14 de noviembre de 2014

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos

Salmo 127, 1-5

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.


En este salmo hay una loanza doble: a Dios, que reparte sus bendiciones y que vela por nosotros «todos los días de nuestra vida», y al justo que sigue los caminos del Señor. A través de imágenes sencillas y expresivas, el salmista nos muestra qué dones recibe el que «teme al Señor»: son aquellos que todo hombre de aquella época podría considerar los mayores bienes: una esposa fecunda, un hogar próspero, hijos sanos y hermosos, salud y una descendencia numerosa. Hoy, tantos siglos después, también podríamos decir que este es el sueño de muchísimas personas: formar una familia, gozar de bienestar económico y vivir una vida larga y pacífica junto a los seres queridos.

Pero, ¿quién puede conseguir esta felicidad? ¿Quién es el que teme al Señor y sigue sus caminos? En lenguaje de hoy, no podemos comprender que haya que tener miedo de un Dios que es amor. Pero esa falta de temor tampoco nos ha de llevar al olvido y al descuido. Dios nos ama, pero también nos enseña. Nos muestra, a través de la Iglesia y especialmente a través de su Hijo, Jesús, cuál es el camino para alcanzar una vida digna, llena de bondad. Lo que hemos de temer es olvidarnos de él, ignorarlo, vivir a sus espaldas. ¡Ay de nosotros si apartamos a Dios de nuestra vida! Caeremos en la oscuridad y en el desconcierto, y comenzaremos a vagar a la deriva. Perderemos la paz, la armonía familiar y hasta los bienes materiales, tarde o temprano.

Los antiguos ya indagaron sobre qué debía hacer el hombre que buscaba una vida sana, dichosa y en paz. Muchos filósofos clásicos llegaron a la conclusión de que se podía alcanzar mediante la honradez y la práctica de las virtudes. También los israelitas creían que mediante el culto a Dios y el cumplimiento de sus mandatos, que no dejan de ser prácticas cívicas y virtuosas, podrían alcanzarla. Los cristianos, hoy, tenemos un camino aún más claro y directo: Jesús. Ya no se trata de aprender leyes o de leer muchos libros, sino de conocer, amar e imitar al que amó generosamente, hasta el extremo, y aprender a amar como él lo hizo: entregándose. Ese es nuestro auténtico camino.

Por eso este salmo, además de alabanza, es un recordatorio. Dios cuida de nosotros siempre, cada día que pasa. Y nos muestra el camino hacia la «vida buena», la que todos anhelamos en lo más profundo de nuestro ser, la que merece ser vivida.

7 de noviembre de 2014

El Altísimo consagra su morada

Salmo 45, 2-9

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios; el Altísimo consagra su morada.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar. 

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora. 

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra: pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.


La vida es un cambio continuo y a menudo nos envuelve la incertidumbre. Desde los albores de la humanidad el ser humano ha buscado sentido a su vida, ideales o áncoras espirituales donde hallar una certeza íntima, una seguridad que le permita construir sus sueños y levantarse con una motivación cada día.

En tiempos de crisis esta necesidad de certeza es aún mayor. Pero ¿en qué ponemos nuestra confianza? ¿Cuál es nuestro sustento espiritual? En otras palabras podríamos decir: ¿a qué o a quién adoramos? ¿Cuál es el puntal de nuestra fe?

Los pueblos de la antigüedad eran conscientes de los avatares de la vida y del destino final de todo ser humano. Mediante ritos y festejos buscaban formas de aplacar a los dioses, personificaciones de las potencias naturales y sobrenaturales que los sobrepasaban. La religión y la magia estaban estrechamente ligadas.

Israel comenzó a vivir otra experiencia. Su fe no se sustentaba en las fuerzas de la naturaleza ni en los poderíos humanos. Los creyentes de Israel comprendieron que todo cuanto existe, por grandioso que sea, está sujeto a un poder mayor: el del Creador que todo lo ha hecho y todo lo sostiene en la existencia. Lo que para otros eran dioses, para el israelita son criaturas, obras maravillosas de un ser trascendente y mucho mayor que su propia creación. Es en este Dios único en quien el hombre puede depositar su fe y su confianza. El mundo puede temblar y los montes pueden desplomarse en el mar, pero no Dios. La buena noticia es que ese Dios no es un tirano: Dios es amigo de la humanidad y le tiende su mano.

Dios existe y Dios está de nuestra parte: este es el mensaje que se desprende de la vivencia de Israel, reflejada en estos versos del salmo que cantan a un Señor todopoderoso. La expresión de los ejércitos no se refiere a una fuerza militar, sino a los ejércitos celestes, formados por los elementos de la naturaleza. Por eso más adelante oiremos que Dios pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe.

Sí, Dios está con nosotros, es nuestro aliado, nos sostiene y nos da la paz. Esta es la buena noticia y es la certeza que nos alegra y nos refuerza en los tiempos más difíciles. Es un Dios peña, un Dios alcázar, un Dios protector. Su ciudad somos nosotros, santuarios hechos de piedras vivas. Desde el bautismo somos templos consagrados a su amor. Cada uno de nosotros es una morada donde Dios quiere habitar. Y quien se deja habitar por él, verá cómo de su interior brotan ríos de agua viva, como dijo Jesús, o correrán las acequias por sus calles, como reza el salmo. Nuestra morada interior, abierta a su amor, se verá irrigada por torrentes de una alegría que no se agota.

17 de octubre de 2014

Aclamad la gloria del Señor

Salmo 95

R/.
 Aclamad la gloria y el poder del Señor

Cantad al Señor un cántico nuevo, 
cantad al Señor, toda la tierra. 
Contad a los pueblos su gloria, 
sus maravillas a todas las naciones. R/.

Porque es grande el Señor, 
y muy digno de alabanza, 
más temible que todos los dioses. 
Pues los dioses de los gentiles son apariencia, 
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R/. 

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, 
aclamad la gloria y el poder del Señor, 
aclamad la gloria del nombre del Señor, 
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas. R/. 

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, 
tiemble en su presencia la tierra toda; 
decid a los pueblos: «El Señor es rey, 
él gobierna a los pueblos rectamente.» R/.


Este salmo es un canto al Dios Altísimo, el Dios que el pueblo hebreo descubrió como creador y fuente de todo cuanto existe, superior a todas las criaturas de la Tierra.

En las religiones antiguas se deificaban las fuerzas de la naturaleza y las pasiones humanas. Los dioses se humanizaban y los hombres estaban sujetos a sus caprichos. El pueblo de Israel fue interiorizando una experiencia distinta: Dios está por encima de todo lo creado, por eso su poder y su gloria exceden toda maravilla. Más temible que todos los dioses, el Señor ha hecho el cielo. Solo él merece adoración y ofrendas.

La consciencia de este Dios superior despierta en el creyente una actitud de alabanza y admiración, y también de gratitud por todo lo que ha puesto en nuestras manos. Al mismo tiempo, hace al hombre humilde, le recuerda su condición frágil y mortal, sus límites y el amor que ha recibido.

De ahí que los profetas y los sabios hebreos terminaran rechazando la divinidad que se atribuían los reyes en las naciones que los rodeaban. El único rey, el único dueño, es Dios. Y su ley no es arbitraria ni favorable solo a unos pocos, sino que es justa y para todos.

Gratitud y humildad son dos actitudes bien alejadas del hombre autosuficiente de hoy. Al contrario, parece que en la sociedad priman la autosuficiencia y el orgullo del hombre o de la mujer hecha a sí misma. También hay una tendencia a pensar que todo está en nuestras manos y que nuestro poder no tiene otros límites que los que nuestra mente quiere ponerle. Esto nos puede llevar a verdaderos errores cuando tenemos éxito y a una sensación de fracaso y hundimiento cuando las cosas dejan de irnos bien. Bueno es recordar, como el salmista, que por el solo hecho de existir ya somos receptores de un amor inmenso, el de Dios que nos ha soñado y querido desde el momento de ser concebidos. Bueno es recordar que gozamos de muchísimos dones gratuitos que quizás no sabemos valorar.


Gratitud y humildad: estas dos actitudes nos llevarán a vivir de manera serena y confiada, tanto en los momentos de bonanza como en las épocas en que las tormentas se abaten en nuestra vida.

11 de octubre de 2014

Habitaré en la casa del Señor

Salmo 22

Habitaré en la casa del Señor por años sin término.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Para el pueblo de Israel, de origen nómada, la imagen de un pastor es muy expresiva: el pastor cuida de las ovejas, las lleva a buenos pastos, las defiende del peligro y ellas están seguras. Es una imagen que asociaron a Dios y, posteriormente, a sus reyes y gobernantes.

El pastoreo de Dios no es una autoridad opresiva, sino un cuidado amoroso. Estamos muy lejos de esa imagen arcaica y oscurantista de la religión, que ve la fe como un instrumento de represión que se vale del miedo. Al contrario, la fe en Dios nos da coraje, ánimo, alegría. Dice el salmista que la bondad y misericordia acompañan al que se deja guiar por él, todos los días de su vida.

