sábado, 7 de julio de 2012

A ti levanto mis ojos


Salmo 122

Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.

Hay una canción tradicional de nuestra liturgia que canta los versos de este salmo, tomando como estribillo el primero: «A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. A ti levanto mis ojos porque espero tu misericordia».

Es una canción de súplica, que brota de labios del hombre cansado, abatido, esclavizado. El salmo repite la palabra “esclavo”, y en él se da un movimiento ascendente. Desde la profundidad del abismo, cuando el hombre ha tocado fondo y ya no puede descender más, entonces es cuando lo único que le queda es alzar los ojos al cielo.

Clavamos los ojos en el cielo porque esperamos auxilio y compasión. Lo peor que puede sucedernos no es tanto vivir abrumados por los problemas, sino sentirnos solos. La soledad, el sentimiento de desamparo, nos impulsa a pedir ayuda. Y cuando parece que el mundo no responde, solo nos queda volvernos a Dios.

Decía un sabio: «Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo». Es en esos momentos de soledad y miseria cuando podemos acercarnos más que nunca al que nos ama y no nos abandona jamás. Para muchos, las tribulaciones son motivo para perder la fe. Para otros, en cambio, el sufrimiento es un camino que los acerca a Dios.

¿Por qué es así? Quienes se alejan de Dios por el dolor acaso piensan que Él es culpable de todo cuanto les sucede, como si fuera un señor tiránico que juega con sus criaturas a su capricho. O piensan que Dios está lejos y es indiferente a sus dificultades. O bien, como tantas personas, deciden que Dios no existe y no vale la pena acordarse de él. El hombre es arrojado a su destino, por el azar o la necesidad, y debe afrontar a solas su tragedia existencial.

En cambio, quienes se acercan a Dios a través del dolor lo hacen a través de la humildad. Han comprendido que el hombre no es todopoderoso, pero sí libre, y que el mal es una consecuencia de sus decisiones. No culpan a Dios, reconocen la propia responsabilidad en el mal, y sufren las consecuencias de los propios fallos. Pero reconocer esta fragilidad no los lleva a la desesperación. Como San Pablo, descubren que en su debilidad está su fuerza porque cuentan con una ayuda, un apoyo extraordinario que supera toda flaqueza humana. La misericordia, como reza otro salmo, borra todas las culpas y permite empezar de nuevo. Cuando parece que no pueden más, reciben una fuerza interior enorme que les hace sonreír ante la tormenta y tomar las riendas para seguir caminando.  «Todo lo puedo en Aquel que me conforta», decía San Pablo. En él, lo podemos todo.

El salmo habla también del desprecio y el sarcasmo de los orgullosos, de los autosuficientes que, en su riqueza, se burlan del pobre y del débil. Podemos leer estos versos en un plano social y material: los ricos se regodean en su fortuna y desprecian a los pobres. Pero también en un plano espiritual: el hombre que cree no necesitar a Dios a menudo es arrogante y desprecia a quien se siente débil y busca ayuda en lo alto. Muchos ateos muestran conmiseración hacia los creyentes, a quienes consideran almas débiles que buscan consuelos ilusorios. La autosuficiencia espiritual puede ser fruto del orgullo, del creerse tal vez superior, semejante a un dios. Quizás mientras las cosas le van bien podrá envanecerse en su pedestal; el día que la vida lo someta a pruebas tal vez comprenderá mejor a los que sufren, vislumbrará su verdadera medida humana, sus límites, y verá la necesidad de elevar los ojos al cielo. 

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