sábado, 29 de octubre de 2011

Guarda mi alma en la paz

Salmo 130
Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor.
Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad.
Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.
Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.

Si la paternidad ha sido tradicionalmente una imagen para describir a Dios, la maternidad no lo es menos. El Dios de Israel, que Jesús nos reveló como “papá”, cercano y bueno, es también maternal. Su amor es comparable a la ternura con que una madre mira a su pequeño, acurrucado en su regazo. Pero aún es mucho mayor.
Y así es como el salmo describe la paz. La paz interior, que tantos ansiamos, no se encuentra en las técnicas respiratorias ni ascéticas, ni en hundirse en nuestro abismo interno, ni en apartarse del mundo y buscar el mero silencio exterior. La paz está en dejarse mecer por ese amor tan grande que nos envuelve, como el de una madre.
“Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor”. Es a la vera de Dios, al calor de su regazo, donde hallamos la paz. Allí encontramos el amor incondicional que ansía nuestro espíritu hambriento. Allí encontramos el perdón, la comprensión, la alegría.
El evangelio de hoy nos recuerda que de nada sirve ser arrogante y querer ocupar el primer puesto. Aspirar a ser el primero es fuente de angustia y de guerra, interior y exterior. Es muy humano tener ambiciones, querer crecer, desarrollarse, aprender más, tener más, hacer más… Pero el hambre del alma es insaciable y solo se alivia cuando nos topamos con Dios. Buscar sustitutos es abocarnos a una carrera sin fin y a un combate sin tregua, con nosotros mismos y con los demás.
Debería bastarnos con recibir tanto amor de Dios y acogerlo. Sabernos amados sin límites no solo nos da paz, sino la lucidez necesaria para vernos tal como somos y ser auténticamente humildes, es decir, realistas.

Ese amor de Dios “acalla y modera” nuestros deseos. Porque, ¿qué son todos los bienes del mundo, todos los poderes, todas las experiencias, al lado de esa certeza de sabernos amados, infinitamente, desde antes de nuestro primer latido hasta más allá de la muerte?

viernes, 21 de octubre de 2011

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza

Salmo 17
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.

Cuántas veces se ha acusado al Cristianismo de ser una religión de débiles, un consuelo barato, un remedio para someter a los espíritus inseguros, cargándoles de miedo y de culpa. Ciertamente, para los creyentes, la fe en Dios es un consuelo, una fuente de fortaleza y de energía que nos anima en las horas más bajas.
Pero los versos de este salmo no reflejan miedo ni estrechez de corazón. Al contrario, exultan de alegría porque quien canta se siente fuerte, seguro, protegido y bendecido. Sobre todo, se siente amado.
El cantor del salmo reconoce la pequeñez humana. Quien pronuncia estos versos hace suya aquella frase de San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta.” Con Dios, el más débil y quebradizo se hace fuerte. Dios es una auténtica fortaleza, un baluarte, una roca que no falla.
A lo largo de la historia, y con el vertiginoso progreso técnico y científico que ha experimentado Occidente, los humanos nos hemos creído poderosos e invencibles. Liberarse de Dios era un paso más en la emancipación y madurez de la especie humana. Ya no necesitamos una fortaleza ni un escudo protector. Nos bastamos a nosotros mismos.
Los avatares de la historia y el existencialismo nos han mostrado, sin embargo, que la vida desarraigada de Dios se convierte en un absurdo abismal. Sin el apoyo de esa Roca somos hojas secas llevadas por el viento. Y el vacío y el azar nunca podrá saciar nuestra hambre de plenitud.
Volver a Dios, buscar su refugio, no es crearse un consuelo artificial. Sentirse amparado en Dios es la experiencia del que abre su corazón, su mente y su espíritu, y regresa a su verdadero hogar del hombre, el corazón del Padre. Quien recupera esas raíces profundas del ser, anclado en Dios, experimenta la protección, la bendición, y se ve imbuido de una fuerza que, paradójicamente, supera en mucho sus capacidades humanas, limitadas.
Las palabras de este salmo son una bella oración para pronunciar cada día, o cuando nos sentimos acosados por el miedo o las dificultades. ¡No desfallezcamos! Tenemos un Defensor al que nada, ni nadie, puede abatir.

