viernes, 9 de junio de 2017

A ti gloria y alabanza

Daniel 3, 52-56

A ti gloria y alabanza por los siglos.
Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,bendito tu nombre santo y glorioso.
Bendito eres en el templo de tu santa gloria.Bendito eres sobre el trono de tu reino.
Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos.
Bendito eres en la bóveda del cielo.

El salmo de hoy es un cántico del libro de Daniel, un libro profético que ahonda en la fe del pueblo de Israel. Una de las consecuencias de la fe y la confianza en Dios es la alegría. Los himnos de alabanza como este son efusiones, gritos de ¡viva!, lanzados al cielo; piropos a este Dios que se muestra tan cercano, tan entrañable, tan amoroso. Siendo grande y aparentemente inaccesible, se hace próximo y entra en la vida de los hombres. Los versos del canto lo describen en su trono celestial, rodeado de querubines, dominando la bóveda del cielo en medio de luz. Pero esta visión impactante surge de una experiencia muy íntima. Nadie puede cantar a Dios con tal expansión de alegría si no es porque ha vivido en carne propia la salvación.

El Antiguo Testamento nos va descubriendo poco a poco cómo es Dios Padre, la primera persona de la Santísima Trinidad. Pero en su presencia pueden intuirse las otras dos personas. Si Dios es amor, ¿cómo puede estar solo, alejado en su trono? Y si ama, esa fuerza amorosa es fuego que alienta y vivifica toda la creación. Los hombres del Antiguo Testamento descubrieron la grandeza de Dios Padre y su bondad con ellos. Jesús, el Hijo, terminará de descubrirnos que Dios no sólo está con nosotros, sino cerca de nosotros, entre nosotros. Con Jesús Dios se convierte en uno de nosotros.

Los himnos nos ayudan a rezar y pueden despertar nuestras emociones para sentirnos más unidos a este Dios que nos da la vida y nos sostiene. A menudo reducimos nuestra oración a pedir ayuda, para nosotros o para nuestros seres queridos. Otras veces damos las gracias por gracias y dones recibidos. Pero quizás estamos menos familiarizados con la plegaria de alabanza. Y esta, dicen los sabios judíos, es la forma más excelente de oración. Claro que Dios no necesita nuestros halagos, pero le alegra vernos contentos y una oración de elogio y alabanza es un regalo precioso que recoge en su inmenso, infinito corazón. La plegaria de alabanza no cambia a Dios, pero sí puede cambiarnos a nosotros y ayudarnos a vivir con más alegría y gratitud.

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