sábado, 19 de septiembre de 2009

Salmo 53 - El Señor defiende a los suyos


Salmo 53.
De David, cuando vinieron los zifeos a Saúl a decirle dónde andaba David.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, con tu poder defiéndeme.
Oh Dios, oye mi súplica, escucha mis palabras.
Porque extraños se han levantado contra mí
y hombres violentos buscan mi vida;
no han puesto a Dios delante de sí.
Pero Dios es el que me ayuda; el Señor sostiene mi vida.
Él devolverá el mal a mis enemigos; córtalos por tu verdad.
Te ofreceré un sacrificio voluntario
dando gracias a tu nombre, que es bueno,
porque me has librado de toda angustia,
y mis ojos han visto la ruina de mis enemigos.

Este salmo es una súplica angustiada. Partiendo de una situación personal de peligro y acoso, sufrida por el rey David, el poeta eleva una plegaria a Dios, mostrando en él toda su confianza.

Del contexto histórico, el salmista pasa a un plano trascendente. Ante las dificultades y la persecución, el hombre reconoce que nada puede sin Dios. En cambio, aquellos que le persiguen, no tienen en cuenta su existencia. Actúan de forma “impía”, podríamos decir, sin respeto a la divinidad ni tampoco a la humanidad.

Cuando llegamos a situaciones extremas es cuando más acusamos nuestra necesidad de Dios. En otros salmos se canta que Dios siempre está al lado de los que sufren, de los que son perseguidos, de aquellos que nada tienen, salvo la fe. Fijémonos que el suplicante no se toma la justicia por su mano, sino que confía que Dios hará justicia por él.

Esta fe se convertirá en su fortaleza. Tras la súplica, late una confianza profunda. “El Señor sostiene mi vida”. ¡Es así! Permanecer a su amparo, sostenidos por él, nos asegurará la protección. No nos librará de los problemas, pero sí nos ayudará a afrontarlos y a conservar lo más valioso que tenemos: un espíritu limpio.

“Y mis ojos han visto la ruina de mis enemigos”. Conviene interpretar esta frase. Desde una perspectiva cristiana, jamás podemos desear mal a nuestros adversarios, ni su ruina. Jesús nos recuerda que hemos de amar hasta al enemigo. Este verso final del salmo no es un castigo ni una maldición: es el destino que aguarda a aquellos que han decidido prescindir de Dios o actuar en su contra. La derrota no es una venganza del perseguido, sino la consecuencia de desterrar a Dios de sus vidas.

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