viernes, 30 de septiembre de 2016

No endurezcáis vuestro corazón

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándole con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.


Qué fácil es creer en Dios cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe y todo parece marchar sobre ruedas. En cambio, cuando nos abruman los problemas y nos sentimos acosados por todas partes, la fe flaquea y es entonces cuando clamamos: ¿Dónde está Dios?

Este clamor es lo que el salmo llama poner a prueba a Dios. Parece que bajo el nubarrón de las dificultades olvidamos rápidamente que por encima luce siempre el sol; que una tempestad no puede borrar cientos de días de luz; que un bache no es todo el camino. Muchos dicen que Dios nos somete a prueba, como si fuera un amo autoritario que quiere castigar o jugar con la capacidad de resistencia de sus criaturas. ¡Qué lejos del Dios de Jesús, del Dios misericordioso que el Evangelio nos va desvelando!

La dureza del corazón va a menudo acompañada de la estrechez de mente. Si pusiéramos en una balanza lo que Dios nos da a un lado y las dificultades que sufrimos al otro, nos daríamos cuenta de que el fiel siempre se inclina del lado de Dios. Solamente la vida, el don de existir, pesa muchísimo más que todo el resto. Poder respirar, hablar, moverse; poder amar a alguien, poder recibir afecto, estos dones son tan inmensos que no deberíamos dejar que los golpes de la vida nos hicieran olvidarlos o incluso despreciarlos. Lo mejor que tenemos lo hemos recibido gratis, sin merecerlo. Quizás por eso, porque estamos tan acostumbrados, ya no sabemos valorarlo. Hemos dejado de asombrarnos ante el milagro de estar vivos y despertarnos cada mañana. El universo creado ha dejado de maravillarnos. La otra persona, la que tengo ahí, cerca, ha dejado de conmoverme. Aquí está la dureza de corazón, que se enquista y se pertrecha en la rutina y el hastío.

Por eso el salmista clama: ¡No endurezcáis vuestro corazón! El corazón tierno es siempre joven, vibra y se admira. Sabe leer en los acontecimientos de la historia y sabe descubrir, detrás de cada día, la mano amorosa del Dios que nos sostiene y nos salva. El corazón vivo palpita y se desborda en alabanzas.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Alaba, alma mía, al Señor

Salmo 145

Alaba, alma mía, al Señor.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Este cántico agradecido nos muestra por un lado cómo es Dios y, por otro, cómo podemos llegar a ser los humanos.

Para muchos descreídos, no es más que una oración de consuelo para quienes sufren. El canto de un pueblo tantas veces sometido resuena como eco en las vidas maltratadas por la enfermedad, el hambre, la pérdida o los daños provocados por otros.

El ateísmo ve en la religión un opio, una droga dulce que amansa a los oprimidos y los hace resignarse en su desgracia, con la esperanza vana de un Dios que vendrá a rescatarlos y a solucionar sus problemas.

Nada más lejos de la auténtica intención del salmista. Creer en Dios no adormece, ¡despierta! Para expresar una vivencia espiritual a menudo es necesario recurrir a la poesía. Y los salmos, en buena parte, son fruto de experiencias de profunda liberación interior. Brotan de la consciencia de que Dios, verdaderamente, “salva”.

¿De qué salva? En el fondo, todas las esclavitudes, más allá del mal físico, son consecuencias del mal. El hambre y la injusticia son consecuencias del egoísmo humano a gran escala. La ceguera de la obstinación, la cojera del miedo, la cautividad de la egolatría, la senda tortuosa del que maquina contra los demás… Todo esto son torceduras y heridas en la bella creación de Dios y en su criatura predilecta: el ser humano. Y Dios, que no nos ha dejado abandonados al azar, siempre vuelve a salvarnos del mal.

