27 de febrero de 2026

Que tu misericordia venga sobre nosotros


Salmo 32


Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpar de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Con una imagen musical y festiva, este salmo nos invita a alabar a Dios en medio de cánticos. Quien piense que la religión es alto triste, una serie de normas morales que reprimen la alegría y la espontaneidad humana, anda bien errado. Los salmos de alabanza son un buen ejemplo de ese gozo exultante que emana de aquellos que se saben amados y protegidos por Dios.

Misericordia, esa palabra tan poco comprendida, significa en su origen amor entrañable de madre. ¿Quién no ha contemplado a los niños jugar, alegres y despreocupados, en algún parque o en la playa? Juegan, gritan, ríen, porque saben que, discretamente, allí están sus padres, quizás sin intervenir, pero velando por ellos, mirándolos con amor. Así, el ser humano que vive bajo la mirada de Dios puede crecer y expandirse, ser creativo, ser audaz y alimentar el júbilo en su corazón. Porque sabe que un Padre amoroso lo cuida siempre: «Los ojos del Señor están puestos en sus fieles…»

Pero la fe no sólo aporta alegría íntima en la vida privada. El salmo precisa que Dios ama la justicia y el derecho. Dios combate el hambre y la muerte. Creer implica trabajar por un mundo donde toda persona encuentre su lugar y donde su dignidad sea defendida. Ser consecuentes con nuestra fe significa vivir y actuar de manera que, a nuestro alrededor, no haya hambre, ni material ni espiritual. Significa defender y optar por la vida. Vivir con una actitud compasiva exige no sólo «sentir», sino obrar de una cierta manera.

El salmo dice que la palabra de Dios es sincera y todas sus acciones, leales. Otras traducciones dicen «fieles». Dios es absolutamente coherente consigo mismo y con su amor. Nosotros, a imitación suya, estamos llamados también a ser sinceros y honestos, no solo en nuestras palabras, sino también en aquello que hacemos. Nuestra vida ha de ser transparencia de nuestras creencias más profundas.

20 de febrero de 2026

Piedad, oh Dios, hemos pecado


Salmo 50


Misericordia, Señor, hemos pecado.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado; contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza.

Hablar de pecado hoy está mal visto. Las filosofías ateas lo presentan como un invento moral para reprimir nuestros impulsos más genuinos y controlar nuestras mentes. Sin embargo, el sentimiento de culpa, de haber obrado mal, existe. Y permanece por mucho que se niegue el valor de la moral cristiana.

Toda persona, además de cuerpo y mente, tiene lo que llamamos conciencia. Es el sentido del bien y del mal, común a todas las culturas del mundo. Entre una y otra civilización puede haber valores y criterios diferentes. Pero hay ciertos aspectos en los que todas las culturas y religiones coinciden y están de acuerdo. El bien existe, y el mal también. Pecado es toda actitud deliberada que daña al hombre y sus relaciones, ya sea con los demás, consigo mismo, con el mundo y con Dios. El pecado, fruto perverso de la libertad, hiere la humanidad y mutila el alma. ¿Es innata la conciencia? Si no se desarrolla, queda latente en la persona y es entonces cuando decimos que alguien no tiene escrúpulos. Pero si se educa y se cultiva, con respeto, esta conciencia es la que nos permite andar por la vida con unos principios éticos, favoreciendo una convivencia armoniosa y madurando nuestra humanidad.

David compuso este salmo en un momento de dolor, cuando fue consciente del mal que había causado poseyendo a la mujer de Urías y enviando a éste a morir, al frente de sus tropas. Pasada la ofuscación del deseo, David comprendió el alcance de su pecado y lloró amargamente. Los versos del salmo son palabras de un hombre contrito y apenado, abrumado por el peso de la culpa. Y en ellos vemos un sincero anhelo de luz, de limpieza interior, de perdón.

