17 de septiembre de 2021

El Señor sostiene mi vida

Salmo 53


El Señor sostiene mi vida.

Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras.

Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios.

Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno.


«El Señor sostiene mi vida.» En estas palabras descansa nuestra fe y una actitud vital y existencial de confianza, llena de sentido.

Dios en la Biblia es visto como Señor de la vida, siempre viviente, el «Dios de vivos, y no de muertos», como dice Jesús. Desde un punto de vista filosófico, Dios es el que es, la perfección del ser, porque siempre ha sido, es y será, más allá de las limitaciones del espacio y del tiempo. Dios es el Ser con mayúsculas.

Por eso nos sostiene a nosotros en la existencia. Somos, dicen algunos poetas, una llama de la gran hoguera que arde de vida y que da origen a todo cuanto existe. Somos un soplo del aliento de Dios, somos una gota de su mar, un eco de su voz creadora. Acercarnos a él y a su misterio es volver a nuestros orígenes, es alimentarnos de nuestras raíces y encontrarnos con lo más genuino de nuestro propio ser.

Por eso, cuando las dificultades y los peligros nos amenazan, necesitamos regresar a esa áncora, a esa raíz que nos sostiene y evita que caigamos en la desesperación. Es en tiempos de crisis, tanto personal como social, cuando necesitamos un tiempo para hacer silencio, reflexionar y orar. Aunque nuestra oración no sea más que una súplica: «Oh Dios, sálvame por tu nombre. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras».

Dios siempre escucha, no lo dudemos. Otra cosa es que sepamos oír su respuesta. A veces calla, a veces se toma un tiempo en responder, porque quizás necesitamos calmarnos y aprender a ver las cosas con más lucidez… Otras veces puede ser que nos responda, pero que nosotros no sepamos interpretar su lenguaje y sus señales.

El salmo reitera la expresión «tu nombre». El nombre de Dios, que aparece en el Decálogo y en el Padrenuestro, por citar dos lugares conocidos por todos, es algo más que un nombre. Explica el Papa Benedicto en su libro sobre Jesús que nombrar a alguien significa que podemos dirigirnos a esa persona, podemos dialogar con ella, como un interlocutor. Podemos escucharla y amarla. «El nombre de Dios» nos remite a un Dios personal, un Dios cercano, amigo. No se trata de una energía cósmica o de un poder que podamos aplacar o dominar con ciertas artes o ensalmos. Dios siempre está más allá de nuestra dimensión limitada y temporal pero, al mismo tiempo, siempre está «más acá», en lo más íntimo de nosotros, sosteniendo nuestra vida, cuidándonos. Ni un solo cabello caerá, dice Jesús, sin que él lo sepa. Démosle gracias, con cariño, por su presencia amorosa.

10 de septiembre de 2021

Salmo 114 - Caminaré en presencia del Señor

Salmo 114


Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida».

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.


Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor.

El salmo relata una serie de circunstancias adversas. Ya sea por acontecimientos externos, o porque dentro de nosotros mismos descubrimos abismos tenebrosos, ¿quién no se ha sentido atrapado, angustiado, caído y envuelto «en redes de muerte»?

Es en esos momentos cuando podemos rebelarnos contra Dios o bien pedir su auxilio. El salmo dice que «el Señor guarda a los sencillos». Ante las dificultades de la vida, la persona orgullosa puede optar por afrontarlas sola, o bien por renegar de un Dios que permite tanto mal. Pero el sencillo de corazón, el que se siente pequeño y necesitado, pide ayuda. ¡Esa será su salvación! Porque Dios nunca ignora una súplica sincera. ¿Cómo podemos pensar que los males que azotan el mundo son voluntad suya? Es su ausencia la que causa dolor y desgracia en el mundo. Allí donde Dios es rechazado, cunde el dolor y la barbarie.

El salmo 114 es una llamada a la esperanza y a confiar en Dios, teniéndolo siempre presente en nuestra vida. Vivir conscientes de la presencia del Señor ha sido una constante en la vida de los santos. Y ese «país de la vida» es una hermosa expresión que no significa otra cosa que una existencia densa y llena de sentido, porque sabemos que Dios la ha querido y la ama.

19 de agosto de 2021

El Señor, amigo de la fiesta


Salmo 33

Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento,su alabanza está siempre en mi boca;mi alma se gloría en el Señor:que los humildes lo escuchen y se alegren. 

Los ojos del Señor miran a los justos,sus oídos escuchan sus gritos;pero el Señor se enfrenta con los malhechores,para borrar de la tierra su memoria. 

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra fe sus angustias;el Señor está cerca de los atribulados,salva a los abatidos. 

Aunque el justo sufra muchos males,de todos lo libra el Señor;él cuida de todos sus huesos,y ni uno solo se quebrará. 

La maldad da muerte al malvado,y los que odian al justo serán castigados.El Señor redime a sus siervos,no será castigado quien se acoge a él. 


De nuevo leemos este salmo 33, un salmo que expresa por un lado un deseo, y por otro la alegría de ver este deseo cumplido.

