jueves, 30 de octubre de 2014

Si llevas cuenta de los delitos, Señor ¿quién podrá resistir?

Salmo 129, 1-8

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz: estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.

 Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.


Para muchas personas, religión es sinónimo de sentimiento de culpa. Se acusa al judaísmo y al cristianismo de fomentar un miedo y un desprecio de sí mismo que provoca neurosis y una caída de la autoestima.

Decía un padre jesuita que la consciencia del pecado es un don, pero de nada sirve reconocerse pecador si no es en oración, ante Dios. Por un lado, se necesita humildad y claridad interior para admitir que no somos perfectos y no solo eso, sino que a veces, deliberadamente, elegimos el camino equivocado. Hay una tendencia que nos inclina a ser egoístas y a buscar el reconocimiento, el aplauso, el engrandecimiento personal. Entre una autoestima equilibrada y la vanidad la línea es muy delgada…

El sentimiento que expresa este salmo no es neurótico ni amargado. El pecador no está desesperado porque sabe que, a la hora del juicio, Dios no será un castigador inclemente, sino el mejor abogado defensor. Tanto, que buscará mil y una formas para librarnos de las culpas. La esperanza en esa redención acrecienta la confianza y un sentido de liberación. Hay esclavitudes mucho peores que las materiales, y reconocerlas es el primer paso para liberarse.

Nuestra fuerza de voluntad es importante, pero no basta. ¡Cuántas veces nos hacemos buenos propósitos para volver a caer, una y otra vez, en el mismo defecto, en el mismo error! Hacemos el mal que no queremos y no hacemos el bien que querríamos, como bien dijo San Pablo. ¿Cómo superar esta limitación?

No funciona redoblar nuestro esfuerzo, sino aflojar la tensión interior y abrirnos al amor de Dios. Su ternura es el mejor jabón, el mejor trapo y el mejor bálsamo para sanar nuestra alma sucia y herida.  Confiemos, ansiemos, pidamos este amor. Dios lo dispensa generosamente y solo espera nuestra súplica para dárnoslo en abundancia. No hay delito que no pueda borrar su amor. Con él, llegarán la alegría y la liberación.

viernes, 24 de octubre de 2014

Yo te amo, Señor, mi fortaleza

Salmo 17

Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.


Cuántas veces se ha acusado al Cristianismo de ser una religión de débiles, un consuelo barato, un remedio para someter a los espíritus inseguros, cargándoles de miedo y de culpa. Ciertamente, para los creyentes, la fe en Dios es un consuelo, una fuente de fortaleza y de energía que nos anima en las horas más bajas.

Pero los versos de este salmo no reflejan miedo ni estrechez de corazón. Al contrario, exultan de alegría porque quien canta se siente fuerte, seguro, protegido y bendecido. Sobre todo, se siente amado.

El cantor del salmo reconoce la pequeñez humana. Quien pronuncia estos versos hace suya aquella frase de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Con Dios, el más débil y quebradizo se hace fuerte. Dios es una auténtica fortaleza, un baluarte, una roca que no falla.

A lo largo de la historia, y con el vertiginoso progreso técnico y científico que ha experimentado Occidente, los humanos nos hemos creído poderosos e invencibles. Liberarse de Dios era un paso más en la emancipación y madurez de la especie humana. Podría parecer que ya no necesitamos una fortaleza ni un escudo protector. Nos bastamos a nosotros mismos.

Los avatares de la historia y el existencialismo nos han mostrado, sin embargo, que la vida desarraigada de Dios se convierte en un absurdo abismal. Sin el apoyo de esa Roca somos hojas secas llevadas por el viento. El vacío y el azar nunca podrán saciar nuestra hambre de plenitud.

Volver a Dios, buscar su refugio, no es crearse un consuelo artificial. Sentirse amparado en Dios es la experiencia del que abre su corazón, su mente y su espíritu, y regresa al verdadero hogar del hombre, el corazón del Padre, que es puro Amor. Quien recupera esas raíces profundas del ser, anclado en Dios, experimenta la protección, la bendición, y se ve imbuido de una fuerza que, paradójicamente, supera en mucho sus limitadas capacidades humanas.


