viernes, 13 de febrero de 2015

Me rodeas de cantos de liberación

Salmo 31

Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero. 


Los versos de este salmo están sembrados de palabras que despiertan en nosotros impresiones bien distintas: refugio, liberación, culpa, delito, pecado, alegría. Son palabras que dibujan muy bien los claroscuros del alma humana. Sí, en nuestra historia personal conocemos muy bien qué significa sentirse pecador, conocemos el peso angustioso de la culpa, conocemos también la ráfaga de libertad y paz interior que trae consigo el perdón.

Los salmos, como plegaria, reflejan maravillosamente el drama psicológico y espiritual de cada persona. Todos, en algún momento de nuestra vida, fallamos. Los sentimientos de culpa nos abaten, se acumulan sobre nuestras espaldas y, si no podemos liberarnos de ellos, nos van asfixiando. Cuántas vidas están oprimidas, estranguladas, empequeñecidas bajo el peso de la culpa.

Y, sin embargo, un cierto sentimiento de culpa es necesario, pues demuestra que sabemos distinguir, en nuestra conciencia, lo que es bueno de lo malo; lo que nos hace crecer, de lo que nos destruye; lo que da paz de lo que daña a los demás. La contrición es el primer paso para salir de ese pozo oscuro.

Muchos psicólogos y terapeutas aconsejan a las personas abrumadas por la culpa, propia y ajena, que deben descargarse de ella, arrojarla fuera de sí y perdonarse a sí mismas. Y es cierto: hay que descargarse de ese lastre que nos impide avanzar. Pero, ¡cuánto cuesta perdonarse a sí mismo! Alguien dijo que no es posible perdonarse del todo a uno mismo. El perdón es una relación y, como toda relación, pide dos partes y dos voluntades.

El único que nos puede liberar completamente de la culpa y sanar nuestra alma es Dios. De ahí el gran poder terapéutico de la confesión: lo reconocí, no encubrí mi delito, […] confesaré al Señor mi culpa. El solo hecho de expresar ese mal, la tristeza y el dolor, es ya sanador. Depositar en Dios esa carga onerosa es liberador. Porque Dios es más grande que todos los males que podamos cometer los seres humanos en el mundo. Y su amor es el fuego purificador, el agua vivificante, el viento que barre los escombros de nuestra alma desportillada. Confiar en él, reconocernos falibles, limitados y pecadores, reposar en él y ofrecerle los frutos, logrados o maltrechos, de nuestras manos, es sumergirse en ese océano de amor que engulle y supera toda culpa, todo delito, todo mal. Es nuestro refugio, sí. Es nuestra salud. Y más aún: nuestra liberación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario