viernes, 26 de septiembre de 2014

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


De nuevo nos encontramos en este salmo con esa petición constante que apela a la misericordia de Dios. Todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, necesitamos comprensión y compasión. Necesitamos que alguien nos perdone y olvide —olvide de verdad— nuestros errores y nos dé la oportunidad de empezar de nuevo.

Esta misericordia, esta capacidad inagotable para perdonar y olvidar, es propia de Dios. Porque los humanos ¡somos tan rencorosos! En nuestro afán de justicia no hacemos más que llevar las cuentas del mal, de los demás y a veces también del propio. Y así vivimos abrumados por la culpa. Presumimos de ser justos y, en realidad, somos jueces implacables y castigadores.

Dios es justo de otra manera. Su justicia es esta magnanimidad asombrosa que a veces nos sorprende y nos cuesta de creer. Su rectitud es bondad, es comprensión con nosotros, es perdón total de nuestras faltas. Como decía un teólogo,  Dios es tremendamente olvidadizo.

Pero Dios no sólo nos limpia del mal cometido. No sólo es compasivo, sino que también es maestro. Nos enseña de la mejor manera posible: acompañándonos en nuestro camino, mostrándonos cómo es él para que aprendamos a actuar a imitación suya. Los humanos no somos todopoderosos, como Dios, pero sí podemos semejarnos a nuestro Padre en el amor y en la compasión. Él nos ha dado un alma grande, capaz de hacerlo.


Finalmente, el salmo nos habla de la humildad. La verdadera humildad, como decía santa Teresa, es la verdad. La verdad sobre nosotros mismos, la realidad de nuestro ser y nuestras circunstancias. Quien es humilde sabe ver sus límites y sus alcances. Y coloca las cosas en su justo lugar. Quien es humilde tiene el espíritu dócil y abierto y puede dejarse enseñar, guiar y amar. Está preparado para que Dios entre en su vida y camine a su lado. 

jueves, 18 de septiembre de 2014

El Señor está cerca...

Salmo 144

Cerca está el Señor de los que le invocan.

Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de todos los que le invocan, de los que lo invocan sinceramente.


De nuevo los versos del salmo 144 nos recuerdan algo que muchas veces olvidamos. Y es que ese Dios en el que creemos, ese Dios grande, todopoderoso, inalcanzable en su misterio, es también un ser cercano.

Nuestro Dios no es una energía temible y grandiosa, una fuerza cósmica o una imagen ficticia para expresar lo inefable. Es eso y mucho más. Pero, al mismo tiempo, Dios es alguien. Alguien a quien podemos hablar. Incluso podemos discutir, quejarnos, pelearnos con él. Es alguien que, no lo dudemos, nos ama y está esperando, como un amante mendigo, nuestro amor.

Ese Dios inabarcable y a la vez próximo es nuestro Dios: el que nos reveló Jesús. Ya los antiguos hebreos intuían que la misericordia y la bondad eran más propias de él que la cólera y la arrogancia, atributos muy corrientes en los dioses de otras religiones.

El salmo repite e insiste en tres verbos, que marcan el diálogo del poeta con el Señor: invocar, bendecir, alabar. Llama a Dios, porque necesita de su apoyo. Y, cuando percibe su cercanía, lleno de paz, de alegría, prorrumpe en alabanzas y bendiciones.

Qué importante es cuidar las palabras que salen de nuestra boca. Los psicólogos y los estudiosos de la conducta humana nos dicen, y está demostrado, que lo que decimos modela nuestro pensamiento y, a la larga, también nuestra vida. ¿Cuántas palabras de alabanza, de bien-decir, salen de nuestros labios? ¿Qué clase de palabras dirigimos a Dios? ¿Perdemos demasiado tiempo en hablar mal, en criticar, o en maltratarnos a nosotros mismos y a los demás con nuestra lengua viperina? No nos extrañe, si es así, que nuestras vidas se arrastren entre la mediocridad, la frustración y el resentimiento. ¡Y estamos llamados a caminar, erguidos, con los pies en la tierra, pero con la vista puesta muy alto!


Aprendamos a usar palabras buenas: palabras de elogio, de benevolencia, de vida. Si nos cuesta, guardemos al menos silencio y aprendamos a escuchar. Una buena manera es comenzar dirigiéndonos a Dios con el corazón sincero. Quizás, abrumados por nuestros problemas, nuestra primera plegaria sea quejumbrosa y amarga. Pero a medida que experimentemos su cercanía y nuestros ojos vayan viendo con mayor claridad —con la claridad del alma— nos percataremos de su enorme ternura y amor, de su escucha, de su presencia. Y, poco a poco, las bendiciones llenarán nuestra boca. Ojalá aprendamos a vivir una vida marcada por esas palabras de bendición y a alabanza.  

sábado, 13 de septiembre de 2014

No olvidéis las acciones del Señor

Salmo 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38 (R.: cf. 7b)

R. No olvidéis las acciones del Señor.

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza, inclina el oído a las palabras de mi boca: que voy a abrir mi boca a las sentencias, para que broten los enigmas del pasado. 

