viernes, 30 de enero de 2015

No endurezcáis el corazón

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándole con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.


Qué fácil es creer en Dios cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe y todo parece marchar sobre ruedas. En cambio, cuando nos abruman los problemas y nos sentimos acosados por todas partes, la fe flaquea y es entonces cuando clamamos: ¿Dónde está Dios?

Este clamor es lo que el salmo llama poner a prueba a Dios. Parece que bajo el nubarrón de las dificultades olvidamos rápidamente que por encima luce siempre el sol; que una tempestad no puede borrar cientos de días de luz; que un bache no es todo el camino. Muchos dicen que Dios nos somete a prueba, como si fuera un amo autoritario que quiere castigar o jugar con la capacidad de resistencia de sus criaturas. ¡Qué lejos del Dios de Jesús, del Dios misericordioso que el Evangelio nos va desvelando!

La dureza del corazón va a menudo acompañada de la estrechez de mente. Si pusiéramos en una balanza lo que Dios nos da a un lado y las dificultades que sufrimos al otro, nos daríamos cuenta de que el fiel siempre se inclina del lado de Dios. Solamente la vida, el don de existir, pesa muchísimo más que todo el resto. Poder respirar, hablar, moverse; poder amar a alguien, poder recibir afecto, estos dones son tan inmensos que no deberíamos dejar que los golpes de la vida nos hicieran olvidarlos o incluso despreciarlos. Lo mejor que tenemos lo hemos recibido gratis, sin merecerlo. Quizás por eso, porque estamos tan acostumbrados, ya no sabemos valorarlo. Hemos dejado de asombrarnos ante el milagro de estar vivos y despertarnos cada mañana. El universo creado ha dejado de maravillarnos. La otra persona, la que tengo ahí, cerca, ha dejado de conmoverme. Aquí está la dureza de corazón, que se enquista y se pertrecha en la rutina y el hastío.


Por eso el salmista clama: ¡No endurezcáis vuestro corazón! El corazón tierno es siempre joven, vibra y se admira. Sabe leer en los acontecimientos de la historia y sabe descubrir, detrás de cada día, la mano amorosa del Dios que nos sostiene y nos salva. El corazón vivo palpita y se desborda en alabanzas.

jueves, 22 de enero de 2015

Señor, enséñame tus caminos

Salmo 24

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


El camino como símbolo de la vida es una imagen muy frecuente en la literatura y en el lenguaje espiritual. Este camino tiene un inicio, nuestro nacimiento, y en él vamos con un equipaje que es nuestra herencia: genética, familiar, histórica, la educación que hemos recibido… Pero, aunque el inicio y el bagaje son algo que no elegimos, en el momento en que alcanzamos nuestro uso de razón somos muy libres para decidir hacia dónde debemos ir.

¿Hacia dónde voy? Es una pregunta que toda persona se hace en algún momento de su vida. Decidir nuestro destino se convierte en una cuestión crucial. Para muchos, esa meta, decidir hacia dónde dirigir sus pasos, es un dilema, un motivo de angustia, de interrogantes y dudas.

Encontrar nuestro propósito vital, saber para qué estamos en este mundo, se convierte para muchos en un largo trayecto, a veces lleno de giros, desvíos e incluso retrocesos. El camino puede dar muchas vueltas, pero lo importante es tener la meta clara.

Muchas personas tienen su vocación definida. Algunas saben muy bien lo que quieren desde jóvenes. A otras les cuesta más y otras se pasan la vida buscando y probando. En Occidente se estila mucho la noción del hombre hecho a sí mismo, que se va modelando como quiere y puede sacar todas las fuerzas de su interior.

Pero, ¿de dónde procede esta fuerza, ese potencial inmenso que tenemos adentro? ¿De dónde surgen nuestros talentos? Todo cuanto tenemos es un don que hemos recibido. Tener la humildad de reconocerlo, de admitir que no nos hemos dado la vida ni lo más valioso que tenemos, nos dará luz. Si sabemos hacer silencio y ahondar en nuestro yo profundo encontraremos la fuente de nuestro ser y de nuestro potencial. Y la misma fuente nos indicará el camino.

