jueves, 21 de junio de 2012

Me has escogido portentosamente

Salmo 138, 1-3. 13-14. 15 (R.: 14a)
Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.
Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares.
Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma.
No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.

Este salmo nos presenta a un Dios profundamente personal e íntimo. Los verbos utilizados son significativos: conoce, crea, teje, penetra hasta el interior del pensamiento del hombre. Su relación con él es de amigo íntimo, de madre, de creador. El poeta insiste en el verbo conocer. ¿Quién puede conocer mejor al hijo que la madre que lo ha engendrado? ¿Quién puede conocer mejor la obra que el artista que la diseñó?
Esta proximidad de Dios es entrañable. Dios no es un ser todopoderoso y distante, ajeno al destino humano. Se preocupa por cada una de sus criaturas. La ama. Como dirá Jesús en el evangelio, hasta el último de sus cabellos está contado; hasta la última de sus lágrimas le pesa en el corazón.
Este es el Dios en que creemos. Un Dios que no solo nos ha creado y nos ama, sino que nos ha escogido. El salmista dice: “me has escogido portentosamente”, y con esta simple frase resume todo cuanto significa una vocación. Es un salmo apropiado para la fiesta de San Juan, el último y el mayor de los profetas de Israel.
Es Dios quien escoge. La iniciativa siempre es suya. Y lo hace portentosamente porque no se fija en los méritos de la persona. Nadie “merece” ser llamado por su esfuerzo o por sus cualidades. Ni siquiera por su cumplimiento al pie de la letra de los mandamientos, o de las leyes morales. Esa elección es portentosa porque jamás seremos dignos del regalo tan grande que Dios quiere brindarnos: la llamada a ser colaboradores suyos, compañeros, co-artífices de su Reino.
Ser cooperantes de Dios. ¿Quién puede aspirar a un honor tan grande? ¿Quién puede decir que es un premio merecido? Nadie. Pero, al mismo tiempo, todos podemos ser elegidos. ¿Por qué unos sí y otros no?
El salmista dice que Dios conoce el fondo del alma de cada cual. Conoce sus deseos y aspiraciones profundas y sabe quién está abierto, maduro y preparado para recibir esa llamada. Podemos no merecer ser ayudantes de Dios, pero tal vez sí lo deseamos, con todas nuestras fuerzas.  Quizás tenemos esa audacia ingenua del niño que, aún sabiéndose pequeño, le dice a su padre o a su madre: ¡quiero ayudarte! Es un atrevimiento movido por el deseo y por el amor, por la certeza de ser amado, por la alegría y el agradecimiento. Cuántas veces hemos visto a niños pequeños empeñándose en ayudar a sus padres en sus tareas. Para ellos, aunque sean torpes e ignoren muchas cosas, ayudar un poquito, aunque sea en algo sencillo, ya es motivo de alegría y satisfacción.
Con Dios, todos somos así. Somos niños que ayudamos; la gran obra, en realidad, la hace él. Ser elegidos, ser llamados, es un milagro, fuente de alegría exultante. Después de la existencia, la vocación es el mayor regalo.

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