4 de septiembre de 2010

Señor, tú has sido nuestro refugio…

Salmo 89

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación

Antes de que los montes se engendraran, antes de que nacieran tierra y orbe, de lo eterno a lo eterno, ¡oh Dios!, tú eres.

Tú mandas que el mortal al polvo vuelva, tú nos dices: volveos, hijos de los hombres.

Porque mil años son ante tus ojos como el día de ayer que ya pasó, y como una vigilia de la noche. Pasan como un sueño matutino, como la hierba verde, que florece a la mañana y a la tarde la siegan y se seca.

Has puesto ante tus ojos nuestras culpas, y a la luz de tu rostro nuestros pecados más ocultos. Al ardor de tu ira, nuestros días se han ido consumiendo uno a uno; nuestros años se acaban cual suspiro.

Enséñanos a contar nuestros días y a llegar a la sabiduría del corazón. Vuélvete, Señor, ¡ay, hasta cuándo!, y muéstrate propicio con tus siervos.

Sácianos pronto con tu gracia y así nos alegremos y exultemos todos nuestros días.

Este salmo puede sorprendernos por su crudo existencialismo. Algunos de sus versos nos resultan muy actuales. ¿Quién no se ha estremecido más de una vez, considerando cuán rápido pasa el tiempo, cuán frágil es nuestra vida, qué poca cosa somos ante la muerte? Los existencialistas fueron conscientes de esta limitación de la vida humana y la sufrieron con angustia, hasta la náusea. Sí, da vértigo pensar que no somos eternos, que antes de ser engendrados no existíamos y que, un día, dejaremos de vivir. ¿Por qué nos asustan tanto estos límites?

La sed de eternidad es connatural al ser humano. Y por eso, desde tiempos inmemoriales, el hombre ha buscado algo —o alguien— más allá de la pura existencia terrenal, más allá de la realidad física, palpable y finita. El pueblo judío descubrió en esta búsqueda a Dios. Solo Él puede saciar esta sed de infinitud, sólo Él puede mitigar nuestra angustia y darnos paz para vivir dentro de nuestros límites. Porque Él, como bien reza este salmo, es eterno, infinito e inmortal. “Tú eres”, dice el primer verso, y esto nos lleva a aquellas otras palabras del Señor a Moisés: “Yo soy el que soy”. El único que es en total plenitud, sin límites.

La sabiduría de la que nos hablan los salmos, y la Biblia en general, no es erudición, ni conocimiento científico, ni siquiera filosofía elaborada. Es la “sabiduría del corazón”, esa que nos enseña “a contar nuestros días”, la que nos permite aceptar nuestros límites y reconocernos como somos: ni dioses, ni todopoderosos, ni independientes. Pero esta sabiduría no se limita a ser realista en cuanto a la condición humana. Nos llevaría al vacío, al pesimismo desesperanzado y a la tristeza, y esto no puede colmarnos jamás. La sabiduría del corazón es la que, además, reconoce a Dios. No basta con saber que somos limitados: hemos de saber que Dios está junto a nosotros. Y Él, que es amor inmenso y desbordante, nos sostiene y sacia nuestros anhelos más profundos.

28 de agosto de 2010

Preparaste casa para los pobres

Salmo 67


Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.

Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios rebosando alegría. Cantad a Dios, tocad en su honor, su nombre es el Señor.

Padre de huérfanos, protector de viudas, Dios vive en su santa morada. Dios prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos y los enriquece.

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada, y tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad preparó para los pobres.


Este salmo expresa alto y claro una reivindicación a favor de los pobres y más desfavorecidos. Y no es el ser humano quien la hace, sino el mismo Dios quien se pone de parte de ellos. ¿Dónde está Dios?, preguntan muchos hoy. Y la respuesta bien podría ser: está con aquellos que sufren. Con la viuda que llora, con el niño huérfano, con los pobres. Está en los campos de refugiados, en las trincheras polvorientas, en los inmensos cenagales de chabolas y miseria que crecen alrededor de las urbes de buena parte del mundo.

Dios está —y su presencia se hace más fuerte y patente— con aquellos que no tienen nada. Ya sólo les queda Dios y el aliento que les permite vivir y sobrevivir un día más. Dios también está en aquellos que, aún no siendo pobres materialmente, viven desprendidos de todo, sin otra riqueza que su amor. Esta es la pobreza de espíritu que busca el evangelio.

