Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación

Salmo 84

Muéstranos, Señor, tu misericordia, 
y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor: 
"Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos".
La salvación está cerca de los que lo temen
y la gloria habitará en nuestra tierra.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan; 
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo.
El Señor nos dará la lluvia
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él 
y sus pasos guiarán su camino.


Si tuviéramos que cantar este salmo con palabras modernas, cotidianas y familiares para nosotros, podríamos resumirlo en versos muy sencillos, parecidas a las súplicas de los niños que piden cariño a sus padres o a las frases de los enamorados que se buscan.

Danos tu ternura, Dios, haznos sentir seguros, acogidos en tu regazo. Tú traes paz a los que te aman. No es que ames a unos sí y a otros no. Pero los que no te conocen, viven lejos de ti o no te aman, ¡se pierden tu amor! Se pierden el calor de tu luz, se pierden tu ayuda, tu consuelo y tu fuerza. En cambio, los que se abren a tu amor, ¡reciben tanto!

Los que no se cansan de amar —la fidelidad— reciben tu amor a raudales. Y con el amor llega una multitud de bienes. El mundo pide justicia, paz, igualdad, derechos para todos... Y la persona, cada ser humano, pide amar y ser amado, pide luz, pide sentido a su vida. Quien se deja amar por ti encuentra su camino, se encuentra a sí mismo y encuentra el regalo de los demás. La justicia es humana y recta, pero no basta para hacer mejores a las personas. Un sistema legal correcto no es suficiente para que la gente sea solidaria, amable y justa. Las leyes nos obligan, pero no nos transforman. En cambio, el amor es renovador y revolucionario. Sin amor no es posible la justicia, pero donde hay amor, hay mucho más que justicia.

Dios es como la lluvia, nosotros somos tierra. Si él llueve, seremos fértiles y daremos fruto. Si dejamos entrar a Dios en nuestra vida, todo cuanto hagamos será fecundo. ¡Dejémonos amar por él? Dejémonos guiar por él. Porque sabe, mucho mejor que nosotros mismos, quiénes somos y qué nos conviene. Su deseo no es otro que nuestra felicidad, fiémonos de él.

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