sábado, 14 de diciembre de 2013

El Señor mantiene su fidelidad

Salmo 145

Ven, Señor, a salvarnos
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Salmo de súplica y alabanza a la vez, este cántico nos muestra por un lado cómo es Dios y, por otro, cómo podemos llegar a ser los humanos.

Para muchos descreídos, no es más que una oración de consuelo para quienes sufren. El canto de un pueblo tantas veces sometido resuena como eco en las vidas maltratadas por la desgracia, el hambre, la pérdida o los daños provocados por otros. El ateísmo ve en la fe un opio, una droga dulce que amansa a los oprimidos y los hace resignarse en su desgracia, con la esperanza vana de un Dios que vendrá a rescatarlos y a solucionar sus problemas.

Pero la fe no es una pastilla, un consuelo o una certeza barata. En la Biblia, la fe es, antes que nada, la fidelidad de Dios. ¿Por qué el hombre puede confiar? Porque Dios es fiel y no falla. A partir de aquí, el hombre puede responder o no a esa lealtad divina, depositando en Dios su confianza. La fe, por tanto, no es un antídoto contra la inseguridad, sino el don de un encuentro. Es llamada por parte de Dios y respuesta por parte del ser humano.

Este encuentro es profundamente gozoso y liberador. Para expresar una vivencia espiritual así hay que recurrir a la poesía, pues el lenguaje racional es insuficiente. Los salmos, en buena parte, son fruto de experiencias místicas de profunda liberación interior. Brotan de la consciencia de que Dios, verdaderamente, salva.

¿De qué salva? En el fondo, todas las esclavitudes, más allá del mal físico, son consecuencias de la falta de amor o de una desorientación de este. La ceguera de la obstinación, la cojera del miedo, la cautividad del egoísmo, la senda tortuosa del que maquina contra los demás… Todo esto son torceduras y heridas en la bella creación de Dios y en su criatura predilecta: el ser humano. Pero Dios, que no nos deja abandonados al azar, tampoco se resigna a vernos sufrir el cautiverio y siempre tiende una mano para salvarnos. Dios guarda a los peregrinos que somos todos en el camino de la vida.

Con su amor y su predilección por los más débiles, Dios no sólo nos muestra su corazón de madre, sino también la parte más tierna, profunda y arraigada en la naturaleza humana. Dios actúa en el mundo por medio de nosotros. Sí, los hombres podemos ser crueles y perversos, pero también existe en nosotros la semilla del bien, de la misericordia, de la solidaridad. Trigo y cizaña crecen juntos hasta la siega… ¿Qué mies vamos a regar y a cultivar para que crezca más fuerte en nuestro corazón? Adviento es una buena época para reflexionar sobre esto.

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