Con su amor y su predilección por los más débiles, Dios no sólo nos muestra su corazón de madre, sino también la parte más tierna, profunda y arraigada en la naturaleza humana. Dios actúa en el mundo por medio de nosotros. Sí, los hombres podemos ser crueles y perversos, pero también existe en nosotros la semilla del bien, de la misericordia, de la solidaridad. Podemos poner barreras y alambradas, pero también sabemos tender la mano a quienes piden auxilio.

Somos capaces de grandes hazañas y de hallazgos que pueden mejorar nuestras vidas. Trigo y cizaña crecen juntos hasta la siega… ¿Qué semilla vamos a regar para que crezca más fuerte en nuestro corazón?

viernes, 16 de septiembre de 2016

Alabad al Señor, que alza al pobre

Alabad al Señor, que alza al pobre

Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. 

El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre los cielos. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra? 

Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo.


En la religión del antiguo Israel y, después, en el Cristianismo, los pobres siempre han tenido un lugar especial. Podríamos decir que la atención al pobre, en nuestra fe, ya no sólo es un hecho ético y moral, sino un rasgo que nos acerca a Dios.

En otras culturas también se atendía a los pobres, pero en ninguna otra se oyó antes que los pobres fueran los favoritos, amados de Dios.

Israel fue un pueblo que sufrió continuas pruebas: persecución, conquistas, deportaciones, esclavitud y pobreza. Quizás por esto desarrolló un fuerte sentido de la solidaridad hacia los más desvalidos. El Dios en que confiaba era un Dios que no soportaba la miseria ni la injusticia.

Pero el pueblo israelita tampoco fue ajeno a los pecados propios de toda sociedad. Amós y otros profetas denunciaron con rotundidad la avaricia de los ricos y la opresión injusta sobre las gentes sencillas.

Con la fe de Israel también comienza otro concepto de la pobreza: el teológico. El pobre ya no es solo el desposeído, sino el que carece de arrogancia y autosuficiencia y se sabe desvalido ante Dios. En este sentido, todos somos pobres, lo reconozcamos o no. Y al que se siente pobre y miserable, despojado de todo orgullo, Dios lo elevará.

En el salmo hay un vivo contraste: Dios, que es todopoderoso y que está allá arriba, en su trono celeste, baja a la tierra, hasta hundirse en el barro. Y baja para mirarnos. Ese es el movimiento de nuestra fe, y motivo de confianza y alegría para todos: que no somos nosotros quienes tenemos que ascender, con esfuerzo, para alcanzar la plenitud. Es Dios quien desciende y viene a nosotros. Creamos, de verdad, que Dios no está lejos. A Dios le importamos. Somos especiales para él, hijos amados. Por muy desgraciados y rendidos que nos sintamos, él está a nuestro lado y nos ayuda a levantarnos: alza de la basura al pobre para sentarlo con los príncipes...

viernes, 9 de septiembre de 2016

Me pondré en camino hacia mi padre

Salmo 50

Me pondré en camino a donde está mi Padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. 


Hablar de pecado está mal visto. Las filosofías ateas lo presentan como un invento moral para reprimir nuestros impulsos más genuinos y controlar nuestras mentes. Sin embargo, el sentimiento de culpa, de haber obrado mal, existe. Y permanece por mucho que se niegue el valor de la moral cristiana.

Toda persona tiene lo que llamamos conciencia. Es una facultad universal que nos permite distinguir entre el bien y el mal. Pecado es elegir deliberadamente el mal. ¿Sus consecuencias? Una ruptura del hombre en sus relaciones fundamentales: consigo mismo, con los demás, con el mundo, con Dios. El pecado hiere la humanidad y mutila el alma. Por mucho que la sociedad o las filosofías modernas quieran eliminar el concepto de pecado, pueden taparlo o barrerlo del mapa, pero la realidad persistirá. Un mal cometido deja huella y tiene consecuencias. Nadie nos puede aliviar si la conciencia de culpa nos sigue mordiendo por dentro.

