19 de julio de 2024

El Señor es mi pastor

Salmo 22


El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Las palabras de este salmo nos resultan muy familiares. Es, quizás, el más recitado y cantado de todos. Lo solemos escuchar en funerales, pero también en ocasiones más alegres y festivas. Es una oración de confianza total en Dios.

El salmo toma imágenes del antiguo testamento propias de los reyes, y las asocia a Dios. Así, en Israel un rey era considerado pastor del pueblo, guía y protector. El rey era ungido. La vara y el cayado son a la vez símbolo de realeza y de defensa, de protección.

Nos fortalece saber que Dios está ahí, cercano, como presencia amorosa que vela por nosotros. Sin embargo, buena parte de nuestra sociedad moderna, descreída, ha visto en esta fe un consuelo para mentes simples, o una invención para sentirse amparado por una seguridad ficticia. Además, la idea de que alguien nos “pastoree” es rechazada. El hombre maduro debe ser libre y autónomo, nadie tiene por qué guiarlo a ningún sitio: él mismo es su propio guía y director.

Sólo quien se deja guiar y confía en Aquel que le ama sabe cuán ciertas son las palabras del salmo. También hay que tener valor para confiar. Y confiar en Dios supone confiar en las personas que pone en tu camino, aquellas que sin interés alguno solo desean tu bien.

A veces los caminos de Dios parecen arriesgados; no son rectas fáciles que atraviesan llanuras, sino veredas que ascienden montañas escarpadas. La vida, para quien quiere vivir con autenticidad, no es siempre un mar plácido. Pero cuando se escucha y se cuenta con Dios, todo se puede superar. Con él, somos capaces de todo. “Todo lo puedo en Aquel en quien confío”, decía San Pablo. Y no sólo nos hacemos fuertes, sino que Dios, que nos ama, nos guía hacia lo que verdaderamente nos hace crecer, desplegar nuestro potencial, hacia lo que nos hace felices. A veces hemos de reconocer que él sabe mejor a dónde llevarnos. ¡Tan sólo necesitamos fiarnos!

12 de julio de 2024

Muéstranos tu misericordia, Señor



Salmo 84


Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor; “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”.
La salvación está cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo.

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

Las palabras justicia y misericordia, junto con salvación y fidelidad, son cuatro conceptos que se repiten, una y otra vez, en los salmos. Podríamos decir que son valores fundamentales del pueblo judío. Pero podemos hacerlos extensivos a toda la humanidad.

Para el hombre autosuficiente que entiende la libertad como independencia y autonomía total, de lo divino y lo humano, quizás estas palabras resulten incómodas y le chirríen. Misericordia suena a compasión. ¿De qué tiene Dios que compadecernos? ¿No es una forma de hacer que nos sintamos inferiores y desvalidos para, subliminalmente, dominarnos? La justicia es una palabra talismán, pero su significado varía según las épocas y contextos, y uno se pregunta si no estará en boca de todos porque precisamente es algo que falta, y mucho, en el mundo. Salvación: otro concepto del que queremos desprendernos. El hombre ya puede salvarse a sí mismo, ¿por qué necesita ser salvado por Dios, o por alguien que venga en su nombre? Y salvado, ¿de qué? En cuanto a la fidelidad… ¡qué mal se entiende! Si hasta parece que hoy lo que se valora y se aplaude es justamente lo contrario. Aunque, en el fondo de nuestro corazón, todos ansiamos que nuestros amigos y seres queridos nos sean fieles… y quizás no lo sabemos, pero tenemos verdadera hambre de ser fieles nosotros también.

Es importante que entendamos en profundidad estos cuatro conceptos para evitar caer en malinterpretaciones desconfiadas o en distorsiones de la fe.

Los salmos, como tantos otros escritos sagrados, se pueden entender si se leen en su contexto, conociendo y penetrando en la intención del que escribía. La clave para interpretarlos es simple y grande: el amor de Dios. Dios nos ama. Dios es cercano y se enternece mirándonos: esta es la misericordia, afecto entrañable de madre. Fidelidad es una cualidad inseparable del amor: el auténtico amor es para siempre, no falla. Cuando la misericordia y la fidelidad se encuentran, dice el salmo, brotan la paz y la justicia. ¡Y no al revés! Qué lección para tantas personas e instituciones que nos inquietamos por la paz en el mundo y la justicia social. Pensamos que una vez se instauren unas estructuras sociales justas y se legisle la paz, entonces la gente podrá crecer, amar y desarrollarse. Y es justamente lo contrario: sin amor, sin misericordia, sin una pasión profunda y firme por el ser humano, ni la paz ni la justicia, ni una economía solidaria, ni unos gobiernos responsables, nada de esto será posible. El amor siempre es lo primero.