Las palabras de este salmo son una bella oración para pronunciar cada día, o siempre que nos sintamos acosados por el miedo o las dificultades. ¡No desfallezcamos! Tenemos un Defensor al que nada, ni nadie, puede abatir.

viernes, 17 de octubre de 2014

Aclamad la gloria del Señor

Salmo 95

R/.
 Aclamad la gloria y el poder del Señor

Cantad al Señor un cántico nuevo, 
cantad al Señor, toda la tierra. 
Contad a los pueblos su gloria, 
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Porque es grande el Señor, 
y muy digno de alabanza, 
más temible que todos los dioses. 
Pues los dioses de los gentiles son apariencia, 
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/. 

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria y el poder del Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/. 

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, 
tiemble en su presencia la tierra toda; 
decid a los pueblos: «El Señor es rey, 
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.


Este salmo es un canto al Dios Altísimo, el Dios que el pueblo hebreo descubrió como creador y fuente de todo cuanto existe, superior a todas las criaturas de la Tierra.

En las religiones antiguas se deificaban las fuerzas de la naturaleza y las pasiones humanas. Los dioses se humanizaban y los hombres estaban sujetos a sus caprichos. El pueblo de Israel fue interiorizando una experiencia distinta: Dios está por encima de todo lo creado, por eso su poder y su gloria exceden toda maravilla. Más temible que todos los dioses, el Señor ha hecho el cielo. Solo él merece adoración y ofrendas.

La consciencia de este Dios superior despierta en el creyente una actitud de alabanza y admiración, y también de gratitud por todo lo que ha puesto en nuestras manos. Al mismo tiempo, hace al hombre humilde, le recuerda su condición frágil y mortal, sus límites y el amor que ha recibido.

De ahí que los profetas y los sabios hebreos terminaran rechazando la divinidad que se atribuían los reyes en las naciones que los rodeaban. El único rey, el único dueño, es Dios. Y su ley no es arbitraria ni favorable solo a unos pocos, sino que es justa y para todos.

Gratitud y humildad son dos actitudes bien alejadas del hombre autosuficiente de hoy. Al contrario, parece que en la sociedad priman la autosuficiencia y el orgullo del hombre o de la mujer hecha a sí misma. También hay una tendencia a pensar que todo está en nuestras manos y que nuestro poder no tiene otros límites que los que nuestra mente quiere ponerle. Esto nos puede llevar a verdaderos errores cuando tenemos éxito y a una sensación de fracaso y hundimiento cuando las cosas dejan de irnos bien. Bueno es recordar, como el salmista, que por el solo hecho de existir ya somos receptores de un amor inmenso, el de Dios que nos ha soñado y querido desde el momento de ser concebidos. Bueno es recordar que gozamos de muchísimos dones gratuitos que quizás no sabemos valorar.


Gratitud y humildad: estas dos actitudes nos llevarán a vivir de manera serena y confiada, tanto en los momentos de bonanza como en las épocas en que las tormentas se abaten en nuestra vida.

sábado, 11 de octubre de 2014

Habitaré en la casa del Señor

Salmo 22

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Para el pueblo de Israel, de origen nómada, la imagen de un pastor es muy expresiva: el pastor cuida de las ovejas, las lleva a buenos pastos, las defiende del peligro y ellas están seguras. Es una imagen que asociaron a Dios y, posteriormente, a sus reyes y gobernantes.

El pastoreo de Dios no es una autoridad opresiva, sino un cuidado amoroso. Estamos muy lejos de esa imagen arcaica y oscurantista de la religión, que ve la fe como un instrumento de represión que se vale del miedo. Al contrario, la fe en Dios nos da coraje, ánimo, alegría. Dice el salmista que la bondad y misericordia acompañan al que se deja guiar por él, todos los días de su vida.

Habitar en la casa del Señor es otra imagen hermosa y entrañable: no se trata de una mansión física, sino del mismo corazón de Dios. Habitar en su casa es vivir en su presencia, caminar bajo su mirada, contar con él en todo momento. “Casa” denota hogar, calidez, familiaridad. El Dios que Israel fue descubriendo a lo largo de su historia no era un ídolo lejano, caprichoso e insensible a las necesidades humanas. Era el Dios compasivo, amable y bueno, cuya imagen se aproximaba mucho al Dios Padre de Jesús de Nazaret.

