sábado, 6 de febrero de 2016

Ante los ángeles tañeré para ti, Señor

Salmo 137, 1-8.

R/.
 Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. 
R/.

Daré gracias a tu nombre: 

por tu misericordia y tu lealtad, 

porque tu promesa supera a tu fama; 

cuando te invoqué, me escuchaste, 

acreciste el valor en mi alma. 
R/.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra, 

al escuchar el oráculo de tu boca; 

canten los caminos del Señor, 

porque la gloria del Señor es grande. 
R/.

Tu derecha me salva. 

El Señor completará sus favores conmigo: 

Señor, tu misericordia es eterna, 

no abandones la obra de tus manos. 
R/.


Muchos salmos nos hablan de la misericordia de Dios. «Tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos». Esta petición del salmista es, más que una súplica, una verdad: ¿cómo va Dios a abandonar la obra de sus manos? ¡Jamás lo hace! Su amor es fiel, leal e inquebrantable. Jamás se apaga, como jamás se apaga la luz del sol. Y su generosidad rebasa incluso las expectativas más osadas: «Tu promesa supera a tu fama».

Podemos pensar que las palabras del salmo son muy bonitas y exaltadas, pero que están lejos de nuestra experiencia. Nosotros pedimos, suplicamos, rezamos… y Dios parece que no responde, o tarda mucho, o quizás está demasiado ocupado para atender a nuestros ruegos. Nuestra vida se arrastra entre la mediocridad, los problemas y muchas incoherencias. Nuestros deseos no coinciden con la realidad que vivimos cada día, sentimos frustración y acabamos resignándonos o dudando de todo.

Pero la experiencia del salmista es muy real. ¿Quién llega a vivir la magnificencia de Dios? ¿Quién experimenta su generosidad, su protección, su aliento amoroso, cálido y cercano? ¡Quien se fía de él! Quien se ha atrevido a lanzarse en sus brazos. Quien lo ha dado todo y ha creído que la voluntad de Dios es la mejor. Quien se ha puesto en camino para seguir esta voluntad divina que no quiere mutilarnos ni forzarnos, que no quiere modelarnos conforme a un patrón, sino que quiere que florezcamos en nuestra plenitud.

Para fiarse hay que ser humilde. Es necesaria esa infancia espiritual de la mística Teresita de Lisieux: saber acurrucarse en el regazo de Dios, lleno de misericordia, de amor tierno de madre. Para fiarse, también, es necesaria la confianza. Y la confianza es enemiga del miedo y las razones dubitativas.

Cuando sabemos caminar con humildad y confianza experimentamos, como un milagro, esa certeza de la lealtad de Dios que acrecienta el valor en el alma y nos da fuerzas para superar cualquier obstáculo. Dios no quita las montañas de nuestra vida, pero nos da las fuerzas para escalarlas, una tras otra. Ya en la cumbre, podemos dirigirnos a él con gratitud y cantarle «de todo corazón, ante los ángeles».

No hay comentarios:

Publicar un comentario