Esta es la pobreza que sin duda sintieron los hombres de Israel, milenios atrás, cuando eran un pueblo nómada y despreciado. Sin tierras, sin riquezas, sin reyes poderosos que los defendieran, sufrieron en su piel la crueldad de reinos poderosos, el hambre y la pobreza. Y se refugiaron en el Dios que, más allá de Creador, también era Padre. La fe de Israel crece con una fuerte consciencia de justicia social. Dios no aprueba la violencia y la opresión y, en cambio, defiende siempre al más débil. Cabe preguntarnos: ¿a quién defendemos nosotros?

Además, los versos de este salmo son expresión viva de una experiencia: la de aquel que, habiendo pasado grandes sufrimientos, ha sido socorrido por Dios. Es un cántico de esperanza que se ha visto colmada: quien confía en Dios, tarde o temprano verá cómo es liberado. Dios es justo, pese a todo. Y no falla. Ante los ojos humanos, esta afirmación puede parecernos contradictoria. Dios no debería permitir tanto mal y pobreza en el mundo, es el gran argumento de muchos. Olvidamos que nuestro Dios es un liberador, no un tirano. Y quien libera jamás puede obrar contra la voluntad del que ama. Allí donde Dios es expulsado, el mal y la miseria se extienden. Allí donde Dios es acogido, su justicia acabará brillando y, como dice el salmo, su lluvia copiosa aliviará la tierra extenuada y alimentará a los pobres.

14 de agosto de 2010

De pie a tu derecha está la reina...

Salmo 44


De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.
Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.
Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida a tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza; póstrate ante él, que él es tu Señor.
Las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real.

Los versos de este salmo son especialmente escogidos para la fiesta de hoy, la Asunción de la Virgen María.

El salmo relata los esponsales de una reina terrenal; el evangelio nos muestra los esponsales místicos de otra reina divina, el sí de María a su Señor, Dios mismo.

El salmo nos muestra a la reina cubierta de oro y engalanada, agasajada por princesas y envuelta de esplendor. En el evangelio, vemos a María recibida por Isabel, su prima, que la alaba con gozo desbordante. María no está enjoyada de oro, pero sí está cubierta de la gloria de Dios, que se manifiesta en la alegría exultante del Magníficat.

"De pie a tu derecha está la reina..." Ocupa un lugar preeminente, de confianza, de honor junto al soberano. Nuestra fe también proclama que María es reina de la Creación, co-redentora junto a Cristo y, por tanto, tiene un lugar muy especial junto a Dios.

Y más hermoso aún: el salmo nos habla de un rey que está prendado de la belleza de la reina. También Dios se enamoró del corazón de María, de su bondad, de la belleza de su alma, y por eso quiso ir a habitar en ella y hacerla madre de su Hijo. La boda es la mejor metáfora humana, quizás, para expresar un amor tan grande.

También dice el salmista: “hija, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa paterna…” Este verso tiene una lectura aún más profunda. Cuando Dios llama y uno escucha, la vida cambia. Ya no hay vuelta atrás. Seguir su llamada, responder a su amor, implica dejar el pasado, los vínculos familiares, el hogar que nos vio nacer. Todo, para ir a formar una nueva familia, un nuevo hogar, un nuevo reino. Más aún. Seguir a Dios y abrirse a su amor significa desprenderse de muchos lastres y herencias, no sólo físicos, sino mentales y espirituales. Para seguirle es necesario caminar ligero, como lo hizo María, que fue presurosa a la montaña para encontrarse con su prima. Y para ir ligero, todo sobra, menos el amor.

7 de agosto de 2010

Dichoso el pueblo que el Señor escogió como heredad

Salmo 32

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

El pueblo de Israel se forjó con una fuerte conciencia de comunidad amparada por Dios. La fe en su Señor fue el distintivo y la piedra angular de su identidad como nación, en medio de otros pueblos de la antigüedad. Y este Dios mira con especial amor a su pueblo escogido, “su heredad”. Saberse nación elegida dio una gran fuerza a la comunidad israelita.