Cuando los hacía morir, lo buscaban, y madrugaban para volverse hacia Dios; se acordaban de que Dios era su roca, el Dios Altísimo su redentor. 

Lo adulaban con sus bocas, pero sus lenguas mentían: su corazón no era sincero con él, ni eran fieles a su alianza.

Él, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: una y otra vez reprimió su cólera, y no despertaba todo su furor. 


El Antiguo Testamento, a veces, nos da una imagen de Dios terrible y majestuoso, que provoca respeto y pavor. Pero otras veces nos revela el rostro de un Dios lleno de misericordia, maternal y entrañable, que ama sin condiciones y se conmueve ante sus hijos. Este Dios compasivo y tierno, el que Jesús también nos reveló, es el que asoma entre los versos de este salmo.

Por un lado, el salmo invita a escuchar, la gran actitud del santo, la primera y la esencial: escucha, pueblo mío, mi enseñanza. El hombre tiene necesidad de saber y en él se despiertan muchos interrogantes. Hallará respuestas si sabe hacer silencio y escuchar. Entonces los enigmas del pasado y del futuro, y también los de la vida presente, serán aclarados. El sentido de la vida se encuentra cuando se abandona el orgullo y el ruido interior y se adopta una actitud humilde, abierta, de atención y escucha.

El salmo también habla de los que claman al cielo con palabras vanas: lo adulaban con sus bocas, pero sus lenguas mentían. Los autores bíblicos no callan ante la hipocresía ni la falsedad. No basta creer y alabar a Dios de boquilla, la fidelidad se muestra en la intención, en el corazón y en las obras reales de las personas.

Frente a la falsedad y la hipocresía humana, el salmista contrasta la actitud de Dios. Él sabe que los hombres pecan, fallan, son infieles y mienten. Él conoce nuestras debilidades y nuestros errores. Podemos engañarnos a nosotros mismos y pensar que aún engañaremos a los demás. Pero a Dios no es posible engañarlo. Y, sin embargo, él siente lástima y perdona. No se encoleriza ni castiga, sino que espera, paciente, nuestra conversión. Perdonaba la culpa y no los destruía, dice el salmo.

Cuántas veces nosotros nos convertimos en jueces de los demás, los condenamos y, si pudiéramos, los destruiríamos, o los inhabilitaríamos del todo. Dios no es así. Dios ama a todos, todos somos criaturas amadas salidas de su seno y a todos nos espera con amor, deseando que nuestro corazón responda a tanto don.


Hoy, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordamos la muestra más palpable y tremenda de este amor divino. Dios no solo no condena; es condenado por los hombres y acepta su muerte injusta y cruel. Clavado en la cruz, Jesús podría lanzar una última maldición ante aquellos que lo matan. Y no: lo único que hace es perdonarlos. Con ese amor tan inmenso Jesús ha derrotado a los dos grandes enemigos del hombre: el mal y la muerte.

viernes, 5 de septiembre de 2014

No endurezcáis el corazón

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándole con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.


Qué fácil es creer en Dios cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe y todo parece marchar sobre ruedas. En cambio, cuando nos abruman los problemas y nos sentimos acosados por todas partes, la fe flaquea y es entonces cuando clamamos: ¿Dónde está Dios?

Este clamor es lo que el salmo llama poner a prueba a Dios. Parece que bajo el nubarrón de las dificultades olvidamos rápidamente que por encima luce siempre el sol; que una tempestad no puede borrar cientos de días de luz; que un bache no es todo el camino. Muchos dicen que Dios nos somete a prueba, como si fuera un amo autoritario que quiere castigar o jugar con la capacidad de resistencia de sus criaturas. ¡Qué lejos del Dios de Jesús, del Dios misericordioso que el Evangelio nos va desvelando!

La dureza del corazón va a menudo acompañada de la estrechez de mente. Si pusiéramos en una balanza lo que Dios nos da a un lado y las dificultades que sufrimos al otro, nos daríamos cuenta de que el fiel siempre se inclina del lado de Dios. Solamente la vida, el don de existir, pesa muchísimo más que todo el resto. Poder respirar, hablar, moverse; poder amar a alguien, poder recibir afecto, estos dones son tan inmensos que no deberíamos dejar que los golpes de la vida nos hicieran olvidarlos o incluso despreciarlos. Lo mejor que tenemos lo hemos recibido gratis, sin merecerlo. Quizás por eso, porque estamos tan acostumbrados, ya no sabemos valorarlo. Hemos dejado de asombrarnos ante el milagro de estar vivos y despertarnos cada mañana. El universo creado ha dejado de maravillarnos. La otra persona, la que tengo ahí, cerca, ha dejado de conmoverme. Ahí está la dureza de corazón, que se enquista y se pertrecha en la rutina y el hastío.


Por eso el salmista clama: ¡No endurezcáis vuestro corazón! El corazón tierno es siempre joven, vibra y se admira. Sabe leer en los acontecimientos de la historia y sabe descubrir, detrás de cada día, la mano amorosa del Dios que nos sostiene y nos salva. El corazón vivo palpita y se desborda en alabanzas.