sábado, 3 de septiembre de 2016

Señor, tú has sido nuestro refugio...

Salmo 89

R/.
 Señor, tú has sido nuestro refugio 
de generación en generación


Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia 
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R/.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Este salmo, con un tono sapiencial, nos confronta con una realidad de la vida: somos efímeros. Como la semilla, somos plantados, segados y morimos. «Calcular nuestros años» es una forma de decir: aprendamos a gestionar nuestro tiempo. Sepamos vivir con plenitud nuestro presente, minuto a minuto. Aprendamos a saborear nuestra vida, porque el tiempo corre y jamás vuelve atrás. No podemos pulsar una tecla de pausa, ni un replay para retroceder, repetir o corregir lo que ya pasó.

Ante la fugacidad de la vida sobreviene una angustia natural en todo ser humano. «Ten compasión de tus siervos», reza el salmo. ¿Qué le estamos pidiendo a Dios? El hebreo en el exilio o en la prueba rezaba, quizás, porque terminaran sus desgracias. Nosotros, hoy, rezamos para que se resuelvan nuestros problemas, podamos recuperar la salud, o solucionar un conflicto o una carencia que nos hace sufrir. ¡Ten compasión!

Pero Dios ya nos ha compadecido. Nos ha regalado el tiempo, y está en nuestras manos hacerlo fructificar. ¿Deseamos saciarnos de alegría? ¿Deseamos que nuestro trabajo dé fruto y que las obras de nuestras manos prosperen? Pongámoslo en manos de Dios. El que nos creó nos dará la fuerza, la sabiduría y la paciencia necesarias. Aprendamos de él, que también es paciente con nosotros y aguarda a que demos fruto. Dios no nos arranca como la cizaña del campo. Dios aguarda. Y mientras espera nos mira, y su mirada es como el sol que hace crecer las plantas.

A veces nos esforzamos mucho en vano, y no vemos resultado en nuestros afanes. A veces nos peleamos con nosotros mismos para cambiar, para ser mejores, para pulir nuestros defectos o potenciar alguna virtud. ¡Y siempre volvemos a caer en lo mismo!

Quizás necesitamos otra sabiduría distinta, otra actitud. Dios no nos pide que seamos lo que no somos, ni que hagamos imposibles. Dios nos ha dado, como a toda semilla, un enorme potencial para que crezcamos según nuestra naturaleza: humana y con un alma casi divina, inmortal y hambrienta de infinito. Tan sólo necesitamos dejarnos mirar por él, dejarnos modelar por él, dejar que su luz nos alimente y nos haga crecer. Bajo su mirada, nutridos por su amor, podremos desplegarnos y dar fruto. Necesitamos vivir con una actitud más serena y contemplativa: no es Dios el que tiene que volverse hacia nosotros; somos nosotros los que hemos de girarnos hacia él. 

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