viernes, 13 de junio de 2014

A ti gloria y alabanza

Del libro de Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56

A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres; a ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito tu nombre santo y glorioso; a él gloria y alabanza por los siglos.
A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria.
A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres sobre el trono de tu reino.
A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos.
A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres en la bóveda del cielo.
A ti gloria y alabanza por los siglos.

Este cántico de hoy forma parte del libro profético de Daniel. Los versos lanzan bendiciones a Dios y el estribillo responde, una y otra vez: ¡a ti gloria y alabanza!

Es fácil rezar pidiendo cosas a Dios. Es fácil decir que hablamos con él… y, en realidad, reducir nuestra plegaria a una serie de lamentos, desahogos y súplicas. Es fácil buscar consuelo rezando y llenar nuestra oración de angustia y deseos.

Pero hay una oración más luminosa, más alta, más alegre: la de alabanza. Este poema es una muestra. Cuando el alma canta a Dios, no hay palabras. Y la repetición entusiasta es lo que quizás expresa mejor el gozo del corazón. ¡Bendito eres, bendito eres, bendito eres!

¿De dónde surge la alabanza, cuando en nuestra vida diaria tenemos tantos problemas? La alabanza surge, paradójicamente, de la oración bien hecha. Cuando rezamos de verdad, aquietando el corazón, abandonándonos en Dios, aprendemos a contemplar la vida desde una cierta altura. Miramos nuestra existencia, miramos el mundo, consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros… y entonces no nos queda otra que exclamar, admirados y agradecidos, ¡qué bien lo ha hecho Dios! ¡Cuántas maravillas, cuántos dones nos ha dado! Un solo día de vida vale más que todas nuestras dificultades. El soplo de Dios nos sostiene en la existencia, ¿cómo no vamos a estar agradecidos?


Dios, por necesitar, no necesita nuestros elogios. Pero ¡qué agradables le resultan nuestras alabanzas! Debe sentirse, un poco, como una madre ante sus pequeños que, alegres, la alaban y la piropean con fervor porque se sienten amados y felices por ella. ¡Qué pequeñas y a la vez qué hermosas le deben resultar a Dios nuestras alabanzas! Balbuceos de cielo, torpes, siempre insuficientes, pero gratos a sus oídos. Y, como decía el Rabí Nachman de Breslau, cuando sabemos alabar a Dios incluso en medio de las crisis, él reacciona de inmediato. ¿Esto te parece bueno? ¡Ahora te enseñaré qué es el Bien!

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