viernes, 9 de septiembre de 2016

Me pondré en camino hacia mi padre

Salmo 50

Me pondré en camino a donde está mi Padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. 


Hablar de pecado está mal visto. Las filosofías ateas lo presentan como un invento moral para reprimir nuestros impulsos más genuinos y controlar nuestras mentes. Sin embargo, el sentimiento de culpa, de haber obrado mal, existe. Y permanece por mucho que se niegue el valor de la moral cristiana.

Toda persona tiene lo que llamamos conciencia. Es una facultad universal que nos permite distinguir entre el bien y el mal. Pecado es elegir deliberadamente el mal. ¿Sus consecuencias? Una ruptura del hombre en sus relaciones fundamentales: consigo mismo, con los demás, con el mundo, con Dios. El pecado hiere la humanidad y mutila el alma. Por mucho que la sociedad o las filosofías modernas quieran eliminar el concepto de pecado, pueden taparlo o barrerlo del mapa, pero la realidad persistirá. Un mal cometido deja huella y tiene consecuencias. Nadie nos puede aliviar si la conciencia de culpa nos sigue mordiendo por dentro.

David compuso este salmo en un momento de dolor, cuando fue consciente del mal que había causado poseyendo a la mujer de Urías y enviando a éste a morir, al frente de sus tropas. Pasada la ofuscación del deseo, David comprendió el alcance de su pecado y lloró amargamente. Los versos del salmo son palabras de un hombre contrito, abrumado por el peso de la culpa. Y en ellos vemos un sincero anhelo de luz, de limpieza interior, de perdón.

El Papa Francisco compara el sacramento del perdón, no tanto con una lavandería que nos limpia la mancha del pecado, sino con un botiquín de campaña. El pecado es una herida que nos desangra y nos debilita. El pecado enferma nuestro espíritu y nuestro cuerpo, y contagia de dolor y pesar a cuantos nos rodean. El pecado, como un tumor, crece, nos quita las fuerzas y va deteriorando todo a nuestro alrededor. ¿Dónde está la medicina, el ungüento, el desinfectante y las vendas? En la misericordia de Dios.

Con su amor nos regenera, nos limpia y nos purifica. Con su dulzura alivia el dolor y alimenta el tejido de nuestra alma para que pueda volver a crecer, sano, y cicatrice. Muchos psicólogos o terapeutas quizás te digan: perdónate a ti mismo, ámate a ti mismo. Pero hay heridas que uno solo no puede sanar. Necesitamos que el otro, ese gran Otro amoroso que es Dios, nos sane por dentro. Necesitamos de su gracia. No somos impotentes, pero tampoco somos omnipotentes. Abrirnos a su amor nos restaura.

El corazón quebrantado es la herida abierta por la que puede entrar la misericordia de Dios. Por nuestras grietas entra la luz salvadora. Dice un refrán chino: cuando la casa está en ruinas, por el tejado puede verse la luna. Así mismo, cuando nuestro corazón está destrozado es cuando podemos atisbar los primeros rayos de esperanza.  

Saberse amado y perdonado por Dios no sólo nos sana por dentro, sino que nos llena de alborozo. Tanto, que nos impulsa a elevar un cántico de alabanza. De la pena por la culpa, los versos del salmo nos llevan a la alegría del perdón y la reconciliación con el Amor que nos sostiene siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario