viernes, 9 de enero de 2015

El Señor bendice a su pueblo con la paz

Salmo 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.
El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.

El agua, en las mitologías antiguas de Oriente Medio, era el elemento primordial a partir del cual nacían los dioses y se originaba el mundo. También el Génesis recoge estas tradiciones cuando habla del viento de Dios aleteando sobre las aguas, antes de la creación.

Pero Dios es mucho más que el agua engendradora de vida. Dios está por encima de todas las criaturas del universo, ya sean estrellas, océanos o seres vivos. Cuando el salmista canta la voz tronante de Dios sobre las aguas está proclamando su superioridad y su gloria. De él, de su mano, surge todo cuanto existe. Él es el rey, el que crea y sostiene en la existencia todo cuanto podemos ver y estudiar.

Las cosas creadas son bellas pero ¿son conscientes de su maravilla? Solo el ser humano reflexiona, se pregunta y se admira ante la belleza del cosmos. La sensibilidad de su alma lo lleva a reconocer el aliento creador que anima el universo y hace brotar de sus labios un himno de alabanza. Es hermoso el mundo, ¡pero cuánto más hermoso será su artífice creador!

Y ¿qué tiene que ver esto con el estribillo del salmo? El Señor bendice a su pueblo con la paz. Paz, en hebreo, es una palabra muy rica que significa mucho más que tranquilidad o calma interior. Paz es abundancia, es prosperidad, es alegría, es gozo, es salud y plenitud. ¿Cómo alcanzar esta paz?

El salmo de hoy nos da una pista: reconocer la grandeza de Dios y expresar nuestra gratitud nos trae paz. Nos hace conscientes de cuántos dones recibimos, además de la propia existencia. ¡Tenemos tanto, sin hacer nada por merecerlo! ¿Qué Padre da tantos regalos a sus hijos, si no es por un inmenso, inabarcable amor?

Olvidemos las quejas y dejemos de enfocarnos en las carencias. Centremos nuestra atención en todo aquello de bueno que hemos recibido. Somos profundamente amados desde el primer momento en que existimos. ¡Seamos conscientes de ello! De esta experiencia brota la paz.

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