13 de enero de 2018

Aquí estoy para hacer tu voluntad

Salmo 39

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito; 
me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides sacrificio expiatorio. R.

Entonces yo digo: «Aquí estoy 
–como está escrito en mi libro– 
para hacer tu voluntad.» 
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R.

He proclamado tu salvación 
ante la gran asamblea; 
no he cerrado los labios; 
Señor, tú lo sabes. R.

Dios nos ama y nos llama. Es él quien, al crearnos poseedores de un alma, imprime en nosotros una sed de infinito. Por eso quien crece espiritualmente ve cómo en él aumenta un hambre, un ansia del Señor, que llega al grito: Yo esperaba con ansia en el Señor… él se inclinó y escuchó mi grito.

Y Dios no nos deja morir de hambre: ¡en seguida responde! Quizás es al contrario, él nos está llamando suavemente desde siempre, y cuando respondemos y se entabla el diálogo, nuestro corazón estalla de gozo.  De ahí surgen ese cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. La alegría no puede expresarse sólo en palabras, sino cantando, bailando, exultando. Lo que nos llena el corazón debemos comunicarlo, no podemos retenerlo.

Los versos siguientes son cruciales: Tú no pides sacrificios ni ofrendas. Con esto, los israelitas se alejan de todas las religiones antiguas, basadas en los rituales y los sacrificios a los dioses. Es decir, renuncian al mercadeo espiritual: yo te doy para que tú me des tu favor. Se terminó. Dios no necesita ningún sacrificio, ninguna ofrenda. Ni siquiera necesita templos, rezos y devociones… Dios sólo quiere nuestro amor. Por eso nos abre el oído para que podamos responder a su llamada. El mejor regalo, la mejor ofrenda que podemos hacer, es responderle: Aquí estoy para hacer tu voluntad. En esta simple frase, tan breve como el Hágase en mí de María ante el ángel, se resume la vocación cristiana.

¡Quiero hacer tu voluntad! Y ¿cuál es la voluntad de Dios? No pensemos en grandes sacrificios, grandes heroicidades, grandes obras… Dios sólo quiere que le amemos, y que seamos felices. Dios quiere nuestra plenitud. Dios nos ha formado, y quiere que florezcamos, siendo todo aquello que podemos llegar a ser. Nuestra libertad, nuestra felicidad, no son ajenas al plan de Dios, ¡son parte de su plan! Dios quiere lo que nosotros queremos, en el fondo de nuestro corazón. No nuestros caprichos e intereses egoístas, sino el deseo más genuino de amor que todos llevamos dentro. Y Dios sabe cómo llenarnos, por eso es importante escuchar su llamada. Recordemos la homilía del papa Benedicto XVI en su investidura: Dios no nos quita nada, ¡nada! de lo que hace la vida libre, bella y grande. Al contrario, Dios nos lo da todo.

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