sábado, 7 de noviembre de 2009

El Señor hace justicia

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10

Alaba, alma mía, al Señor.

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Este salmo aúna dos elementos que se dan en muchas oraciones: desde la pobreza, la necesidad o el dolor, el hombre clama a Dios. Como otros salmos, vemos aquí diversas situaciones que causan sufrimiento profundo: la opresión, el hambre, la enfermedad, el alejamiento del hogar… La viudez y la orfandad, la muerte de los seres queridos, la soledad y la pobreza.

Todas estas circunstancias se daban antiguamente y se continúan dando hoy, porque de alguna manera son compañeras inseparables de la naturaleza humana, de sus límites y a sus fragilidades. También la opresión y la injusticia son fruto de la libertad humana, mal vivida y peor utilizada. De manera que, podríamos decir, la mayoría de los males que aquejan a la humanidad son evitables o, cuando menos, podrían ser minimizados. Si tuviéramos bien presente a Dios en todo cuanto hacemos, lucharíamos contra estas lacras. Los gobernantes y los magnates económicos evitarían guerras y crisis humanitarias si se rigieran por los sólidos principios de la fe en un Dios que ama a todo ser humano, sin excepción.

En su encíclica Caritas in Veritate el Papa Benedicto XVI habla largamente de esto, apelando a la urgencia de que las sociedades humanas no renuncien jamás a su dimensión trascendente, pues sólo “Dios es garante del progreso humano”.

Sin embargo, el salmo de hoy nos habla de esperanza. Dios salva, cura, libera. Los versos son más que una promesa: están escritos en presente, Dios ya nos está amando, ya nos protege, ya nos cuida. Jamás ha dejado de hacerlo. Como el sol, que luce para santos y pecadores, derrama su bondad sobre el mundo. ¿Por qué a veces nos cuesta percibirlo? ¿Por qué nos parece que su luz se ha nublado para nosotros? Las nubes, o la sombra, no están en él, sino en las barreras que nosotros ponemos a su presencia.

El salmo dice “El Señor ama a los justos”. Esta frase da qué pensar. ¿Acaso sólo ama a los justos? ¿Qué ocurre con los injustos? ¿No es Dios misericordioso, que ama a todos? Sí, pero justamente esas palabras del salmista nos revelan que para recibir su amor también es necesaria una actitud por nuestra parte. En la medida en que nos dejemos amar, Dios intervendrá y sanará nuestra vida. Su amor no cabe en un corazón mezquino y cerrado.

¿Quiénes son los justos? El justo según la Biblia es el generoso, el de corazón grande, el que se abre, a Dios y a los demás. El justo es el que da, aún de lo que le falta o anda escaso, como la viuda de Sarepta que socorrió a Elías o como la viuda del óbolo que Jesús alabó en el templo de Jerusalén. Estas dos mujeres son imágenes espléndidas de los justos. Porque son magnánimos, Dios podrá amarlos y colmarlos de bendiciones.

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