sábado, 17 de mayo de 2014

Que tu misericordia venga sobre nosotros

Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpar de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.


Con una imagen musical y festiva, este salmo nos invita a alabar a Dios en medio de cánticos. Quien piense que la religión es alto triste, una serie de normas morales que reprimen la alegría y la espontaneidad humana, anda bien errado. Los salmos de loanza son un buen ejemplo de ese gozo exultante que emana de aquellos que se saben amados y protegidos por Dios.

Misericordia, esa palabra tan poco comprendida, significa en su origen amor entrañable de madre. ¿Quién no ha contemplado a los niños jugar, alegres y despreocupados, en algún parque o en la playa? Juegan, gritan, ríen, porque saben que, discretamente, allí están sus padres, quizás sin intervenir, pero velando por ellos, mirándolos con amor. Así, el ser humano que vive bajo la mirada de Dios puede crecer y expandirse, ser creativo, ser audaz y alimentar el júbilo en su corazón. Porque sabe que un Padre amoroso lo cuida siempre: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles…”

Pero la fe no sólo aporta alegría íntima en la vida privada. El salmo precisa que Dios ama la justicia y el derecho. Dios combate el hambre y la muerte. Creer implica trabajar por un mundo donde toda persona encuentre su lugar y donde su dignidad sea defendida. Ser consecuentes con nuestra fe significa vivir y actuar de manera que, a nuestro alrededor, no haya hambre, ni material ni espiritual. Significa defender y optar por la vida. Vivir con una actitud compasiva no exige sólo “sentir”, sino obrar de una cierta manera.

El salmo dice que la palabra de Dios es sincera y todas sus acciones, leales. Otras traducciones dicen “fieles”. Dios es absolutamente coherente consigo mismo y con su amor. Nosotros, a imitación suya, estamos llamados también a ser sinceros y honestos, no solo en nuestras palabras, sino también en aquello que hacemos. Nuestra vida ha de ser transparencia de nuestras creencias más profundas. 

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