jueves, 1 de diciembre de 2016

Que en sus días florezca la justicia

Salmo 71

Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.


Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud.

Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Él librará al pobre que clama, al afligido que no tiene protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres.

Que su nombre sea eterno, y su fama dure como el sol; que él sea la bendición de todos los pueblos y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.


Los salmos a menudo nos presentan a Dios como defensor de los pobres y de los que sufren. Es esa imagen del Dios padre y protector que fue creciendo en la mentalidad de los israelitas, pueblo constantemente perseguido y sometido a la opresión de otros imperios más poderosos. ¿Se trata de un simple consuelo? No faltan detractores que tachan la fe cristiana de paliativo, de anestésico que sirve para soportar los sufrimientos de quienes no son capaces de salir adelante por sí mismos.

Pero los versos del salmo van más allá. Hablan de justicia, de rectitud, de paz, de libertad. Dios no es un tirano que sojuzga a sus fieles: Dios viene a traer la liberación. Y la justicia de Dios, recordemos siempre, no es juicio ni condena, sino abundancia generosa, amor que se derrama sobre todos.

La concepción judeocristiana de Dios como rey tiene sus consecuencias. El hombre que reconoce sus límites y la grandeza de su Creador sabe que nadie mejor que Dios para regir el mundo. El poder humano es arbitrario y, cuando se enorgullece, tiende a esclavizar y a someter a los demás. En cambio, gobernar, administrar y decidir contando con Dios lleva a la verdadera justicia, que jamás olvida ni desatiende a nadie, que trae paz y abundancia para todos.

Por eso el Santo Padre insiste con tanta fuerza en que no podemos prescindir de Dios. Ignorarle supone endiosar al hombre y dejar el mundo en manos de sus caprichos megalómanos. El abismo entre pobres y ricos, las guerras, el hambre y la desigualdad escandalosa en el reparto de riquezas son algunas de las consecuencias de barrer a Dios de nuestra vida pública. En cambio, tener a Dios presente y hacer de su bondad y su piedad hacia los más pobres un criterio rector de todo cuanto hacemos facilitaría unos gobiernos justos y responsables de las sociedades humanas.

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