Con Cristo, este pueblo escogido ya no se limita a las tribus de Israel. El pueblo escogido por Dios, en realidad, es toda la humanidad. Todo ser humano es hijo predilecto y amado, llamado a vivir en plenitud ante la presencia amorosa de su Creador. La misma fe de los judíos, su misma convicción de ser protegido y querido por Dios, es compartida por todos los creyentes.

Es fácil interpretar los escritos del Antiguo Testamento bajo un tinte nacionalista y político. También es fácil tachar estos versos de exclusivistas, de elitistas y soberbios. ¿Por qué Dios va a preferir a un pueblo sobre los otros? Pero si leemos la Biblia como lo que es: no como un mero libro de historia o un documento de identidad nacional, sino como un testimonio místico y espiritual, encontraremos un sentido mucho más hondo y vivo en sus frases. Y este salmo es más que una proclamación de pueblo elegido.

Es una plegaria agradecida del hombre que se siente salvado por Dios. Es una profesión de fe, una súplica y al mismo tiempo una alabanza. Hay en el salmo un doble movimiento, una reciprocidad: Dios protege a sus fieles; pero el hombre fiel también elige confiar en Dios. Solo quien ha conocido el hambre —física y moral— y quien ha padecido hasta el punto de sentirse impotente y pequeño puede dar ese paso: despojarse de prejuicios y falsas seguridades y ponerse en manos de Dios. Más tarde, podrá reír y elevar un cántico al experimentar la alegría de haber sido salvado.

10 de julio de 2010

Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón

Salmo 68

Mi oración sube hasta ti, Señor, en el momento favorable: respóndeme, Dios mío, por tu gran amor, sálvame, por tu fidelidad.
Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor, por tu gran compasión vuélvete a mí.
Yo soy un pobre desdichado, Dios mío, que tu ayuda me proteja:
así alabaré con cantos el nombre de Dios, y proclamaré su grandeza dando gracias.
Que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.
El Señor salvará a Sión y volverá a edificar las ciudades de Judá. El linaje de sus servidores la tendrá como herencia, y los que aman su nombre morarán en ella.


Somos pequeños y Dios es grande. ¡Otra afirmación que va tan en contra de la filosofía imperante hoy en el mundo! Con el pretexto de sacudirse de encima los yugos que antes imponían la Iglesia, la moral, la religión, el hombre moderno se ha agigantado y ha derribado de su pedestal algunos de los principios que sostenían la fe. Entre ellos, ese tan mal entendido y peor explicado: el “temor de Dios”.

Afirman algunos teólogos hoy que el temor de Dios no es pánico ante un Señor terrible y vengador, ni sumisión servil ante un Dios autoritario. Quien teme así, es porque en el fondo se siente esclavo, sometido, y también rebelde. Cuando pueda, intentará escapar de esa dominación y alejarse. Su relación con Dios está basada en el miedo y los intereses, y esto jamás podrá ser la relación de padre-hijo, el vínculo de amor, libre y apasionado, que Dios desea establecer con nosotros.

El temor de Dios es justamente lo contrario: es amarle tanto, que el único miedo es alejarse de él y dejar que otros ídolos ocupen nuestro corazón. El temor de Dios es reconocer su grandeza y también su amor, tal como es, infinito y desbordante, y dejarse amar por él.

Pero, para llegar a esta actitud, hace falta ser humilde. Humilde no es otra cosa que reconocer con serenidad lo que uno es, con sus miserias y sus anhelos; con sus enormes potenciales y sus dolorosos límites. El salmo canta que los humildes se alegrarán y revivirán. Lejos de arrastrar una existencia gris y triste, su vida será plena y llena de gozo. ¿Quién dijo que la humildad llevaba a la esclavitud y a una vida anodina? La humildad lleva a la auténtica alegría. Y esto, que puede sonar a paradoja, a contradicción, incluso a absurdo para nuestro mundo de hoy, es una verdad que han vivido y transmitido miles de personas a lo largo de la historia. Salmistas, profetas, santos celebrados en los altares y santos desconocidos; santos de la vida ordinaria que han demostrado, con su existencia, que quien se arrodilla ante Dios se levanta como ser humano, fortalecido, libre, valiente, rebosante de vida y de un gozo interior que nada ni nadie puede apagar.

Me enseñarás el sendero de la vida