sábado, 12 de diciembre de 2009

Gritad jubilosos

Salmo 12

Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

El Señor es mi Dios y salvador: Confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Y sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sión: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»


En el tercer domingo de Adviento, el llamado Gaudete, las lecturas nos invitan a la alegría. Es una alegría que no está causada por las circunstancias externas. El profeta Sofonías invita a su pueblo a cantar con júbilo al Señor en medio de una época de grandes dificultades. San Pablo escribe a los filipenses desde la cárcel, en peligro de condena. ¿Por qué, en esas situaciones, hablan de alegría?

Hoy, inmersos en esta crisis global, los cristianos podríamos pensar que la alegría exultante está fuera de lugar. ¡Muy al contrario! Es justamente cuando los problemas arrecian cuando hemos de estar más alegres. Y no por masoquismo o por ciega inconsciencia. No nos alegran los males que afligen el mundo, ni reímos ante nuestras propias debilidades y dolencias. Pero, como decía san Francisco, la verdadera alegría se encuentra en estos momentos de prueba. Cuando no hay ningún motivo para reír, es entonces cuando sólo nos queda una salida: agarrarnos bien fuerte al Dios que nos ama y jamás nos abandona.

Y Dios, como afirmaba un santo contemporáneo, “nunca pierde batallas”. Es fiel y permanece con nosotros. Nuestro motivo de alegría no reside en el mundo, sino en Él. Con Él a nuestro lado, nada hay que temer, ¡nada! Dicen los versos del salmo que “sacaremos aguas con gozo de las fuentes de la salvación”. Estas fuentes están en nuestro corazón, y el agua que las llena y las desborda viene de Dios.

En Adviento, se nos recomienda acercarnos al sacramento de la penitencia y reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos, con los demás. Esa reconciliación pasa por una apertura del alma. Es Dios mismo quien derrama su amor como cascada que nos limpia y nos renueva por dentro. Recibámosle y dejemos que su gozo nos inunde.

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