viernes, 29 de mayo de 2015

Su misericordia llena la tierra

Salmo 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.


El pueblo de Israel forjó su conciencia nacional sobre una roca: la firme convicción de ser un pueblo amado, elegido y predilecto de Dios. Saberse respaldado por ese Dios leal, a la vez poderoso y compasivo, señor de la vida y amo de la creación, dio a Israel una fuerza insólita que le permitió superar las catástrofes y los avatares de la historia hasta  el día de hoy.

Con Cristo, esa predilección de Dios se amplía. El pueblo escogido ya no es solo Israel, sino toda la humanidad. Todos estamos llamados a ser hijos amados, todos podemos invocar su protección y esperar su auxilio y su fuerza. Todos podemos exclamar, con el salmista, ¡dichosos nosotros, porque somos la heredad de Dios! Felices porque Dios nos escoge y nos ama. Alegrémonos porque somos la niña de sus ojos. Todos, sin excepción.

Más allá de una lectura nacionalista e histórica de estos versos, a la luz de Cristo podemos leer en ellos una vivencia mística: la experiencia del hombre que se siente profundamente amado y salvado por Dios. Salvado, ¿de qué? De la muerte, del hambre. Dios nos libra no solo de la muerte y el hambre física, sino de la muerte del espíritu, de una existencia gris y sin sentido, de la sed insaciable de plenitud que tiene el ser humano. Solo Dios puede colmarla. Lo único que necesita es nuestras manos y nuestra alma abierta para llenarnos.

Su misericordia llena la tierra, dice el salmo. Vemos cómo nuestro mundo sufre muchos males, incluso muchos acusan a un Dios que parece ausente o indiferente. Pero, en realidad, Dios está cerca, incluso en las realidades de mayor dolor y crueldad. Está allí, sufriendo con los que sufren, dando aliento con los que resisten y ayudan. De no ser por su amor, el mundo entero habría sucumbido hace mucho. 

El Papa Francisco ha decidido que el próximo año litúrgico sea el Año de la Misericordia. Es una ocasión magnífica para redescubrir este atributo de Dios que, en palabras del Papa, es más que una cualidad suya, es su forma de ser más genuina. Si hay algo que el Señor no puede resistir es nuestra súplica, nuestro llanto, nuestro corazón quebrantado. Nunca deja de mirarnos, como una madre tierna que contempla a sus retoños. Nunca se aleja de nosotros. El que nos ha creado y nos sostiene en la existencia no dejará que perezcamos, ¡somos parte de su familia! En esta fiesta de la Trinidad estamos llamados a renovar nuestra confianza y nuestra intimidad con él. 

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