Dios es el gran maestro interior que nos muestra cómo es nuestra naturaleza profunda. Dios nos señala nuestra misión en la vida. Y esta misión no será un capricho suyo, sino aquello que, en el fondo, deseamos de corazón. ¿Quién nos conoce mejor que Aquel que nos ha creado?


Escuchar la llamada de Dios nos hará crecer a cada cual según como somos. Por eso el salmista suplica: ¡muéstrame tus caminos! Porque tus caminos son mis caminos, y mi plenitud es tu gloria, Señor. Pero para vislumbrar esta senda, como subraya el salmista, es necesaria mucha humildad. Solo el humilde abre sus oídos y su alma. Solo el humilde se deja enseñar y guiar. Solo el humilde confía. Y la confianza no lo defraudará. Dios es leal, ¡no falla!

viernes, 16 de enero de 2015

Aquí estoy para hacer tu voluntad

Salmo 39

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: “Aquí estoy”.  Como está escrito en mi libro, “para hacer tu voluntad”. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en mis entrañas.

He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios. Señor, tú lo sabes.

Este salmo expresa con maravillosa exactitud la vivencia mística de alguien que se ha sentido amado y llamado por Dios. Los versos nos relatan una progresión, que no es otra que el camino de todo hombre, de toda mujer, que tiene hambre de infinito y de plenitud.

«Yo esperaba con ansia…» El hombre es un buscador. Su hambre se convierte en grito, y ese grito de anhelo es el primer canto a Dios. Quererlo es ya creer en él.

«Tú no pides sacrificios…» ¡Este es nuestro Dios! Bien alejado de los ídolos míticos que exigen sudor, sangre y oro. Dios rechaza los cultos antiguos y los rituales expiatorios. No es esto lo que nos acerca a él. ¿Qué podemos ofrecerle? El salmista nos da la respuesta con abrumadora sencillez: «…entonces yo digo: Aquí estoy».

Aquí estoy. Palabras simples, breves y tremendas. Esta es la única respuesta que cabe dar ante la magnificencia de Dios. ¿Qué podemos ofrecer al que lo tiene todo, porque todo lo ha creado? Solo a nosotros mismos. Entregarse: esa es la mejor ofrenda y el mejor sacrificio.

Y esa entrega no es solo de palabra. Tampoco se queda en un mero sentimiento de bienestar y goce íntimo. Entregarse es darse en cuerpo, alma, mente y corazón. Se entrega quien es capaz de decir: «para hacer tu voluntad». Con cuánta ligereza pronunciamos esta frase, y cuánto nos rebelamos internamente cuando caemos en la cuenta de lo que significa. O nos resignamos... Ay, ¡hágase tu voluntad! O nos enfadamos. ¿Acaso Dios quiere que le obedezcamos sumisamente, quitándonos nuestro criterio y nuestra libertad?

El poeta continúa: «Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en mis entrañas». Esta frase hiere por su apasionamiento. Solo quien ama profundamente es capaz de pronunciarla con sinceridad. Cuando hay tanto amor, la voluntad del uno es la del otro —«el Padre y yo somos uno», dirá Jesús—. Lo único que me importa es que el otro sea feliz y poder amarlo; y la máxima felicidad del otro es, a su vez, amarme a mí y hacerme feliz. La voluntad de Dios es mi gozo. Mi voluntad es la suya. Llevo su ley —la ley es el amor, nos recordará también Jesús— grabada a fuego en mi interior.

Sí, el amor marca, el amor vincula, el amor une. Y esa unión no destruye, sino que engrandece y da una alegría inagotable.

Finalmente, después del encuentro y la unión, llega el momento de dar un paso más: la misión. No podemos guardar para nosotros aquello que hemos recibido tan generosamente. Quien se siente tan intensamente amado, no puede hacer menos que comunicarlo: esta es la primera misión del apóstol… y de todo cristiano: «He proclamado tu salvación […] No he cerrado los labios. Tú, Señor, lo sabes».

viernes, 9 de enero de 2015

El Señor bendice a su pueblo con la paz

Salmo 28

El Señor bendice a su pueblo con la paz.

