podrá acoger tanto amor? El hombre humilde, el pecador, dice el salmo. Y en esto se aproxima mucho al mensaje de Jesús, tan cercano a los pecadores y a los rechazados por la sociedad. El hombre que no se cree grande, que no se cree dios, el que reconoce sus carencias y debilidades, está preparado para abrirse y recibir la sabiduría que solo Dios, con su Amor infinito, puede darle.

sábado, 18 de febrero de 2012

Sáname, Señor, porque he pecado

Salmo 40
Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.
Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor. El Señor lo  guarda y lo conserva en vida, para que sea dichoso en la tierra, y no lo entrega a la saña de sus enemigos.
El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad. Yo dije: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.»
A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, ahora y por siempre. Amén.

En el antiguo Israel, como vemos tantas veces en las lecturas evangélicas, sanación, salud y bondad moral van unidas. La enfermedad solía achacarse a una mala conducta, a un pecado del propio enfermo o de sus padres o antepasados. Así mismo, la desgracia era interpretada como un castigo por malas acciones.
Hoy nos rebela esta forma de pensar. ¿Qué culpa tiene un enfermo, qué pecado ha cometido para sufrir su dolencia? También rechazamos ver a Dios como un castigador que esgrime su azote en forma de enfermedades y desgracias. Esto va contra la imagen que Jesús nos transmitió: la del Dios bueno, el Dios compasivo e infinitamente respetuoso de nuestra libertad.
Sin embargo, en este salmo no se habla de una simple enfermedad física. Hay enfermedades del alma, y el origen de estas, muchas veces, es un alejamiento o una ruptura con Dios y con los demás. Hoy, ningún médico serio niega que los males del corazón tienen una repercusión directa en la salud biológica. La idea de salud no abarca solo el cuerpo. Estar sano implica estar sano de cuerpo, de mente y de espíritu. Decía el psiquiatra Jung que el problema que tenían todos sus pacientes era, en el fondo, un conflicto espiritual interno.
Reconciliarnos con Dios, que es el origen de todo y la fuerza que nos sostiene, es un paso adelante para afianzar nuestra salud espiritual. Quien se siente amado y sostenido, quien encuentra un sentido bello a su existencia y se abre a los demás, tiene la fortaleza y el ánimo para superar las enfermedades y los golpes que le da la vida. Y Dios da todo esto. Recordemos aquella frase de Jesús: “He venido para que tengáis vida, y vida en plenitud”. Dios, Señor de la Vida, no desea otra cosa que regalarnos sus bienes. El pecado no es otra cosa que rechazarlo e intentar buscar nuestra plenitud en cosas que jamás podrán dárnosla. Dios, en su misericordia, siempre aguarda, paciente, con las puertas abiertas. Pero en su respeto, no nos obliga a acudir a él. Nos espera. Tal vez el dolor y la enfermedad sirvan de toque de atención, de campanada que nos haga despertar y nos llame a volver a él. Ojalá, cuando suframos por cualquier circunstancia o estemos enfermos, sepamos pronunciar las palabras de este salmo, invocando a Dios, pidiendo su ayuda, confiando en él, y vislumbrando qué hemos de aprender de esa experiencia dolorosa. Muchas veces, estar enfermos es el primer paso para crecer y alcanzar una mayor y duradera salud.

sábado, 11 de febrero de 2012

Tú eres mi refugio y mi liberación

Salmo 31

Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.
Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero. 

Los versos de este salmo están sembrados de palabras que despiertan en nosotros impresiones bien distintas: refugio, liberación, culpa, delito, pecado, alegría. Son palabras que dibujan muy bien los claroscuros del alma humana. Sí, en nuestra historia personal conocemos muy bien qué significa sentirse pecador, conocemos el peso angustioso de la culpa, conocemos también la ráfaga de libertad y paz interior que trae consigo el perdón.
Los salmos, como plegaria, reflejan maravillosamente el drama psicológico y espiritual de cada persona. Todos, en algún momento de nuestra vida, fallamos. Los sentimientos de culpa nos abaten, se acumulan sobre nuestras espaldas y, si no podemos liberarnos de ellos, nos van asfixiando. Cuántas vidas están oprimidas, estranguladas, empequeñecidas, bajo el peso de la culpa.
Y, sin embargo, un cierto sentimiento de culpa es necesario, pues demuestra que sabemos distinguir, en nuestra conciencia, lo que es bueno de lo malo; lo que nos hace crecer, de lo que nos destruye; lo que da paz de lo que daña a los demás. La contrición es el primer paso para salir de ese pozo oscuro.
Muchos psicólogos y terapeutas aconsejan a las personas abrumadas por la culpa, propia y ajena, que deben descargarse de ella, arrojarla fuera de sí y perdonarse a sí mismas. Y es cierto: hay que descargarse de ese lastre que nos impide avanzar. Pero, ¡cuánto cuesta perdonarse a sí mismo! Alguien dijo que no es posible perdonarse del todo a uno mismo. El perdón es una relación y, como toda relación, pide dos partes y dos voluntades.
El único que nos puede liberar completamente de la culpa y sanar nuestra alma es Dios. De ahí el gran poder terapéutico de la confesión: “lo reconocí, no encubrí mi delito, […] confesaré al Señor mi culpa”. El solo hecho de expresar ese mal, la tristeza y el dolor de la culpa es ya sanador. Depositar en Dios esa carga onerosa es liberador.  Porque Dios es más grande que todos los males que podamos cometer los seres humanos en el mundo. Y su amor es el fuego purificador, el agua vivificante, el viento que barre los escombros de nuestra alma desportillada. Confiar en él, reconocernos falibles, limitados y pecadores, reposar en él y ofrecerle los frutos, logrados o maltrechos, de nuestras manos, es sumergirse en ese océano de amor que engulle y supera toda culpa, todo delito, todo mal. Es nuestro refugio, sí. Y más aún: nuestra liberación.

sábado, 4 de febrero de 2012

El Señor sana los corazones destrozados

Salmo 146
Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor  reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.    
Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados.

Este salmo es un cántico de consolación. En sus versos leemos el momento histórico difícil que atravesaba el pueblo de Israel. Destruido su reino y su templo, sin tierra, deportado al exilio en Babilonia, un resto del pueblo resiste con fe y espera ver el día en que podrán regresar.
Es en medio de estas circunstancias tan penosas cuando la fe vacila. Hoy nos sucede lo mismo. Cuando el mundo parece derrumbarse nos preguntamos, ¿dónde está Dios? ¿Es realmente bueno, permitiendo que sucedan tantas desgracias? Y si lo es, ¿dónde está su poder, que no las evita?
La voz del salmista pone un acento en la bondad del Señor e invita a perseverar en la fe. Sí, Dios sigue siendo bueno, “sana los corazones destrozados”. Con imágenes tiernas, de protección y cuidado, el salmo recuerda que Dios tiene contadas hasta las estrellas y las conoce, a todas, por su nombre. ¿Cómo no va a cuidar de cada una de sus criaturas humanas? Cada alma es una estrella en sus manos.
Y también insiste en que Dios es grande y poderoso, que está junto a los humildes, junto a los que sufren y son aplastados, y que un día hará justicia. Los malvados morderán el polvo y los que fueron arrancados de su tierra volverán a ella.
¿Son simples palabras de consuelo? Dice el refrán popular que “quien canta, su mal espanta”. Los versos del salmo, como una oración poética, alivian el corazón herido y despiertan la esperanza. Pero la historia humana, y nuestra historia personal, nos muestran, una y otra vez, que cuando confiamos en Dios, siempre somos escuchados. Al cabo del tiempo aprendemos a descifrar el significado del dolor y de las pruebas, salimos fortalecidos y vemos que, aún en los tiempos más oscuros, Dios estuvo ahí, cercano y amante, sosteniéndonos en la flaqueza, sufriendo con nosotros en el dolor, alentándonos a mirar a lo alto y a seguir adelante.
En clave cristiana, podemos mirar a la Cruz. Jesús, crucificado, entregando hasta la última gota de sangre, es la respuesta de Dios ante el dolor y la injusticia del mundo. Una respuesta que no termina en el madero, sino en la mañana clara del domingo de resurrección.