viernes, 4 de agosto de 2017

El Señor reina altísimo sobre la tierra

Salmo 96

El Señor reina, altísimo sobre la tierra
El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, 
justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera
ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. 

Porque tú eres, Señor,
altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. 



Cuando Dios reina, la tierra goza. ¡Qué hermosa manera de decir que la gloria de Dios es la alegría del mundo! Dios no se encumbra para abrumar a la creación con su poder. Su mayor deseo, su triunfo, es ver cómo el mundo, la tierra, las fuerzas naturales y los seres vivos crecen, florecen y se expanden. Dios se vuelca en su obra y ella es su mayor glorificación.

Los salmos son oraciones muy encendidas, pero nada espiritualistas. No se despegan de la vida real. Los salmos son cánticos a ras de tierra, y es desde este arraigo que pueden elevarse al Creador. El salmista se asombra y se estremece contemplando la tormenta, los montes y las estrellas. Admira la naturaleza visible que le rodea, y ve en ella algo más que rocas, árboles y nubes. Ve la mano de su autor, que es mucho más que su propia obra. Es fácil, ante la belleza del mundo, caer en la adoración de la naturaleza, la "madre" tierra y las criaturas. Muchas religiones antiguas, así como las modernas corrientes misticistas, tienden a divinizar el mundo natural. Identifican a Dios con su obra y convierten en dioses las realidades físicas. 

Israel aprendió a distinguir. "Tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses". El mundo creado es maravilloso, pero no debe confundirse con su Creador. Una pieza musical es sublime, pero no es lo mismo que su compositor; un cuadro es una obra de arte, pero no es lo mismo que el pintor. Si la obra es admirable... ¿qué decir de su autor?

Entre todas las obras creadas por Dios, estamos nosotros. Los humanos, capaces de trascender y preguntarnos por nuestro origen y el de todo cuanto existe. Desde la contemplación sosegada podemos intuir una mano amorosa, una voluntad que ha querido que existiéramos, junto con toda la creación. Somos la corona de Dios. Como decía san Ireneo: "La gloria de Dios es la vida del hombre"

No hay comentarios:

Publicar un comentario