viernes, 11 de marzo de 2016

El Señor ha estado grande con nosotros...

Salmo 125

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.


Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

La liturgia contempla la lectura de este salmo en más de una ocasión. Lo leemos durante el tiempo ordinario, como cántico agradecido por los dones de Dios. Lo volvimos a leer en tiempos de Adviento, como himno de espera regocijada. Y lo leemos ahora, en Cuaresma, cuando nuestra espera es aún más gozosa, si cabe. En Adviento esperábamos el nacimiento, el Dios hecho hombre que venía a habitar entre nosotros. En Cuaresma esperamos la Pascua: el milagro del Hijo de Dios resucitado que nos abre las puertas del cielo.

Son los dos momentos cumbre en esta larga historia de amor entre Dios y la humanidad: en Navidad, Él desciende a la tierra, acampa entre nosotros, se hace humano. En la Pascua desciende más aún, hasta la muerte, y vuelve a ascender en la resurrección. En ambos momentos la humanidad es elevada, dignificada y empapada del amor divino.

Los salmos, aún escritos en el Antiguo Testamento, ya nos hablan de esta humanidad transformada por el amor y la misericordia. De la misma manera que el agua hace fértil la tierra y la cosecha compensa con creces los esfuerzos del labrado y la siembra, también la generosidad de Dios transforma nuestra vida y premia a aquellos que confían en Él.

Las imágenes del desierto que florece y de los campos de mieses en plena cosecha son preludios simbólicos de una resurrección. Después de nuestra muerte experimentaremos ese nacimiento a otra vida que no podemos imaginar… Pero ya antes, en nuestra vida terrena, podemos experimentar muchas pequeñas muertes y muchos renacimientos cada vez que nos dejamos tocar por la misericordia de Dios. Cada vez que abrimos el corazón a su bondad él enviará su lluvia y regará nuestro yermo interior y hará brotar algo nuevo. 

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