Los salmos son oraciones que nos resultan muy cercanas, por su humanidad y por los sentimientos que desprenden. Todos podemos reconocernos en ellos: angustia, petición de auxilio, alegría por la salvación, incluso actitudes que nos parecen poco cristianas se ven reflejadas en ellos: el deseo de premio para los buenos y castigo para los malos. Sabemos que Dios es un padre bueno que hace brillar el sol sobre justos y pecadores, como señaló Jesús. Pero nuestro anhelo de justicia es muy humano, y la Biblia lo recoge. Por otra parte, también es cierto que quien lleva una vida ordenada, buena y justa, acaba recogiendo buenos frutos, y que quien anda “torcido” acaba topándose con las consecuencias de sus actos, muchas veces. En cierto modo, todos recogemos un poco lo que sembramos, aunque no siempre sea así.

Pero en este salmo destaca la alegría y la gratitud. Cuando pedimos ayuda al cielo, Dios nunca hace oídos sordos. Quizás tarde un poco en responder, o responda de manera diferente a como imaginábamos, pero su ayuda no dejará de llegar. La persona que se siente bendecida y apoyada, más allá de merecerlo o no, reconoce la mano de Dios en su camino y estalla en alabanzas: «Bendigo al Señor en todo momento… que los humildes escuchen y se alegren».

¿Por qué los humildes? Porque es necesaria la humildad para darnos cuenta de que muchas de las cosas buenas que disfrutamos no son necesariamente un premio a nuestros esfuerzos, ni un resultado de nuestro trabajo, sino un regalo del cielo. Lo más importante que tenemos, la vida, los seres amados, el planeta donde vivimos y la consciencia con que podemos disfrutarlo, todo es un don. No nos lo hemos dado a nosotros mismos. Tampoco nos hemos dado nuestras aptitudes, nuestros talentos, nuestros recursos. Quizás hemos logrado superar una crisis o una dificultad con nuestro esfuerzo e ingenio. Pero ¿quién nos dio la inteligencia y las fuerzas para lograrlo?

Esta humildad nos ayudará también a ser más sensibles y solidarios con los demás. Entenderemos sus penas y sus desafíos, como los nuestros, y los ayudaremos. La ayuda de Dios con frecuencia viene por manos humanas; nosotros también podemos ser «manos de Dios» para otros.

Finalmente, quisiera destacar el estribillo que cantamos hoy: Gustad y ved qué bueno es el Señor. La presencia de Dios en nuestra vida no es algo imaginario, puramente espiritual, que podemos intuir o presentir sólo en nuestro corazón. Gustar y ver son dos verbos sensoriales: hablan de los sentidos físicos: sabor, vista. Un pequeño libro precioso habla de gustar, ver, oler, oír y tocar a Dios. Sí, Dios se puede tocar, oler, saborear… Porque sus bienes no son meramente espirituales, sino también materiales. Él nos ha hecho corpóreos y nos ha dado una vida en un universo físico, lleno de bellezas palpables. Dios no nos va a ayudar solamente con impulsos, deseos e ideas, sino con hechos y cosas que podemos ver y tocar. Y nos regalará el deleite, que, al igual que la salud, es una cualidad de su Reino. Si alguien creyó que Dios era muy serio y enemigo de las fiestas se equivocaba. La alegría, el placer y el disfrute son de Dios. La fiesta es de Dios.

29 de julio de 2021

El Señor les dio un trigo celeste



Salmo 77


El Señor les dio un trigo celeste.

Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder.

Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste.

Y el hombre comió pan de ángeles, les mandó provisiones hasta la hartura. Los hizo entrar por las santas fronteras, hasta el monte que su diestra había adquirido.

Este salmo recuerda el episodio del Éxodo en el que el pueblo israelita pasaba hambre y clamó contra Moisés y Aarón: «Nos habéis sacado de Egipto, donde nos hartábamos, para morir de hambre en este desierto». Entonces Dios les envió el maná, con el que se alimentaron durante su largo periplo.

El salmo no recuerda el descontento del pueblo, sino la gratitud ante el poder de Dios y su bondad. De nuevo la Biblia nos muestra un Dios providente y provisor, como la madre que alimenta a sus retoños. Y lo hace mostrando su poder, pues en sus manos está el obrar prodigios y hacer llover pan del cielo.

Vemos aquí al mismo Dios del Génesis, que se preocupa por el alimento y el vestido de sus hijos. Es una imagen que nos muestra un Dios cercano, humano y sensible a nuestras necesidades materiales.

Penetrando en el mensaje tras estas líneas, podemos pensar que, ciertamente, y sin necesidad de prodigios, Dios nos alimenta con “trigo celeste”. ¿Acaso no es el creador del mundo y de la vida? El mayor milagro es que exista el universo, y dentro de él, un planeta verde y fértil con una naturaleza generosa y abundante que puede alimentar a todos los seres vivientes. Pero en este planeta ha surgido otro milagro aún mayor si cabe: una consciencia maravillosa y creativa, la mente humana. Con la riqueza de la naturaleza y nuestra mente podemos vivir una vida plena y digna.