sábado, 15 de octubre de 2011

Aclamad la gloria y el poder del Señor

Salmo 95

Aclamad la gloria y el poder del Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.
Porque es grande el Señor, y muy digno en alabanza, más temible que todos los dioses, pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo.
Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.
Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»

Las lecturas de este domingo nos llevan a una reflexión sobre la realeza, el poder y la grandeza humana y divina. En el evangelio, Jesús pronuncia esa frase rotunda, vigente en el paso del tiempo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
En este salmo se ve reflejada una honda convicción de los antiguos israelitas: el único rey, el único digno de alabanza, de gloria y adoración, es Dios. Él está por encima de reyes y de otros dioses —que son sólo “apariencia”—. Él es el único señor ante quien el hombre debe hincar su rodilla.
Muchos autores advierten una veta subversiva en el judaísmo, que se trasladó al cristianismo. Ambas religiones cuestionan el poder humano y su alcance, relativizan la autoridad de los reyes y los dirigentes terrenales y se remiten a un último poder: el de Dios.
En realidad, esto nos lleva a una visión realista y profunda de la condición humana: el salmista ataca la deificación, la apoteosis, el auto engrandecimiento de aquellos gobernantes y líderes que se divinizan a sí mismos y creen que el ser humano no tiene límites. 
Sin desatender nuestros deberes civiles, el salmo y el evangelio de hoy nos exhortan a no olvidar que, por encima de todo, está Dios. Y él “gobierna a los pueblos rectamente”. Desde la visión cristiana, podríamos decir que cuando las sociedades se rigen por la ley de Dios, que es el amor, entonces se pueden dar unas condiciones de justicia y de paz que favorecen el desarrollo de la persona. No se trata de que las instituciones religiosas interfieran en el gobierno, sino de que éste tenga en cuenta sus límites, respete la libertad sagrada de cada cual y fomente aquellos valores que contribuyen a la dignidad y a la plenitud de toda persona, sin distinción.

sábado, 8 de octubre de 2011

 Salmo 22
El Señor es mi pastor, nada me falta.
El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Para el pueblo de Israel, de origen nómada, la imagen de un pastor es muy expresiva: el pastor cuida de las ovejas, las lleva a buenos pastos, las defiende del peligro y ellas están seguras. Es una imagen que asociaron a Dios y, posteriormente, a sus reyes y gobernantes.
El pastoreo de Dios no es una autoridad opresiva, sino un cuidado amoroso. Estamos muy lejos de esa imagen arcaica y oscurantista de la religión, que ve la fe como un instrumento de represión que se vale del miedo. Al contrario, la fe en Dios nos da coraje, ánimo, alegría. Dice el salmista que la bondad y misericordia acompañan al que se deja guiar por él, todos los días de su vida.
Habitar en la casa del Señor es otra imagen hermosa y entrañable: no se trata de una mansión física, sino del mismo corazón de Dios. Habitar en su casa es vivir en su presencia, caminar bajo su mirada, contar con él en todo momento. “Casa” denota hogar, calidez, familiaridad. El Dios que Israel fue descubriendo a lo largo de su historia no era un ídolo lejano, caprichoso e insensible a las necesidades humanas. Era el Dios compasivo, amable y bueno, cuya imagen se aproximaba mucho al Dios Padre de Jesús de Nazaret.
Recitar los versos de este salmo con calma, conscientes de cuanto dicen, nos aporta paz interior, serenidad y valor. Dios nos guía hacia lo que realmente anhelamos. Como decía un sacerdote, ¿cuándo nos convenceremos de que Dios está empeñado, mucho más que nosotros, en que seamos felices?
Dejémonos guiar por él. Confiemos en él. Y la copa de nuestra vida rebosará.