jueves, 29 de septiembre de 2011

La viña del Señor

Salmo 79
La viña del Señor es la casa de Israel.
Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río.
¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?
Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.
No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

La lectura de este salmo nos trae una serie de vigorosas imágenes simbólicas. Los mismos versos nos dan la clave del contexto histórico del pueblo de Israel cuando el salmista compuso este cántico. La vid es el pueblo elegido. Dios lo libera de la esclavitud, sacándolo de Egipto, y lo conduce hasta la Tierra Prometida. Allí, continúa el salmo, esta vid —el pueblo— se extiende, desde el Gran Río, el Jordán, hasta el mar.
Pero, ¿qué sucede años más tarde? Israel, tras un breve periodo de monarquía, ve cómo su reino sucumbe ante los invasores extranjeros. Su tierra es arrasada, Jerusalén destruida, sus habitantes deportados a Babilonia, cautivos. El salmo expresa el dolor del pueblo que, tras vivir el gozo de la promesa cumplida, experimenta luego la pérdida de todo aquello que recibió.
La viña saqueada es una imagen de la destrucción causada por la guerra y la invasión. Y el pueblo se pregunta el porqué. ¿Qué ha ocasionado tal devastación?
Los autores bíblicos buscaron explicaciones a cuanto les sucedía. Y  achacaron sus calamidades a la corrupción moral y al alejamiento de Dios. Hoy, podríamos reflexionar si buena parte de los problemas que afligen al mundo no son justamente causados por la falta de escrúpulos de muchas personas y su total indiferencia hacia Dios. Porque el rechazo a Dios conlleva, muy a menudo, el desprecio del hombre.
Pero a diferencia de hoy, en que muchos, incluso cristianos, pierden la fe o dudan de Dios, los israelitas jamás renegaron de su Señor. El salmo, que primero nos muestra una imagen desoladora del pueblo, continúa con estas invocaciones fervientes: Dios de los ejércitos, vuélvete,  restáuranos, sálvanos. Que tu rostro brille para nosotros, no nos des la espalda. A las peticiones, se añade una promesa de lealtad: “no nos alejaremos de ti”.
Aún podemos ahondar más en estos versos del salmo. Si los leemos a la luz del evangelio veremos que su significado es mucho más dramático e intenso. La viña puede ser imagen del mundo entero, y también de la Iglesia. Nacida como una pequeña vid, superando toda clase de obstáculos, se ha extendido por el mundo. Y, sin embargo, miramos a nuestro alrededor y vemos dolor, conflictos, muerte y violencia. En las mismas instituciones religiosas se libran auténticas guerras internas. ¿Por qué Dios permite esto? La respuesta la encontraremos en el evangelio de hoy, donde Jesús recoge el tema de este salmo para explicar una parábola tremenda: la del amo de la viña, los viñadores y su hijo. Dios no abandona su viña: tanto la ama, que envía a su propio Hijo a cuidarla. Pero son los viñadores —nosotros, los humanos—, los que traicionan la confianza de su señor, la devastan y matan al Hijo. Hoy, muchos ignoran, pisotean la Iglesia y quisieran matar a Dios.
¿Qué hacer? Muchos buscamos respuestas y soluciones. Quizás la primera, y la mejor respuesta, se encuentre implícita en los versos de este salmo. Necesitamos a Dios. Necesitamos su cercanía, su rostro brillando para nosotros. Necesitamos contar con Él. En realidad, Dios nunca ha querido alejarse. Somos nosotros quienes necesitamos abrir nuestro corazón, nuestra mente, nuestro espíritu, y caminar con Él. Nos salvará una profunda y sincera conversión.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9
Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