Todo cuanto tenemos, desde el aire hasta el alimento, desde el aliento vital hasta la inteligencia de nuestro cerebro, es puro don. Si recordamos esta realidad, si sentimos que todo es regalo de Dios, nos será fácil comprender el espíritu de este salmo: la gratitud. Y de ahí se desprende otra actitud: el respeto hacia todo lo creado, el cuidado de la naturaleza, una ecología sana que nos hará comprender que no somos dueños, sino administradores, y que no podemos explotar impunemente ni abusar de los recursos que están a nuestro alcance.

Agradece y canta quien es consciente de que ha recibido mucho. El salmo utiliza verbos muy expresivos: oír, aprender, contar. Son los verbos que caracterizan el testimonio, el anuncio, la noticia. Quienes no vieron cara a cara el prodigio, lo escucharon de sus padres y lo hicieron parte de su vida. Ese es el sentido profundo de “aprender”. Y cuando algo forma parte de ti, algo importante que te construye como persona y que marca tu historia, no puedes menos que anunciarlo, comunicarlo, esparcirlo. 

Así es como se consolida la fe de un pueblo y cómo se genera una cultura. A partir de una experiencia impactante y liberadora, contada y recordada por generaciones, el presente queda vinculado a un pasado y proyectado a un futuro. La experiencia fundacional de Israel es esta: la de un Dios liberador y providente, que jamás desatiende el clamor de su criatura. 

1 de julio de 2021

A ti levanto mis ojos

Salmo 122


Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos.

Hay una canción tradicional de nuestra liturgia que canta los versos de este salmo, tomando como estribillo el primero: «A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. A ti levanto mis ojos porque espero tu misericordia».

Es una canción de súplica, que brota de labios del hombre cansado, abatido, esclavizado. El salmo repite la palabra “esclavo”, y en él se da un movimiento ascendente. Desde la profundidad del abismo, cuando el hombre ha tocado fondo y ya no puede descender más, entonces es cuando lo único que le queda es alzar los ojos al cielo.

Clavamos los ojos en el cielo porque esperamos auxilio y compasión. Lo peor que puede sucedernos no es tanto vivir abrumados por los problemas, sino sentirnos solos. La soledad, el sentimiento de desamparo, nos impulsa a pedir ayuda. Y cuando parece que el mundo no responde, sólo nos queda volvernos a Dios.

Decía un sabio: «Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo». Es en esos momentos de soledad y miseria cuando podemos acercarnos más que nunca al que nos ama y no nos abandona jamás. Para muchos, las tribulaciones son motivo para perder la fe. Para otros, en cambio, el sufrimiento es un camino que los acerca a Dios.

¿Por qué es así? Quienes se alejan de Dios por el dolor acaso piensan que Él es culpable de todo cuanto les sucede, como si fuera un señor tiránico que juega con sus criaturas a capricho. O piensan que Dios está lejos y es indiferente a sus dificultades. O bien, como tantas personas, deciden que Dios no existe y no vale la pena acordarse de él. El hombre es arrojado a su destino, por el azar o la necesidad, y debe afrontar a solas su tragedia existencial.

En cambio, quienes se acercan a Dios a través del dolor lo hacen a través de la humildad. Han comprendido que el hombre no es todopoderoso, pero sí libre, y que el mal es una consecuencia de sus decisiones. No culpan a Dios, reconocen la propia responsabilidad en el mal y sufren las consecuencias de los propios fallos. Pero reconocer esta fragilidad no los lleva a la desesperación. Como San Pablo, descubren que en su debilidad está su fuerza porque cuentan con una ayuda, un apoyo extraordinario que supera toda flaqueza humana. La misericordia, como reza otro salmo, borra todas las culpas y permite empezar de nuevo. Cuando parece que no pueden más, reciben una fuerza interior enorme que les hace sonreír ante la tormenta y tomar las riendas para seguir caminando.  «Todo lo puedo en Aquel que me conforta», decía San Pablo. En él, lo podemos todo.

El salmo habla también del desprecio y el sarcasmo de los orgullosos, de los autosuficientes que, en su riqueza, se burlan del pobre y del débil. Podemos leer estos versos en un plano social y material: los ricos se regodean en su fortuna y desprecian a los pobres. Pero también en un plano espiritual: el hombre que cree no necesitar a Dios a menudo es arrogante y desprecia a quien se siente débil y busca ayuda en lo alto. Muchos ateos muestran conmiseración hacia los creyentes, a quienes consideran almas débiles que buscan consuelos ilusorios. La autosuficiencia espiritual puede ser fruto del orgullo, del creerse tal vez superior, semejante a un dios. Quizás mientras las cosas le van bien podrá envanecerse en su pedestal; el día que la vida lo someta a pruebas tal vez comprenderá mejor a los que sufren, vislumbrará su verdadera medida humana, sus límites, y verá la necesidad de elevar los ojos al cielo. 

El Señor es compasivo y misericordioso