sábado, 26 de junio de 2010

El Señor es el lote de mi heredad

Salmo 15

Tú eres, Señor, el lote de mi heredad

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Digo al Señor: “Tú eres mi bien”. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano.

Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

A menudo las gentes critican a la Iglesia y también a los cristianos. Atacan a la institución de mil maneras, por su rigor y su poder, y a nosotros, los creyentes, nos acusan de ser incoherentes con lo que creemos y predicamos, o bien se nos atribuyen toda clase de ideas y actitudes disparatadas, a veces ciertas pero a veces bien lejos de la realidad.

Pero este salmo nos recuerda una cosa innegable. Por un lado nosotros, como humanos, y la Iglesia, que somos todos, somos falibles, imperfectos y pecadores. Cometemos muchos errores, incluso causamos daño, queriendo o no. Somos vasijas de barro, a veces muy sucias y deterioradas… Qué fácil es que nos desprecien y qué fácilmente podemos caer en el desánimo ante las críticas.

Pero esas ánforas de barro, sucias y rotas, contienen un tesoro inmenso, no comprado ni conseguido, sino regalado. Es esa joya maravillosa lo que hemos de ver y mostrar. Dios se ha fiado de nosotros y se nos ha dado: él es, verdaderamente, “el lote de nuestra heredad”. Él llena nuestra copa, él nos cubre, nos protege y aún más: nos habita. Con Cristo, los versos del salmo todavía adquieren mayor significado. En la comunión, lo recibimos dentro de nosotros, y “desde dentro nos instruye”, iluminando nuestra conciencia y nuestra voluntad.

Por eso, aunque seamos pecadores, aunque nos sintamos pequeños, cargados de defectos y de fallos, podemos exultar de alegría y tener paz interior: “se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena”. ¡Qué expresivos son estos versos! Sí, la paz interior no la conseguiremos por nuestros medios, sino cuando nos dejemos inundar por la presencia de Dios. Y con la paz, llegará el gozo. Dios, lejos de ser el gran juez represor de la humanidad, es su liberador, su alegría y aquel que puede saciar nuestra hambre de plenitud.

sábado, 19 de junio de 2010

Mi alma está sedienta de ti

Salmo 62

Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío.
Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.

Sólo quien ama intensamente y se sabe amado puede pronunciar con sinceridad las palabras de este salmo. “Mi alma está sedienta de ti” expresa una necesidad profunda, acuciante, tan honda como la sed física, tan dolorosa, incluso, como el hambre. El salmista aún añade: “mi carne tiene ansia de ti”. El deseo de Dios, de plenitud, de trascendencia, es tan ferviente como el deseo amoroso.

Este cántico nos habla de un amor que quizás nos parece muy alejado de los parámetros de nuestro mundo moderno. Hoy escuchamos que el amor va y viene, que nada dura para siempre; oímos decir que la gente tiene hambre de afecto, de cariño, de reconocimiento. Y también vemos cuántas enfermedades del alma nos aquejan e intentamos vanamente paliar con medicinas, frenesí, ruido, gastos materiales y divertimentos que, al final, sólo consiguen dejarnos exhaustos y más vacíos.

El salmista habla de una sed que siempre aquejará al ser humano porque estamos hechos así, con un pozo interior que sólo puede llenarse de algo inmenso y eterno. Ojalá todos sintiéramos ese deseo dentro y lo reconociéramos. Porque el hombre sediento que está vivo busca la fuente que lo sacie, y no duda en emprender el camino. Es cierto que el mundo le ofrecerá muchas falsas bebidas, falsos alimentos y bálsamos engañosos para saciar su hambre infinita. Pero si el alma está despierta, la sed persistirá y le empujará a continuar buscando. Hasta que, en algún momento, la misma fuente que persigue le saldrá al camino.

Cuando Dios entra en nuestra vida, nuestra alma, árida como tierra reseca, renace. Dios nos sacia, y nos vuelve a saciar, y jamás se cansa de regalarnos sus dones. La vida penetrada por Dios experimenta tal cambio, que la respuesta estalla forma de alabanzas: “Toda mi vida te bendeciré”, “a la sombra de tus alas canto con júbilo”. Si realmente estamos saciados de Dios, eso ha de notarse en una vida llena, activa, pacífica y profundamente alegre.

La unión con Dios no es algo reservado a “los santos y los místicos”. Todos los cristianos —en realidad, todos los seres humanos— estamos llamados a vivir esta experiencia de amor íntimo que nos arraiga en la tierra y nos permite crecer hacia el cielo.

sábado, 12 de junio de 2010

Feliz el que ha sido perdonado

Salmo 31
¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta!

¡Feliz el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta las culpas, y en cuyo espíritu no hay doblez!

Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: "Confesaré mis faltas al Señor". ¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!

Tú eres mi refugio, tú me libras de los peligros y me colmas con la alegría de la salvación.
¡Alégrense en el Señor, regocíjense los justos! ¡Canten jubilosos los rectos de corazón!

Las lecturas de este domingo nos hablan de la bondad de Dios y de la liberación inmensa que supone el perdón.

El perdón, incluso en un plano puramente psicológico, tiene una tremenda fuerza sanadora. El perdón limpia, libera, deshace los nudos interiores, desata la alegría y devuelve las ganas de vivir. Pero, para vivir una experiencia verdaderamente liberadora y gozosa del perdón son necesarias al menos dos cosas.

La primera es la conciencia de pecado. Hoy día se tiende a eliminar todo trazo moral de nuestra cultura; por tanto, dicen muchos, “no hay pecado, sólo hay ignorancia”. O bien: el pecado es una forma de atadura que nos impone la Iglesia para dominarnos. Quienes así hablan olvidan que la naturaleza humana es consciente, es sensible y posee un sentido natural de lo moral, de lo que es bueno, verdadero y bello. Y por eso una mente despierta en seguida sabe si ha obrado bien o mal y siente el peso de la culpa cuando es responsable de algún daño.

“Yo reconocí mi pecado, no escondí mi culpa”, reza el salmo. La persona que reconoce sus males, la que no tiene doblez, está ya en camino de poder recibir el perdón y liberarse. El problema es cuando queremos tapar nuestros fallos y pretendemos engañarnos a nosotros mismos y a los demás con excusas o máscaras de bondad y conveniencia. Tal vez podremos ocultar nuestros pecados, pero nunca podremos liberarnos de la culpa, y ésta nos devorará por dentro.

Y la segunda cosa es aceptar la bondad de quien nos perdona. Quizás aún conservamos el miedo a un Dios severo y juez. Pero la Biblia nos recuerda una y otra vez que Dios no es así. Nuestro Dios es compasivo, siempre tiene la mano tendida para perdonar. Y a quien está sinceramente arrepentido, jamás le tiene en cuenta sus males y lo vuelve a amar. La imagen del padre del hijo pródigo es su vivo retrato. Decía un gran teólogo que Dios es tremendamente olvidadizo. No recuerda nuestros pecados para echárnoslos en cara. No conserva una memoria de agravios. Para Él, lo que importa es el corazón abierto, dispuesto a dar y recibir amor.

El salmo sigue desgranando en sus versos el gozo desbordante de quien se siente perdonado. “Me colmas con la alegría de la salvación”. Es salvado quien se sabe y se siente amado. Es salvado quien acepta el amor y quiere amar. Y quien es amado exulta y se regocija. El arrepentimiento sincero es el primer paso: el perdón es una fiesta.

viernes, 4 de junio de 2010

Tú eres un sacerdote para siempre

Salmo 109
El Eterno le dijo a mi señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies”.
Enviará el Eterno desde Sión la vara de tu poder: “Gobierna en medio de tus enemigos”.

Tu pueblo se ofrece voluntariamente en el día de tu poder, en adornos de santidad, desde el seno del alba.
Tuyo es el rocío de tu juventud. El Eterno ha jurado y no se arrepentirá: “Tú eres un sacerdote para siempre, como lo fue Melquisedec”.


El tono épico y hasta beligerante de este salmo nos puede sorprender. ¿Cómo leerlo hoy? ¿Qué sentido espiritual podemos encontrar en esas frases, más propias de un cantar de gesta que de una plegaria íntima? Cuando David escribió los salmos, sabía bien quiénes eran sus enemigos; las guerras y victorias a las que alude eran muy reales. Pero un himno contenido en un libro sagrado va mucho más allá que la historia que relatan sus versos.

¿Quiénes son, hoy, nuestros enemigos? ¿Qué batallas hemos de luchar? ¿Dónde y a quién hemos de gobernar? ¿Qué significa esa frase: “tú eres un sacerdote para siempre…”?

Si trasladamos el sentido más hondo del salmo a nuestra realidad de hoy, seguramente encontraremos respuestas y una analogía muy profunda.

Nuestro gran enemigo, siempre, ha sido el mal. El mal que se traduce, muchas veces, en la tentación de abandonar, en el cansancio, en la desesperanza; quizás en la desidia o en la indiferencia ante los problemas ajenos; o en el resentimiento, en las envidias o las iras incubadas y mal reprimidas; en la pereza mortal o en el egoísmo que nos enroca y nos hiela por dentro. Vencer a todos estos enemigos del alma supone una gran batalla interior. Una batalla que estamos llamados a vencer.

Siéntate a mi diestra”, nos dice Dios. Sentaos a mi lado, refugiaros junto a mí. Amparaos en mi fuerza, bebed de mi amor. Nosotros somos soldados muy débiles y cobardes ante las batallas del alma que se nos presentan. Pero, con Dios, lo tenemos todo. La victoria es nuestra si luchamos a su lado. Él nos dará el poder de gobernar nuestras tentaciones y flaquezas, de dominarlas y transformarlas en virtud. Él nos otorgará la fuerza para vencer el egoísmo y para remontar el abismo de la tristeza y la falta de entusiasmo. Él nos dará la sabiduría, la paciencia, el valor, la constancia. Nosotros sólo tenemos que poner una cosa: nuestro corazón, a todas, abierto y decidido, en sus manos.

Y en manos de Dios nos sentiremos rejuvenecer. “Tuyo es el rocío de tu juventud”. Sí: el que se atreve a combatir el mal contando con Dios crece y mantiene su alma siempre joven, siempre tierna, siempre abierta a la luz.

Y Él le hará “sacerdote”. ¿A qué se refiere? A ese sacerdocio de Cristo que compartimos todos los cristianos bautizados, por el hecho de formar parte de su cuerpo místico, la Iglesia. No el del orden sacerdotal, sino el sacerdocio común de todos aquellos que nos sabemos amados, bendecidos y enviados por Dios a una misión en este mundo. San Pedro en su carta habla de los cristianos como “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa…” haciendo alusión al Éxodo: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”. Nuestro sacerdocio consiste en hacer de nuestra vida diaria una ofrenda.