sábado, 20 de junio de 2015

Eterna es su misericordia

Salmo 107 (106) 23-31

Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia.

Los que a la mar se hicieron en sus naves, llevando su negocio por las aguas, vieron las obras de Yahvé, sus maravillas en el mar.

Suscitó un viento de borrasca que entumeció las olas; subiendo hasta los cielos, bajando hasta el abismo. Bajo el peso del mal su alma se hundía, dando vuelcos, vacilando como un ebrio, tragada estaba toda su pericia.

Y hacia Yahvé gritaron en su apuro y él los sacó de sus angustias; a silencio redujo la borrasca, y las olas callaron.

Se alegraron de verlas amansarse y él los llevó hasta el puerto deseado.
¡Dad gracias al Señor por su amor, por sus prodigios con los hijos de Adán!

Las lecturas de hoy nos hablan de mares agitados y de tormentas. El mar tempestuoso siempre ha sido un gran símbolo de las turbulencias en la vida humana. Hoy más que nunca estas imágenes nos impactan, porque estamos en tiempos de crisis y vaivenes, incertezas, cambios y dificultades. El miedo a la pobreza, a la enfermedad, al dolor y a la muerte nos acosa. En algunos países sobrevivir es una proeza diaria; en otros, no sabemos qué nos depara el futuro y los pronósticos no son muy favorables… ¿Quién puede decir que no conoce la angustia y el pánico ante alguna de estas tormentas?

Leer este salmo nos hará ver que hace milenios los hombres atravesaban situaciones muy similares a los de hoy. Como estos marineros audaces, muchos se embarcaban en sus negocios y empresas, afrontando los riesgos del mar. Cuando la tempestad se desataba, cundía el pánico.

Podríamos decir que nuestra civilización contemporánea, tan confiada en sus logros y en su progreso, también está viviendo sus momentos de tormenta. El hombre se ha endiosado y ha creído que su poder no tenía límites. Ahora recoge las cenizas y el polvo de una carrera enloquecida. Cuando las cosas parecen derrumbarse de poco sirven el conocimiento y la experiencia. Adiós seguridades y orgullos: el arrogante se tambalea como un ebrio, dice el salmo, y toda su pericia de nada sirve.

¿Qué nos queda? Muchos, que no creen o dicen no creer en Dios, no tienen otro recurso que clamar al cielo. Aunque sea un grito incrédulo y desesperado. Otros recuperan la fe justo en medio de la borrasca. Otros esperan… o no esperan un milagro.

El salmo nos enseña que Dios no es indiferente. Dios no calla, no hace oídos sordos, no permanece inmóvil. El Señor que ha creado la naturaleza puede, si quiere, intervenir en cualquier momento a favor de sus hijos cuando claman a él. Dicen los teólogos que Dios no suele interferir en la evolución del mundo natural si no es necesario. Pero un grito angustiado basta para conmover su corazón y empujarlo a obrar. Nadie pide ayuda si no es porque ha tocado fondo y ha descendido hasta palpar la pequeñez y la fragilidad. Las experiencias de dolor, como dice el Papa Francisco, abren el corazón. Y por esa grieta de corazón quebrado puede entrar la luz…


Este es el prodigio: que el hombre deje intervenir a Dios. Que lo deje manejar la barca de su vida, que lo deje reinar y llevar las riendas. Quien así confía, tendrá motivos para maravillarse cada día. Pues Dios sabe más, y sabe qué necesitamos, qué nos conviene, que anhela nuestro corazón. Veremos prodigios, y grandes. Las olas se amansarán y nos llevará al puerto deseado. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario