viernes, 20 de febrero de 2015

Tus sendas son de misericordia y lealtad

Salmo 24, 4bc-5. 6-7. 8-9

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

La Cuaresma se define como un camino hacia la Pascua. ¿Cómo saborear estas palabras superando la rutina y la costumbre para que adquieran sentido en nuestra vida, hoy?

Camino: todo ser humano, en algún momento de su vida, se pregunta de dónde viene y a dónde va. La filosofía y las religiones de todos los tiempos han buscado respuestas. En Cristo, Dios se ha adelantado a responder a esta inquietud. Mostrándonos su rostro nos ayuda a comprender quiénes somos nosotros.

¿Quiénes somos? Criaturas a imagen suya, con un alma inmensa en un cuerpo pequeño y limitado; con un potencial inimaginable dentro de unos límites en espacio y tiempo… Minúsculos y frágiles, enormes y poderosos, así somos. Dependientes de la fuente de nuestro ser pero, al mismo tiempo, libres.

Dios no solo nos muestra quiénes somos, sino que nos señala un camino. Un camino que se personaliza en Jesús, nuestro modelo y nuestro compañero inseparable. Las enseñanzas de Dios no son dogmáticas ni autoritarias. Jesús enseña con su vida y camina junto a nosotros. Este es su modo de enseñar: implicándose hasta el fondo en nuestra existencia cotidiana, hasta las realidades más íntimas y también las más dolorosas.

¿Cuál es nuestro camino? Es un camino que parte de Dios… y regresa a Dios. Este es el sentido profundo de la conversión: regresar al Padre. Volver a sus brazos, porque tú eres mi Dios y mi Salvador, y todo el día te estoy esperando.

El salmo nos habla de un Dios tierno, entrañable, bueno, que se conmueve. Un Dios padre, maestro, amante. ¡Todo lo da sin pedir nada a cambio! Tan solo es necesaria una cosa para poder recibir tanto regalo, para dejarse enseñar, para recorrer con gozo ese camino: la humildad.

Ser humildes nos permitirá entrar en la onda de Dios y caminar esta Cuaresma con paso ligero, alegre, con ganas. Porque el camino de Dios está protegido y él nos defiende de peligros y descarga nuestras espaldas de tantos pesos: culpas, miedos, dudas… El Señor es leal, dice el salmo, y sus sendas son seguras. No quiere decir esto que nos garantice un camino de rosas: ¡seguir a Jesús es una aventura! En ella hay momentos de gloria y de cruz. Pero hay algo seguro: el destino final es luminoso y certero. Nos espera el hogar que siempre hemos añorado: el mismo corazón de Dios.

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