David compuso este salmo en un momento de dolor, cuando fue consciente del mal que había causado poseyendo a la mujer de Urías y enviando a éste a morir, al frente de sus tropas. Pasada la ofuscación del deseo, David comprendió el alcance de su pecado y lloró amargamente. Los versos del salmo son palabras de un hombre contrito, abrumado por el peso de la culpa. Y en ellos vemos un sincero anhelo de luz, de limpieza interior, de perdón.

El Papa Francisco compara el sacramento del perdón, no tanto con una lavandería que nos limpia la mancha del pecado, sino con un botiquín de campaña. El pecado es una herida que nos desangra y nos debilita. El pecado enferma nuestro espíritu y nuestro cuerpo, y contagia de dolor y pesar a cuantos nos rodean. El pecado, como un tumor, crece, nos quita las fuerzas y va deteriorando todo a nuestro alrededor. ¿Dónde está la medicina, el ungüento, el desinfectante y las vendas? En la misericordia de Dios.

Con su amor nos regenera, nos limpia y nos purifica. Con su dulzura alivia el dolor y alimenta el tejido de nuestra alma para que pueda volver a crecer, sano, y cicatrice. Muchos psicólogos o terapeutas quizás te digan: perdónate a ti mismo, ámate a ti mismo. Pero hay heridas que uno solo no puede sanar. Necesitamos que el otro, ese gran Otro amoroso que es Dios, nos sane por dentro. Necesitamos de su gracia. No somos impotentes, pero tampoco somos omnipotentes. Abrirnos a su amor nos restaura.

El corazón quebrantado es la herida abierta por la que puede entrar la misericordia de Dios. Por nuestras grietas entra la luz salvadora. Dice un refrán chino: cuando la casa está en ruinas, por el tejado puede verse la luna. Así mismo, cuando nuestro corazón está destrozado es cuando podemos atisbar los primeros rayos de esperanza.  

Saberse amado y perdonado por Dios no sólo nos sana por dentro, sino que nos llena de alborozo. Tanto, que nos impulsa a elevar un cántico de alabanza. De la pena por la culpa, los versos del salmo nos llevan a la alegría del perdón y la reconciliación con el Amor que nos sostiene siempre.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Señor, tú has sido nuestro refugio...

Salmo 89

R/.
 Señor, tú has sido nuestro refugio 
de generación en generación


Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia 
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R/.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Este salmo, con un tono sapiencial, nos confronta con una realidad de la vida: somos efímeros. Como la semilla, somos plantados, segados y morimos. «Calcular nuestros años» es una forma de decir: aprendamos a gestionar nuestro tiempo. Sepamos vivir con plenitud nuestro presente, minuto a minuto. Aprendamos a saborear nuestra vida, porque el tiempo corre y jamás vuelve atrás. No podemos pulsar una tecla de pausa, ni un replay para retroceder, repetir o corregir lo que ya pasó.

Ante la fugacidad de la vida sobreviene una angustia natural en todo ser humano. «Ten compasión de tus siervos», reza el salmo. ¿Qué le estamos pidiendo a Dios? El hebreo en el exilio o en la prueba rezaba, quizás, porque terminaran sus desgracias. Nosotros, hoy, rezamos para que se resuelvan nuestros problemas, podamos recuperar la salud, o solucionar un conflicto o una carencia que nos hace sufrir. ¡Ten compasión!

Pero Dios ya nos ha compadecido. Nos ha regalado el tiempo, y está en nuestras manos hacerlo fructificar. ¿Deseamos saciarnos de alegría? ¿Deseamos que nuestro trabajo dé fruto y que las obras de nuestras manos prosperen? Pongámoslo en manos de Dios. El que nos creó nos dará la fuerza, la sabiduría y la paciencia necesarias. Aprendamos de él, que también es paciente con nosotros y aguarda a que demos fruto. Dios no nos arranca como la cizaña del campo. Dios aguarda. Y mientras espera nos mira, y su mirada es como el sol que hace crecer las plantas.