Hijos de Dios, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales. La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica.
El Dios de la gloria ha tronado. En su templo un grito unánime: «¡Gloria!» El Señor se sienta por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno.

El agua, en las mitologías antiguas de Oriente Medio, era el elemento primordial a partir del cual nacían los dioses y se originaba el mundo. También el Génesis recoge estas tradiciones cuando habla del viento de Dios aleteando sobre las aguas, antes de la creación.

Pero Dios es mucho más que el agua engendradora de vida. Dios está por encima de todas las criaturas del universo, ya sean estrellas, océanos o seres vivos. Cuando el salmista canta la voz tronante de Dios sobre las aguas está proclamando su superioridad y su gloria. De él, de su mano, surge todo cuanto existe. Él es el rey, el que crea y sostiene en la existencia todo cuanto podemos ver y estudiar.

Las cosas creadas son bellas pero ¿son conscientes de su maravilla? Solo el ser humano reflexiona, se pregunta y se admira ante la belleza del cosmos. La sensibilidad de su alma lo lleva a reconocer el aliento creador que anima el universo y hace brotar de sus labios un himno de alabanza. Es hermoso el mundo, ¡pero cuánto más hermoso será su artífice creador!

Y ¿qué tiene que ver esto con el estribillo del salmo? El Señor bendice a su pueblo con la paz. Paz, en hebreo, es una palabra muy rica que significa mucho más que tranquilidad o calma interior. Paz es abundancia, es prosperidad, es alegría, es gozo, es salud y plenitud. ¿Cómo alcanzar esta paz?

El salmo de hoy nos da una pista: reconocer la grandeza de Dios y expresar nuestra gratitud nos trae paz. Nos hace conscientes de cuántos dones recibimos, además de la propia existencia. ¡Tenemos tanto, sin hacer nada por merecerlo! ¿Qué Padre da tantos regalos a sus hijos, si no es por un inmenso, inabarcable amor?

Olvidemos las quejas y dejemos de enfocarnos en las carencias. Centremos nuestra atención en todo aquello de bueno que hemos recibido. Somos profundamente amados desde el primer momento en que existimos. ¡Seamos conscientes de ello! De esta experiencia brota la paz.

viernes, 2 de enero de 2015

La palabra acampó entre nosotros

Salmo 147

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.

Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.

Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.


En tiempos de Navidad, los salmos nos recuerdan que el nacimiento de Jesús responde a una promesa muy antigua que el pueblo judío recoge en su tradición siglos antes de nuestra era.

La fe hebrea siempre se ha dirigido a un Dios cuyo rostro se vuelve hacia la humanidad. Un Dios que dialoga, que pide, que escucha, que actúa en favor de sus criaturas. Un Dios, en definitiva, que interviene, por amor, en los asuntos humanos. No es indiferente a cuanto sucede en el mundo.

¿Y de qué manera interviene Dios en la historia de la humanidad? El salmo lo expresa claramente.
Dice que Dios “ha reforzado los cerrojos de tus puertas”, es decir, protege y defiende a quienes lo aman. 

Continua el salmo: “ha bendecido a tus hijos…” Bendecir es una constante en Dios. Colma nuestros deseos, llena nuestra vida. Los versos siguientes hablan de esta abundancia: “Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina”. Dios es quien da la ansiada paz y quien nos proporciona cuanto necesitamos para vivir. No sólo lo justo, sino lo mejor de lo mejor: “flor de harina”. Lo más delicioso, lo más deseable, eso nos tiene reservado a quienes nos abrimos a su don.

Pero Dios no se limita a ayudar, proteger y conceder prosperidad. Hace algo aún más grande, porque con esto se pone a nuestra altura y nos eleva a la suya: Dios se comunica, habla con nosotros, nos transmite su palabra. “Él envía su mensaje a la tierra”.


Este verso anticipa el evangelio de Juan, con ese prólogo hermoso y profundo que nos habla del Dios que adopta un rostro y un cuerpo humano y viene a habitar entre nosotros.