Notemos que la Biblia identifica con frecuencia el perdón con la salvación. También actuaba así Jesús cuando curaba a los enfermos. El perdón es liberación, es hacer borrón y cuenta nueva, ¡y nadie como Dios para olvidar y animarnos a empezar de nuevo! El perdón es también fuerza espiritual. Vemos que David pide un espíritu firme, santo, renovado. El pecado muchas veces es consecuencia de un alma débil, frágil y víctima de mil tentaciones. Por eso, en la oración, bueno es pedir a Dios que nos dé vigor espiritual para vencerlas. En esta Cuaresma, leer su palabra es alimento que nos puede ayudar en esta lucha.

Finalmente, el perdón trae alegría. "Devuélveme la alegría de tu salvación", dice David. Saberse amado y perdonado por Dios no sólo nos sana por dentro, sino que nos llena de alborozo. Tanto, que nos impulsa a elevar un cántico de alabanza. De la pena por la culpa, los versos del salmo nos llevan a la alegría del perdón y la reconciliación con el Amor que nos sostiene siempre.

13 de febrero de 2026

Dichoso el que sigue la ley del Señor


Salmo 118


Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón.
Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas.
Haz bien a tu siervo; viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes, y lo seguiré puntualmente. Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón.

En este salmo afloran conceptos que nuestra cultura de hoy tiende a contraponer e incluso a enfrentar: la ley y el corazón; la norma y la libre voluntad; la obediencia y la libertad. ¿Es posible reconciliarlos?

Para el hombre que compuso este salmo no había contradicción ni dilema. El salmista muestra su deseo vehemente y profundo de cumplir la ley del Señor, que alaba y reconoce como buena: «contemplaré las maravillas de tu voluntad». ¿Cuál es la bisagra, la amalgama que logra unir la voluntad de Dios y la humana? El secreto es simple y grande: el amor.

Una experiencia de amor logra conciliar el deber y el corazón. Aúna voluntades —la mía y la de Dios de la misma manera que el querer y el sueño de dos que se aman y miran hacia el mismo horizonte.

Quien se sabe intensamente amado por Dios, logra penetrar con lucidez en su auténtica ley —el amor— y hace suya, con total libertad y con pasión, la voluntad de Dios. Entra en una dinámica amorosa, en la que cumplir no es algo forzado ni superficial, sino un verdadero impulso del corazón.

A partir de una experiencia amorosa, mística, se pueden derivar mandamientos o prescripciones que pueden llevar a la vida cotidiana las consecuencias de ese amor. Si todos experimentáramos en propia carne este amor, no serían necesarias las normas ni las leyes. «Ama y haz lo que quieras», dijo san Agustín, en su ferviente radicalidad. «La ley es el amor», afirmó san Pablo, en repetidas ocasiones. Como Jesús, sabía bien que es muy fácil convertir la religión en un conjunto de normas a cumplir. Y qué fácil es reducir la fe a un cumplimiento formal, muchas veces incluso hipócrita, de los mandamientos que hemos aprendido de memoria. El gran enfrentamiento de Jesús con los fariseos fue justamente por este motivo. 

Jesús aceptó la ley, pero aclaró que ésta tuvo que ser establecida «por la dureza de corazón» de las gentes. Efectivamente, cuando el amor desaparece, la ley es necesaria para regular la convivencia y evitar el caos, las injusticias y el crimen. Pero cuando se alcanza la madurez humana y espiritual, cuando se vibra con una experiencia íntima de entrega y comunión, la ley humana sobra, es letra muerta, como decía san Pablo. Y pasa a ser sustituida por la libertad auténtica, una libertad responsable, consecuente, apasionada, movida por el soplo del amor.

6 de febrero de 2026

El justo brilla en las tinieblas



Salmo 111


El justo brilla en las tinieblas como una luz
En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres: su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad.

En los versos de este salmo leemos, por un lado un auténtico código moral y guía para la conducta humana. Se nos habla de la persona justa, que se compadece de los pobres, que reparte su riqueza y jamás se cansa de ayudar. El sentido de la solidaridad es fortísimo en la cultura hebrea y una constante en su devenir histórico.

El justo es elogiado y valorado, pero, además, el salmista recalca todas las bendiciones que recibirá. El mundo le recordará —“su recuerdo será perpetuo”—. No morirá en la memoria de las gentes. Sin pretenderlo, conseguirá permanecer vivo en el recuerdo, mucho más que quien solo busca su gloria.

“No temerá las malas noticias, su corazón está firme”. Será una persona que pueda resistir los embates de la vida, las tristezas, dolores y pérdidas que todos tenemos que afrontar. Y lo hará con ánimo firme, porque se apoya en Dios. No serán el poder ni la violencia los que le harán fuerte, sino esa confianza en Dios y su misma bondad.

“Alzará la frente con dignidad”: quien da amor sin reservas, quien no esconde egoísmos ni intereses, puede caminar por la vida con toda libertad y dignidad. No necesita aparentar lo que no es, ni esforzarse por ocultar sus egoísmos, ni disfrazar sus intenciones, porque es limpio y da generosamente lo que ha recibido.

Y estas personas —lo podemos ver, hoy y siempre, en nuestra propia vida— son personas luminosas, que irradian bondad, calidez, presencia de Dios.  No necesitan ser especiales. Quizás son pobres, o quizás no; pueden tener tantos problemas o más que cualquiera; tal vez estén enfermas, o incluso puede ser que sufran rechazo por parte de algunos… Pero la felicidad que desprenden ilumina su entorno. Porque nada puede tapar la bondad de un corazón sencillo, abierto y confiado, que transparenta la luz de Dios.

30 de enero de 2026

Dichosos los pobres en el espíritu

Salmo 145

Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.

En las sagradas escrituras, y muy especialmente en los salmos, Jesús encuentra un caudal para expresar el mensaje del Reino de Dios. Ya en el Antiguo Testamento vemos que el pueblo judío tenía un sentido de la justicia que sobrepasa en mucho las leyes humanas y nuestra mentalidad retributiva y un tanto mercantil.
La justicia de Dios es su amor magnificente e incondicional. El justo de Dios es el que reconoce a Dios tal como es, en su largueza y misericordia. Y puede aceptar su amor porque es humilde y se reconoce necesitado de Él. Este es el significado de la expresión “pobre en el espíritu”.
En este salmo podemos encontrar ecos de las bienaventuranzas. Vemos cómo Dios siempre está al lado de los que sufren, de los que viven oprimidos, perseguidos, hambrientos.
Muchos incrédulos podrían cuestionar: si Dios está con ellos, ¿por qué sufren? ¿No podría librarlos de los sufrimientos?
La respuesta está en el origen de tanto dolor. Hay un dolor inherente a la vida misma, como lo es el dolor de nacer, de morir y de perder a los seres amados. Pero hay muchos otros dolores causados por la injusticia y el egoísmo humano. Y en este caso, Dios ya nos da los medios para paliar el mal. Nos da capacidad, inteligencia y fuerza para combatir el sufrimiento, el hambre, las desigualdades sociales, la guerra… ¡Lo tenemos todo! También tenemos nuestra libertad. Y el uso que hagamos de ella tendrá sus consecuencias.
Cuando decidimos, libremente, obrar de manera que causamos daño a los demás, Dios sufre. Sufre y llora con los que padecen. Muere con ellos. No los dejará abandonados. La historia de la humanidad no puede leerse a corto plazo. En el transcurrir del tiempo encontramos sentido a los acontecimientos y vamos viendo cómo, a la larga, aquellos que prescinden de Dios y se rigen por su egolatría acaban sumidos en el vacío y en la muerte. Siempre ha sido así: el camino de los arrogantes acaba en un abismo. En cambio, a quienes cuentan con Él, Dios los sostiene y su huella deja un rastro de bondad que, a menudo, es imperecedero.