Habitar en la casa del Señor es otra imagen hermosa y entrañable: no se trata de una mansión física, sino del mismo corazón de Dios. Habitar en su casa es vivir en su presencia, caminar bajo su mirada, contar con él en todo momento. “Casa” denota hogar, calidez, familiaridad. El Dios que Israel fue descubriendo a lo largo de su historia no era un ídolo lejano, caprichoso e insensible a las necesidades humanas. Era el Dios compasivo, amable y bueno, cuya imagen se aproximaba mucho al Dios Padre de Jesús de Nazaret.

Recitar los versos de este salmo con calma, conscientes de cuanto dicen, nos aporta paz interior, serenidad y valor. Dios nos guía hacia lo que realmente anhelamos. Como decía un sacerdote, ¿cuándo nos convenceremos de que Dios está empeñado, mucho más que nosotros, en que seamos felices? Dejémonos guiar por él. Confiemos en él. Y la copa de nuestra vida rebosará.

4 de octubre de 2014

Ven a visitar tu viña, Señor

Salmo 79

La viña del Señor es la casa de Israel.
Sacaste una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar, y sus brotes hasta el Gran Río.

¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?

Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.

No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.


La lectura de este salmo nos trae una serie de vigorosas imágenes simbólicas. Los mismos versos nos dan la clave del contexto histórico del pueblo de Israel cuando el salmista compuso este cántico. La vid es el pueblo elegido. Dios lo libera de la esclavitud, sacándolo de Egipto, y lo conduce hasta la Tierra Prometida. Allí, continúa el salmo, esta vid —el pueblo— se extiende, desde el Gran Río, el Jordán, hasta el mar.

Pero, ¿qué sucede años más tarde? Israel, tras un breve periodo de monarquía, ve cómo su reino sucumbe ante los invasores extranjeros. Su tierra es arrasada, Jerusalén destruida, sus habitantes deportados a Babilonia, cautivos. El salmo expresa el dolor del pueblo que, tras vivir el gozo de la promesa cumplida, experimenta luego la pérdida de todo aquello que recibió.

La viña saqueada es una imagen de la destrucción causada por la guerra y la invasión. Y el pueblo se pregunta el porqué. ¿Qué ha ocasionado tal devastación?

Los autores bíblicos buscaron explicaciones a cuanto les sucedía. Y  achacaron sus calamidades a la corrupción moral y al alejamiento de Dios. Hoy, podríamos reflexionar si buena parte de los problemas que afligen al mundo no son justamente causados por la falta de escrúpulos de muchas personas y su total indiferencia hacia Dios. Porque el rechazo a Dios conlleva, muy a menudo, el desprecio del hombre.

Pero a diferencia de hoy, en que muchos, incluso cristianos, pierden la fe o dudan de Dios, los israelitas jamás renegaron de su Señor. El salmo, que primero nos muestra una imagen desoladora del pueblo, continúa con estas invocaciones fervientes: Dios de los ejércitos, vuélvete,  restáuranos, sálvanos. Que tu rostro brille para nosotros, no nos des la espalda. A las peticiones, se añade una promesa de lealtad: “no nos alejaremos de ti”.

Aún podemos ahondar más en estos versos del salmo. Si los leemos a la luz del evangelio veremos que su significado es mucho más dramático e intenso. La viña puede ser imagen del mundo entero, y también de la Iglesia. Nacida como una pequeña vid, superando toda clase de obstáculos, se ha extendido por el mundo. Y, sin embargo, miramos a nuestro alrededor y vemos dolor, conflictos, muerte y violencia. Los cristianos son perseguidos y masacrados en algunos países. En las mismas instituciones religiosas se libran auténticas guerras internas. ¿Por qué Dios permite esto? La respuesta la encontraremos en el evangelio de hoy, donde Jesús recoge el tema de este salmo para explicar una parábola tremenda: la del amo de la viña, los viñadores y su hijo. Dios no abandona su viña: tanto la ama, que envía a su propio Hijo a cuidarla. Pero son los viñadores —nosotros, los humanos—, los que traicionan la confianza de su señor, la devastan y matan al Hijo. Hoy, muchos ignoran, pisotean la Iglesia y quisieran matar a Dios.


¿Qué hacer? Muchos buscamos respuestas y soluciones. Quizás la primera, y la mejor respuesta, se encuentre implícita en los versos de este salmo. Necesitamos a Dios. Necesitamos su cercanía, su rostro brillando para nosotros. Necesitamos contar con Él. En realidad, Dios nunca ha querido alejarse. Somos nosotros quienes necesitamos abrir nuestro corazón, nuestra mente, nuestro espíritu, y caminar con Él. Nos salvará una profunda y sincera conversión.

El Señor está cerca...