Recitar los versos de este salmo con calma, conscientes de cuanto dicen, nos aporta paz interior, serenidad y valor. Dios nos guía hacia lo que realmente anhelamos. Como decía un sacerdote, ¿cuándo nos convenceremos de que Dios está empeñado, mucho más que nosotros, en que seamos felices? Dejémonos guiar por él. Confiemos en él. Y la copa de nuestra vida rebosará.

sábado, 4 de octubre de 2014

Ven a visitar tu viña, Señor

Salmo 79

La viña del Señor es la casa de Israel.
Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.


La lectura de este salmo nos trae una serie de vigorosas imágenes simbólicas. Los mismos versos nos dan la clave del contexto histórico del pueblo de Israel cuando el salmista compuso este cántico. La vid es el pueblo elegido. Dios lo libera de la esclavitud, sacándolo de Egipto, y lo conduce hasta la Tierra Prometida. Allí, continúa el salmo, esta vid —el pueblo— se extiende, desde el Gran Río, el Jordán, hasta el mar.

Pero, ¿qué sucede años más tarde? Israel, tras un breve periodo de monarquía, ve cómo su reino sucumbe ante los invasores extranjeros. Su tierra es arrasada, Jerusalén destruida, sus habitantes deportados a Babilonia, cautivos. El salmo expresa el dolor del pueblo que, tras vivir el gozo de la promesa cumplida, experimenta luego la pérdida de todo aquello que recibió.

La viña saqueada es una imagen de la destrucción causada por la guerra y la invasión. Y el pueblo se pregunta el porqué. ¿Qué ha ocasionado tal devastación?

Los autores bíblicos buscaron explicaciones a cuanto les sucedía. Y  achacaron sus calamidades a la corrupción moral y al alejamiento de Dios. Hoy, podríamos reflexionar si buena parte de los problemas que afligen al mundo no son justamente causados por la falta de escrúpulos de muchas personas y su total indiferencia hacia Dios. Porque el rechazo a Dios conlleva, muy a menudo, el desprecio del hombre.

Pero a diferencia de hoy, en que muchos, incluso cristianos, pierden la fe o dudan de Dios, los israelitas jamás renegaron de su Señor. El salmo, que primero nos muestra una imagen desoladora del pueblo, continúa con estas invocaciones fervientes: Dios de los ejércitos, vuélvete,  restáuranos, sálvanos. Que tu rostro brille para nosotros, no nos des la espalda. A las peticiones, se añade una promesa de lealtad: “no nos alejaremos de ti”.

Aún podemos ahondar más en estos versos del salmo. Si los leemos a la luz del evangelio veremos que su significado es mucho más dramático e intenso. La viña puede ser imagen del mundo entero, y también de la Iglesia. Nacida como una pequeña vid, superando toda clase de obstáculos, se ha extendido por el mundo. Y, sin embargo, miramos a nuestro alrededor y vemos dolor, conflictos, muerte y violencia. Los cristianos son perseguidos y masacrados en algunos países. En las mismas instituciones religiosas se libran auténticas guerras internas. ¿Por qué Dios permite esto? La respuesta la encontraremos en el evangelio de hoy, donde Jesús recoge el tema de este salmo para explicar una parábola tremenda: la del amo de la viña, los viñadores y su hijo. Dios no abandona su viña: tanto la ama, que envía a su propio Hijo a cuidarla. Pero son los viñadores —nosotros, los humanos—, los que traicionan la confianza de su señor, la devastan y matan al Hijo. Hoy, muchos ignoran, pisotean la Iglesia y quisieran matar a Dios.


¿Qué hacer? Muchos buscamos respuestas y soluciones. Quizás la primera, y la mejor respuesta, se encuentre implícita en los versos de este salmo. Necesitamos a Dios. Necesitamos su cercanía, su rostro brillando para nosotros. Necesitamos contar con Él. En realidad, Dios nunca ha querido alejarse. Somos nosotros quienes necesitamos abrir nuestro corazón, nuestra mente, nuestro espíritu, y caminar con Él. Nos salvará una profunda y sincera conversión.