Salvación es una palabra muy rica que no quiere decir mero rescate. El concepto abarca muchas dimensiones: paz, alegría, salud, prosperidad. Un mundo salvado será, entonces, aquel donde las gentes vivan pacíficamente, prosperen, dispongan de todos los recursos que necesitan para tener una vida digna y abundante, donde haya alegría y creatividad, donde las personas se amen y se busque el bien de los demás. ¿Utópico? Tal vez, pero también posible. Allí donde la gente se ama, esta utopía ya es una realidad. Miles de pequeños cielos se esparcen por el mundo, quizás de forma muy discreta, escondidos, poco conocidos… Pero ahí están. Donde se deja que Dios reine, donde el hombre es “amigo de Dios”, allí hay paz y alegría. Allí la humanidad está salvada.

5 de julio de 2024

Esperando misericordia

Salmo 122

R/. Nuestros ojos están en el Señor,
esperando su misericordia


A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. R/.

Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. R/.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos. R/.


Este salmo de súplica es muy conocido. Lo hemos cantado, seguramente, muchas veces, y quizás hemos rezado con estas palabras: ¡Misericordia, Señor, misericordia! Cuando uno se siente abatido y abrumado por los problemas, cuando nos parece que ya no podemos más, gritamos al cielo. ¡Dios mío, ten compasión! ¡Ayúdanos!
Somos como el niño, llorando y aterido de frío, que corre a buscar el regazo cálido de su madre.
E igual que el niño, que necesita sentir la presencia materna cerca, cuando nos encontramos desamparados buscamos la mirada de Dios. Necesitamos sentirlo cerca, necesitamos que nos mire. Necesitamos como el aire que respiramos su mirada amorosa, llena de compasión y comprensión. Una mirada que nos renueva y nos fortalece por dentro.
Quisiera centrarme ahora en la última estrofa. «Estamos saciados de desprecios… del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos». Todos hemos vivido algún momento, en nuestra vida, en que nos hemos sentido así. Nos duele el sarcasmo y la burla. Nos hiere el desprecio de quienes se sienten superiores a nosotros. Nos sentimos pisoteados, aplastados, reducidos a polvo cuando alguien nos atropella y nos falta al respeto. Cuando nos hace sentirnos poca cosa, o miserables. La moderna palabra ninguneados lo expresa muy bien. Para algunas personas, somos nadie.
Las heridas al yo son profundas. Porque nuestro yo, nuestra identidad, es el núcleo de nuestro ser. Y todos necesitamos sentirnos aceptados y respetados tal como somos, por ser así. Por desgracia, en nuestro mundo, muchas veces recibimos golpes. Comenzando por la familia, la escuela y nuestro entorno más cercano, y acabando en el mundo, en la sociedad, donde muchas personas ven ignorados o pisoteados sus derechos. Parados, desahuciados, sin techo, inmigrantes, refugiados, mujeres maltratadas o niños abandonados en su propio hogar… Todos ellos podrían entonar las palabras de este salmo. Quizás nosotros nos encontramos en alguna de estas situaciones.
El salmo nos invita a no desesperar. A mirar al cielo, aunque nos parezca desierto y vacío. A buscar la mirada de Dios. Él nos mira, no desde arriba. No desde su superioridad infinita, ni desde los cielos inabarcables. Él nos mira desde las profundidades, desde lo más hondo de nuestro ser. Él nos ve y nos sostiene, porque si no fuera por él, no existiríamos siquiera. En lo más oculto de nuestro corazón hay una fuerza inimaginable, una vida que viene de Dios. Y esa vida es amor puro, es aceptación, es misericordia, es gozo y es deseo de existir. Dentro de nosotros, en esa «morada», como diría santa Teresa, encontraremos la fuerza y la compasión que necesitamos. Y el empuje para salir adelante. Dentro de nosotros, en esa alma tan ignorada y desconocida que todos tenemos, encontraremos la mirada de Dios.

El Señor es compasivo y misericordioso