sábado, 13 de agosto de 2016

El Señor me levantó de la fosa

Salmo 39

R/.
 Señor, date prisa en socorrerme.

Yo esperaba con ansia al Señor; 
él se inclinó y escuchó mi grito. R/. 

Me levantó de la fosa fatal, 
de la charca fangosa; 
afianzó mis pies sobre roca, 
y aseguró mis pasos. R/. 

Me puso en la boca un cántico nuevo, 
un himno a nuestro Dios. 
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos 
y confiaron en el Señor. R/. 

Yo soy pobre y desgraciado, 
pero el Señor se cuida de mí; 
tú eres mi auxilio y mi liberación: 
Dios mío, no tardes. R/.

Cuando nos encontramos en situaciones duras, hundidos en ese pozo fangoso como dice el salmo, enredados en mil problemas y con difícil solución, tenemos varias opciones. Una es dejarnos llevar por el desánimo, convertirnos en víctimas e ir llorando y lamentándonos por nuestra mala suerte. Es entonces cuando renunciamos a nuestra responsabilidad, a nuestro poder y capacidad personal de salir adelante. Preferimos  despertar la compasión de los demás y esperamos que alguien resuelva nuestros problemas.

Otra opción es buscar el remedio por nosotros mismos. Sacamos fuerzas de flaqueza y asumimos que nadie nos va a ayudar: ha de ser uno mismo quien salga del hoyo y tire adelante. Esta opción está llena de coraje y tiene mérito: son muchas las personas que luchan en solitario y de forma admirable a veces logran sus propósitos. Otras veces gastan su vida peleando contra la adversidad, o persiguiendo sus metas. El problema es que la soledad no siempre es buena compañera. En momentos de debilidad o cuando las fuerzas fallan, el héroe solitario puede abatirse y caer en la desesperación. O puede correr el riesgo de aislarse y distanciarse de los demás,  chocando continuamente con ellos. El ser humano no está hecho para vivir solo. Las grandes obras casi nunca son hazaña de uno solo, sino fruto de la cooperación de un equipo.

El salmista nos habla de una tercera opción. Cuando parece que todos fallan y que uno mismo carece de las fuerzas necesarias, aún nos queda contar con Dios. Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo,  reza un dicho que se ha popularizado en los últimos tiempos.

Sí: Dios es el amigo que no falla, el compañero que te tiende una mano cuando la necesitas. Dios es el padre y la madre que jamás olvidan a sus hijos. ¿Cómo podría ser de otra manera? Por eso invocar a Dios no defrauda. Cuando todos nuestros recursos humanos fallan, sólo él nos puede sacar de la fosa y devolvernos la alegría de vivir.

Desde el ateísmo se puede objetar que este Dios es un invento para consolar a las personas débiles o desesperadas, o para manipularlas, ya que las hace impotentes y desvalidas ante un ente poderoso. Esta postura nos deja huérfanos existencialmente, ya que no hay filosofía que dé una respuesta al misterio del dolor y del mal en el mundo. Si no ciframos nuestra esperanza en Dios, la vida se convierte en una casualidad efímera y absurda.

Desde las modernas corrientes de autoayuda se puede replicar que uno mismo tiene la capacidad de socorrerse, todo está dentro de nosotros y no tenemos necesidad de recurrir a una ayuda externa. Dios, de alguna manera, es nuestra fuerza interior. Esta postura endiosa al ser humano y parece que lo dignifica y lo libera de toda influencia manipuladora. Pero corre el riesgo de potenciar el individualismo y el aislamiento de la persona en su mundo y en sus criterios, sin contar con los demás. La realidad, por otra parte, nos demuestra que no somos dioses ni somos omnipotentes, aunque tengamos muchas capacidades. Siempre hay situaciones que nos sobrepasan y ante las que no siempre tenemos respuesta.

Confiar en Dios no nos hace impotentes ni nos somete a una esclavitud moral. Sentirnos pobres en sus manos no nos empequeñece ni nos quita la dignidad. Al contrario, nos hace sentir amados, cuidados, elegidos. Como a un niño confiado en brazos de su madre, la presencia de Dios nos da fuerzas y nos libera del miedo y del desánimo.  Y hemos de pensar una cosa: Dios nunca actúa con varita mágica. Dios se vale de la naturaleza, de las otras personas, de las circunstancias y de los lugares, para actuar en nuestra vida. La ayuda de Dios llegará, como leemos en el profeta Jeremías, de parte de manos amigas, voces amigas, presencias humanas que, con su apoyo, nos mostrarán que Dios está cerca, nos socorre y nos ama.

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