sábado, 5 de marzo de 2011

Sé la roca de mi refugio, Señor

Salmo 30
Sé la roca de mi refugio, Señor
A ti, Señor, me acojo; no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí; ven aprisa a librarme.
Sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame.
Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.

Es hermoso pronunciar las palabras de este salmo en momentos de duda, inquietud y temor. Es reconfortante saber que Dios nos sostiene siempre, como roca firme. Él nos ampara, nos protege y nos cuida. Nos infunde el valor que, muchas veces, nos falta.
Una de las críticas más frecuentes a la fe y a los creyentes es ese viejo argumento de que la religión no es más que una muleta, un soporte psicológico, un analgésico emocional para personas con psiquismo débil o impresionable. El concepto de religión “aspirina”, o muleta espiritual, está muy extendido. A éste se le contrapone la idea del hombre libre, autosuficiente, lleno de sí mismo, que se basta y que no necesita de un Dios que lo apoye y lo socorra. La desnuda intemperie del ateo se presenta como una opción valiente, razonable y mucho más madura que la confianza ilimitada del hombre de fe.
¿Es esto cierto? ¿Confiar solo en nosotros mismos significa la plenitud y la madurez espiritual del ser humano? Si miramos hacia nuestra propia vida con realismo, veremos que en nuestro interior laten deseos, pasiones,  sentimientos y proyectos quizás muy bellos, pero también descubriremos nuestra innegable y rotunda fragilidad. Ansiamos mucho más de lo que nuestro pequeño mundo interior puede ofrecernos. Nosotros no somos el infinito. No somos Dios. Pero, en cambio, nuestro corazón tiene sed de Él. San Agustín lo experimentó y lo plasmó como pocos en sus Confesiones. Nuestra realidad más profunda es ésta: somos pequeñas conchas que anhelamos llenarnos del mar entero.
Por eso el hombre realista y abierto a la trascendencia sabe que puede confiar muy poco en sus solas fuerzas y recurre a Dios. Nuestro espíritu reposa en él, pues su existencia arraiga en su mismo ser. Y Dios siempre está cercano, dispuesto a derramar su amor sobre nosotros. Confiar en él nos hace intrépidos y audaces, capaces de lo que quizás nunca llegamos a soñar. Quien se abandona en sus manos, verá horizontes insospechados a lo largo de su vida. Y no se dejará hundir cuando las dificultades lo amenacen y lo zarandeen. Nuestra fuerza nos viene de Él.

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