miércoles, 21 de junio de 2017

Que me escuche tu bondad, Señor

Salmo 68 

Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Por ti he aguantado afrentas, 

la vergüenza cubrió mi rostro. 

Soy un extraño para mis hermanos, 

un extranjero para los hijos de mi madre; 

porque me devora el celo de tu templo, 

y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. 


Pero mi oración se dirige a ti, 

Dios mío, el día de tu favor; 

que me escuche tu gran bondad, 

que tu fidelidad me ayude. 

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia; 

por tu gran compasión, vuélvete hacia mí. 
 

Miradlo, los humildes, y alegraos, 

buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. 

Que el Señor escucha a sus pobres, 

no desprecia a sus cautivos. 

Alábenlo el cielo y la tierra, 

las aguas y cuanto bulle en ellas. 

Hay salmos, como éste, que rezuman humanidad. Si los leemos despacio podemos sentirnos muy identificados con esa voz anónima del salmista que canta. Hoy este canto se convierte en queja, en denuncia, en protesta. Y también en súplica confiada.

Los cristianos no somos ajenos a los padecimientos de los apóstoles y de los profetas. Si nos tomamos en serio nuestra misión evangelizadora, ¿qué nos sucederá? Pues lo mismo que a Jesús y a los antiguos profetas, lo mismo que a los apóstoles. Muchos escucharán, pero muchos nos van a rechazar, nos despreciarán, nos girarán la cara y se avergonzarán de nosotros. Si nos devora ese celo, esa pasión por Dios y por su mensaje, vamos a toparnos con mucha incomprensión, y también con frialdad, ironía y burlas.

Y esto causa tristeza. No somos héroes, ni ángeles. Nuestro corazón no es de piedra y los golpes nos afectan. El día que nos sintamos mal, ¡no dejemos de rezar! Aprendamos que la oración es diálogo confiado, y en confianza podemos soltar todo lo que nos pesa en el corazón. En oración podemos increpar a Dios, podemos lamentarnos, podemos protestar y desahogarnos. Lo importante es que lo hagamos con él.

Porque Dios no rechaza nada nuestro, ni el llanto, ni la rabia, ni las quejas. Nuestras rabietas y angustias también son ofrendas para él. Cuando no tengamos nada más que ofrecerle, démosle también nuestras súplicas y nuestro dolor. Él lo recoge todo y lo transforma todo. Si una madre no desatiende a ninguno de sus hijos, nunca, ¿qué menos hará Dios? No sólo eso. Dios escucha en especial a los que quieren servirlo, a sus «cautivos», a los que están presos de amor por él, a sus enamorados, a sus valientes voceros en el mundo. Dios comprende su dolor, sus fracasos, su desánimo. Y los escucha. «Buscad al Señor y revivirá vuestro corazón.» Como un niño que, al caerse y hacerse daño, corre a buscar a su madre, busquemos a Dios. Él nos consolará y nos aliviará. Y bajo su mirada, bajo su abrazo, reviviremos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario