viernes, 25 de mayo de 2012

Envía tu Espíritu, Señor...

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.
Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. 

El Salmo 103 es un cántico gozoso de adoración: el hombre reconoce la grandeza de Dios y prorrumpe en alabanzas hacia él.
No sólo se trata de un sentimiento de admiración ante la belleza de lo creado —“la tierra está llena de tus criaturas”—, sino de algo más profundo. El poeta que entona estos versos descubre que el simple hecho de que algo exista es un milagro, y que toda criatura, todo ser vivo, el universo entero, aún siendo admirables no serían nada si Alguien no los sostuviera en su existencia.
«Les retiras el aliento y expiran y vuelven a ser polvo.» El aliento de Dios se identifica con la vida que anima la materia. Detrás de toda forma viva aletea ese Espíritu, que ya preexistía, según dice el Génesis, aleteando sobre las aguas primigenias.
Por supuesto, estas imágenes son simbólicas, pero tienen un significado más hondo que el mero mito creacionista. Este salmo, como el libro del Génesis, nos habla de un Dios que es Creador, cuya energía enciende la llama de la vida y que se despliega en una creación maravillosa, de la cual el ser humano forma parte central.
Porque el ser humano, a diferencia de las otras criaturas, no sólo existe y vive, sino que puede conocer a su Creador y disfrutar de su obra. Puede, incluso, imitarlo, jugando a crear y elaborando sus pequeñas obras de arte. Este verso del salmo recuerda el gozo del artista que acaba su obra y la ofrece a Aquel que lo hizo y le dio la capacidad creativa: «Que le sea agradable mi poema».
Un teólogo dijo que el Espíritu Santo es el Señor de la Belleza. En su mensaje a los artistas, los dos últimos Papas nos han recordado que a través del lenguaje artístico se manifiesta el Espíritu de Dios. La belleza, efectivamente, nos habla de una mano creadora y del amor con que esa obra fue concebida.
Hoy, día de Pentecostés, puede ser una buena ocasión para reflexionar y ver de qué manera podemos esparcir belleza —auténtica y buena— a nuestro alrededor.

sábado, 19 de mayo de 2012

El Señor puso en el cielo su trono

El Señor puso en el cielo su trono.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.  
Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.  
El Señor puso en el cielo su trono, su soberanía gobierna el universo. Bendecid al Señor, ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus órdenes. 

El salmo 102 nos habla de Dios y de cómo es Dios. Estos versos ensalzan su poder sobre toda la creación. Todo lo que existe: la tierra, los seres vivientes, los astros, el tiempo y el espacio, sale de su mano, y su sabiduría “gobierna el universo”. Sus ángeles, le sirven. La cosmología que se desprende de este salmo es la de un mundo ordenado y perfecto que emerge del caos gracias a la inteligencia creadora de Dios. Este universo se rige por una ley que es intrínsecamente buena porque se desprende del mismo Creador. Esta ley no es otra que la bondad.
El salmista, sin embargo, no ignora que en el mundo no todo es perfecto, que hay maldad, delitos, injusticias. Todo este mal, en la visión bíblica, no es inevitable, ni fruto del azar o del destino, sino responsabilidad humana. Procede, muchas veces, de olvidarse de Dios. De ahí que el poeta insista: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios”. El hombre que olvida que es criatura, que no se ha hecho a sí mismo, sino que lo debe todo, comenzando por la vida, a un puro don, tiende a endiosarse y a forjarse sus propias leyes y criterios, casi siempre movidos por el egoísmo. De ahí a la explotación del otro, a la desigualdad y al crimen, hay solo unos pasos.
Sin embargo, el salmista nos recuerda que más grande que todos los delitos humanos es el amor de Dios. Tan inmensas como el horizonte son su bondad y su capacidad de perdón. Si lo reconocemos, si nos abrimos a su don, a su ley de amor, él alejará de nosotros toda culpa, toda esclavitud, todo lastre del mal.

sábado, 12 de mayo de 2012

El Señor revela su salvación

Salmo 97

El Señor revela a las naciones su salvación

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y su fidelidad a favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad.

Hoy nos encontramos con este salmo que resuena con tonos épicos de himno triunfante. La forma del salmo expresa la grandeza de Dios, su belleza, su poder.
Pero hay un fondo que va más allá de la mera imagen del Dios victorioso, poderoso y favorecedor de un pueblo escogido.
¿Cuáles son las cualidades de este Dios? La misericordia y la fidelidad. No se habla de violencia, ni de poderío, ni de terror. Dios extiende su ley, que no es tiranía, sino amor entrañable —misericodia— y apoyo incansable y leal —fidelidad— al ser humano.
Dios no es nuestro enemigo, ni una fabulación para dominar las conciencias, como tantos pensadores han proclamado. Dios es nuestro mejor aliado, aquel que no sólo nos protege y nos cuida, sino que nos hace crecer y desplegar todas nuestras posibilidades. La justicia de Dios no consiste en condenar, separar y elegir, sino en perdonar y acoger a todos. La palabra salvación, en hebreo, es un concepto mucho más rico que el de mero rescate. Salvación significa salud, paz, prosperidad, felicidad, desarrollo. La salvación de Dios es la gloria y la plenitud del hombre.
Y, aunque este salmo sea un himno de Israel, ya en sus versos se atisba la universalidad de Dios. “Aclama al Señor, tierra entera”. No será un solo pueblo, ni una pequeña porción del planeta, la favorecida por Dios. Como nos recuerda el evangelio de hoy, la salvación es para todos. El amor de Dios llega hasta los confines de la tierra. Allá donde palpite un alma humana, Dios hará llegar la oferta generosa de su amor.

sábado, 5 de mayo de 2012

Salmo 22
El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.
Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.
Lo recordarán y volverán al Señor desde los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo.
Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer, todo lo que hizo el Señor.

El salmo 22 sorprende por el giro que da, desde su inicio hasta su final. Es el salmo que comienza con un clamor angustiado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Un salmo que asociamos con las lecturas de la Pasión y cuyos versos más conocidos son el retrato de un hombre desesperado, acosado, que suplica auxilio a Dios.
Pero este salmo termina con estrofas luminosas y exultantes. Termina con una promesa que el poeta narra en presente, como algo que se está cumpliendo.
Dios, finalmente, restablecerá la justicia. Ante el hombre humilde, que se postra ante él, Dios hará resplandecer su bondad y lo bendecirá con toda clase de bienes. Hay en este salmo una fe profunda en la justicia divina y en su victoria sobre el mal. Y, al mismo tiempo, hay una condición: el fiel debe cumplir sus votos. El hombre encontrará a Dios si antes lo busca con sinceridad. Se hace necesaria la humildad, ese reconocerse carente, desvalido, pobre. Hay un vaciamiento interior previo antes de poder llenarse de Dios. Es preciso morir antes de resucitar.
El salmo también describe una visión utópica, en la que todo el mundo alaba y rinde homenaje a Dios. Todo el mundo lo busca, y ante él se postrarán las naciones. Dios reinará en el mundo de los vivos, pero también en el de los muertos: “Ante él se postrarán las cenizas de la tumba”. Esta frase es impresionante. Está anunciando que Dios, el viviente, el Señor de los vivos, no sólo dominará el mundo físico, sino también la misma muerte. Está preludiando la resurrección y otra vida, eterna, imperecedera.
Nuestro mundo, ciertamente, busca a Dios. A veces esa búsqueda tiene otros nombres: un afán de plenitud, de eternidad, de felicidad, de belleza… La humanidad está sedienta de trascendencia, y la busca por mil caminos. El salmo afirma que quien busca y encuentra a Dios, será saciado de todas sus hambres. “Me hará vivir para él”, “vivirá su corazón por siempre”. La fe en Dios va acompañada, siempre, de la vida. Y no una vida cualquiera, sino “para siempre”. Una vida plena, que colma los anhelos más íntimos del ser humano.