A veces nos esforzamos mucho en vano, y no vemos resultado en nuestros afanes. A veces nos peleamos con nosotros mismos para cambiar, para ser mejores, para pulir nuestros defectos o potenciar alguna virtud. ¡Y siempre volvemos a caer en lo mismo!

Quizás necesitamos otra sabiduría distinta, otra actitud. Dios no nos pide que seamos lo que no somos, ni que hagamos imposibles. Dios nos ha dado, como a toda semilla, un enorme potencial para que crezcamos según nuestra naturaleza: humana y con un alma casi divina, inmortal y hambrienta de infinito. Tan sólo necesitamos dejarnos mirar por él, dejarnos modelar por él, dejar que su luz nos alimente y nos haga crecer. Bajo su mirada, nutridos por su amor, podremos desplegarnos y dar fruto. Necesitamos vivir con una actitud más serena y contemplativa: no es Dios el que tiene que volverse hacia nosotros; somos nosotros los que hemos de girarnos hacia él. 

Señor, tú has sido nuestro refugio...

Salmo 89

R/.
 Señor, tú has sido nuestro refugio 
de generación en generación


Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»
Mil años en tu presencia 
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna. R/.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R/.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R/.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos. R/.

Este salmo, con un tono sapiencial, nos confronta con una realidad de la vida: somos efímeros. Como la semilla, somos plantados, segados y morimos. «Calcular nuestros años» es una forma de decir: aprendamos a gestionar nuestro tiempo. Sepamos vivir con plenitud nuestro presente, minuto a minuto. Aprendamos a saborear nuestra vida, porque el tiempo corre y jamás vuelve atrás. No podemos pulsar una tecla de pausa, ni un replay para retroceder, repetir o corregir lo que ya pasó.

Ante la fugacidad de la vida sobreviene una angustia natural en todo ser humano. «Ten compasión de tus siervos», reza el salmo. ¿Qué le estamos pidiendo a Dios? El hebreo en el exilio o en la prueba rezaba, quizás, porque terminaran sus desgracias. Nosotros, hoy, rezamos para que se resuelvan nuestros problemas, podamos recuperar la salud, o solucionar un conflicto o una carencia que nos hace sufrir. ¡Ten compasión!

Pero Dios ya nos ha compadecido. Nos ha regalado el tiempo, y está en nuestras manos hacerlo fructificar. ¿Deseamos saciarnos de alegría? ¿Deseamos que nuestro trabajo dé fruto y que las obras de nuestras manos prosperen? Pongámoslo en manos de Dios. El que nos creó nos dará la fuerza, la sabiduría y la paciencia necesarias. Aprendamos de él, que también es paciente con nosotros y aguarda a que demos fruto. Dios no nos arranca como la cizaña del campo. Dios aguarda. Y mientras espera nos mira, y su mirada es como el sol que hace crecer las plantas.

A veces nos esforzamos mucho en vano, y no vemos resultado en nuestros afanes. A veces nos peleamos con nosotros mismos para cambiar, para ser mejores, para pulir nuestros defectos o potenciar alguna virtud. ¡Y siempre volvemos a caer en lo mismo!

Quizás necesitamos otra sabiduría distinta, otra actitud. Dios no nos pide que seamos lo que no somos, ni que hagamos imposibles. Dios nos ha dado, como a toda semilla, un enorme potencial para que crezcamos según nuestra naturaleza: humana y con un alma casi divina, inmortal y hambrienta de infinito. Tan sólo necesitamos dejarnos mirar por él, dejarnos modelar por él, dejar que su luz nos alimente y nos haga crecer. Bajo su mirada, nutridos por su amor, podremos desplegarnos y dar fruto. Necesitamos vivir con una actitud más serena y contemplativa: no es Dios el que tiene que volverse hacia nosotros; somos nosotros los que hemos de girarnos hacia él.