De nuevo nos encontramos en este salmo con esa petición constante que apela a la misericordia de Dios. Todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, necesitamos comprensión y compasión. Necesitamos que alguien nos perdone y olvide —olvide de verdad— nuestros errores y nos dé la oportunidad de empezar de nuevo.
Esta misericordia, esta capacidad inagotable para perdonar y olvidar, es propia de Dios. Porque los humanos, ¡somos tan rencorosos! En nuestro afán de justicia, no hacemos más que llevar las cuentas del mal, de los demás y a veces también del propio. Y así vivimos abrumados por la culpa. Presumimos de ser justos, y en realidad somos jueces implacables y castigadores.
Dios es justo de otra manera. Su justicia es esta magnanimidad asombrosa que a veces nos sorprende y nos cuesta de creer. Su rectitud es bondad, es comprensión con nosotros, es perdón total de nuestras faltas. Como decía un teólogo,  Dios es tremendamente olvidadizo.
Pero Dios no sólo nos limpia del mal cometido. No sólo es compasivo, sino que también es maestro. Nos enseña, de la mejor manera posible: acompañándonos en nuestro camino, mostrándonos cómo es él para que aprendamos a actuar a imitación suya. Los humanos no somos todopoderosos, como Dios, pero sí podemos semejarnos a nuestro Padre en el amor y en la compasión. Él nos ha dado un alma grande, capaz de hacerlo.
Finalmente, el salmo nos habla de la humildad. La verdadera humildad que, como decía santa Teresa, es la verdad. La verdad sobre nosotros mismos, la realidad de nuestro ser y nuestras circunstancias. Quien es humilde sabe ver sus límites y sus alcances. Y coloca las cosas en su justo lugar. Quien es humilde tiene el espíritu dócil y abierto y puede dejarse enseñar, guiar y amar. Está preparado para que Dios entre en su vida y camine a su lado.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Cerca está el Señor de los que le invocan

Salmo 144
Cerca está el Señor de los que le invocan.
Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de todos los que le invocan, de los que lo invocan sinceramente.

De nuevo los versos del salmo 144 nos recuerdan algo que muchas veces olvidamos. Y es que ese Dios en el que creemos, ese Dios grande, todopoderoso, inalcanzable en su misterio, es también un ser cercano.
Nuestro Dios no es una energía temible y grandiosa, una fuerza cósmica o una imagen ficticia para expresar lo inefable. Es eso y mucho más. Pero, al mismo tiempo, Dios es alguien. Alguien a quien podemos hablar. Incluso podemos discutir, quejarnos, pelearnos con él. Es alguien que, no lo dudemos, nos ama y está esperando, como un amante mendigo, nuestro amor.
Ese Dios inabarcable y a la vez próximo es nuestro Dios: el que nos reveló Jesús. Ya los antiguos hebreos intuían que la misericordia y la bondad eran más propias de él que la cólera y la arrogancia, atributos muy corrientes en los dioses de otras religiones.
El salmo repite e insiste en tres verbos, que marcan el diálogo del poeta con el Señor: invocar, bendecir, alabar. Llama a Dios, porque necesita de su apoyo. Y, cuando percibe su cercanía, lleno de paz, de alegría, prorrumpe en alabanzas y bendiciones.
Qué importante es cuidar las palabras que salen de nuestra boca. Los psicólogos y los estudiosos de la conducta humana nos dicen, y está demostrado, que lo que decimos modela nuestro pensamiento y, a la larga, también nuestra vida. ¿Cuántas palabras de alabanza, de bien-decir, salen de nuestros labios? ¿Qué clase de palabras dirigimos a Dios? ¿Perdemos demasiado tiempo en hablar mal, en criticar, o en maltratarnos a nosotros mismos y a los demás con nuestra lengua viperina? No nos extrañe, si es así, que nuestras vidas se arrastren entre la mediocridad, la frustración y el resentimiento. ¡Y estamos llamados a caminar, erguidos, con los pies en la tierra, pero con la vista puesta muy alto!
Aprendamos a usar palabras buenas: palabras de elogio, de benevolencia, de vida. Si nos cuesta, guardemos al menos silencio y aprendamos a escuchar. Una buena manera es comenzar dirigiéndonos a Dios con el corazón sincero. Quizás, abrumados por nuestros problemas, nuestra primera plegaria sea quejumbrosa y amarga. Pero a medida que experimentemos su cercanía y nuestros ojos vayan viendo con mayor claridad —con la claridad del alma— nos percataremos de su enorme ternura y amor, de su escucha, de su presencia. Y, poco a poco, las bendiciones llenarán nuestra boca. Ojalá aprendamos a vivir una vida marcada por esas palabras de bendición y a alabanza. 

sábado, 10 de septiembre de 2011

El Señor es compasivo

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.
Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.

Este es uno de los salmos más leídos y conocidos. Nos presenta uno de los mayores atributos de Dios: compasivo, misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia.
A la hora de explicar estas cualidades a los niños de la catequesis, o incluso a un oyente contemporáneo, para quien la palabra “misericordia” suena arcaica y con algunas connotaciones quizás un poco despectivas, les hablo de Dios como de una madre. Una madre cariñosa, amante, que acoge a sus niños en su seno, los mima, los acaricia y los mira con amor. Una madre siempre perdona, siempre comprende. Nunca deja de amar.
Este es, quizás, el sentido más genuino de la palabra “misericordia”, que quiere decir “de corazón tierno, que se conmueve”. Dios, como dice el salmo, siente ternura por sus fieles.
Los textos de la Biblia a menudo nos sorprenden con imágenes un tanto épicas de Dios. Nos muestran un ser grandioso y algo lejano, que asusta e impone con su poder. En cambio, en los salmos, que son plegaria, vemos a un Dios muy cercano, con el que podemos hablar y en el que podemos confiar.
Entre otras características de este Dios está la capacidad de perdonar sin límites. ¡Algo que tanto nos cuesta a los humanos! Dice el salmo que Dios “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”. Meditemos a fondo esta frase. ¡Dice algo inmenso! Solemos oír que “donde las dan las toman”, “quien siembra vientos, recoge tempestades”, “tal harás, tal hallarás”. Es decir, en nuestra mentalidad humana, la persona encuentra lo que se merece y recoge el fruto de su esfuerzo o de su maldad. ¡Le está bien merecido!, solemos decir, cuando nos enteramos de que alguien de conducta dudosa sufre una desgracia o un castigo.
Dios no es así. Si nos viéramos cada cual como realmente somos..., cuántas telarañas cría nuestra alma, cuántos pequeños delitos, faltas y malicias abrigamos en nuestro interior, nos daríamos cuenta de que también nosotros merecemos unas cuantas lecciones. La vida se encargará de dárnoslas, pero Dios no. Cada uno de nuestros actos tiene consecuencias, y los hombres no nos perdonarán. La justicia humana nos hará pagar hasta el último céntimo, nos recuerda Jesús. Dios no. Dios, en un acto de tremenda liberalidad, nos va a perdonar sin acordarse de una sola de nuestras faltas, abrazándonos con amor, en el mismo momento en que nos volvamos sinceramente hacia él. Como el padre del hijo pródigo, sólo espera ese pequeño gesto, ese paso de vuelta, el regreso. La fidelidad que nos pide es esta: no dejemos de volver a él. No le olvidemos. ¡Contemos con él en nuestra vida! Aceptemos su amor. Y él lo derramará sobre nosotros a manos llenas. Y nos dará la ansiada paz, porque nada hay que limpie mejor las culpas que su amor incondicional.

viernes, 2 de septiembre de 2011

No endurezcáis el corazón

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándole con cantos.
Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

Qué fácil es creer en Dios cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe y todo parece marchar sobre ruedas. En cambio, cuando nos abruman los problemas y nos sentimos acosados por todas partes, la fe flaquea y es entonces cuando clamamos: ¿Dónde está Dios?
Este clamor es lo que el salmo llama “poner a prueba a Dios”. Parece que bajo el nubarrón de las dificultades olvidamos rápidamente que por encima luce siempre el sol; que una tempestad no puede borrar cientos de días de luz; que un bache no es todo el camino. Muchos dicen que “Dios nos pone a prueba”, como si fuera un amo autoritario que quiere castigar o jugar con la capacidad de resistencia de sus criaturas. ¡Qué lejos del Dios de Jesús, del Dios misericordioso que el Evangelio nos va desvelando!
La dureza del corazón va a menudo acompañada de la estrechez de mente. Si pusiéramos en una balanza lo que Dios nos da a un lado y las dificultades que sufrimos al otro, nos daríamos cuenta de que el fiel siempre se inclina del lado de Dios. Solamente la vida, el don de existir, pesa muchísimo más que todo el resto. Poder respirar, hablar, moverse; poder amar a alguien, poder recibir afecto, estos dones son tan inmensos que no deberíamos dejar que los golpes de la vida nos hicieran olvidarlos. O incluso despreciarlos. Lo mejor que tenemos lo hemos recibido gratis, sin merecerlo. Quizás por eso, porque estamos tan acostumbrados, ya no sabemos valorarlo. Hemos dejado de asombrarnos ante el milagro de estar vivos y despertarnos cada mañana. El universo creado ha dejado de maravillarnos. La otra persona, la que tengo ahí, cerca, ha dejado de conmovernos. Ahí está la dureza de corazón, que se enquista y se pertrecha en la rutina y el hastío.
Por eso el salmista clama: “No endurezcáis vuestro corazón”. El corazón tierno es siempre joven, vibra y se admira. Sabe leer en los acontecimientos de la historia y sabe descubrir, detrás de cada día, la mano amorosa de ese Dios – Roca que nos sostiene y nos salva. El corazón vivo palpita y se desborda en alabanzas.