25 de agosto de 2023

Señor, no abandones la obra de tus manos

Salmo 137


Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre.

Por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


En un mundo autosuficiente, donde Dios parece que sobra, donde el hombre tiene poder y cree dominar la naturaleza, este salmo resuena con voz extraña y bella, como el gorjeo del agua de un manantial podría sonar en medio del rugido de una gran urbe.

Frente al hombre libre y poderoso, la voz del salmo es la de quien se ha sentido pequeño y limitado. No somos dioses. Sentimos miedo y palpamos nuestra debilidad cuando los problemas nos acucian y tensamos nuestros límites.

Pero tampoco es la voz trágica del hombre que se siente juguete a merced del destino, del azar, o de un dios caprichoso. Porque los salmos son el canto del hombre que no sólo cree, sino que confía en Dios.
Un Dios eterno, no sólo omnipotente, sino bueno, capaz de enternecerse, de amar, de sufrir por su criatura, es la respuesta al vacío existencial que tan a menudo nos ataca cuando rozamos nuestros límites y todo parece perder sentido. 

Confiar en Dios acrecienta el valor. El alma abatida revive, apoyada en la certeza de saberse amada. Y el amor auténtico, el amor infinito, propio de Dios, es leal y firme. “Supera tu fama”, dice el salmista. El amor de Dios llega más lejos de lo que podamos imaginar.

Dios, continúa el salmo, se fija en el humilde y conoce al soberbio. ¡Cómo no va a conocernos, pues él nos hizo! Conoce también los entresijos y tentaciones de nuestra alma, tan dada a la soberbia cuando las cosas nos salen bien, tan propensa a la tristeza cuando se nos tuercen. También podríamos decir, desde la otra perspectiva: el soberbio no conoce a Dios. Quiere barrerlo de su vida, porque aparentemente no lo necesita. O quizás, en su soberbia, se fabrica la imagen de un dios irreal, a su propia imagen de humano enaltecido en su vanidad, ebrio de su inteligencia y poder. Siempre ha habido en la humanidad esa tentación de divinizarse, de hacerse dios.

En cambio, el humilde sí conoce a Dios, porque su mente y su corazón están abiertos. En la necesidad experimentamos la lucidez del realismo y abrimos las manos para recibir ayuda. Y Dios da mucho más que ayuda, consuelo y apoyo. En realidad, se nos da a sí mismo. Todo su amor en nuestras manos. Y todo nuestro ser puede reposar en su pecho amoroso. De ese abrazo místico afloran las palabras de agradecimiento y de alabanza. ¡Somos amados! Como las de este salmo.

18 de agosto de 2023

Que todos los pueblos te alaben

Salmo 66


Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe.


En nuestro mundo, donde la crítica y la maledicencia tienen gran protagonismo, parece que alabar es algo extraño, fuera de lugar o propio de una beatería desfasada.

Los salmos nos hablan continuamente de alabanza. Muchos de ellos son justamente esto: bendecir —decir bien—, cantar, ensalzar a Dios. Cuán poco valoramos la alabanza hoy. O la confundimos con la lisonja, o pensamos que es propia de mentes simples e ingenuas.

Santa Teresa recordaba a sus monjas: «Hermanas, una de dos; o no hablar, o hablar de Dios». Sabía, como mujer sabia y con una larga experiencia, que en toda comunidad humana no hay vicio más tentador que el cotilleo, la crítica, el sacar los trapos sucios del vecino para hacerlos correr. Hoy, vemos programas televisivos y revistas dedicados enteramente a este pasatiempo.

¡Y nuestro tiempo es demasiado valioso para perderlo así! Midamos nuestras palabras. Ojalá cada una de las que pronunciamos estuviera llena de vida y fuera pensada, consciente, bien intencionada.

Pero, ¿a quién alabar? En el plano humano, nos cuesta alabar los méritos de los demás y muy fácilmente caemos en la envidia, en el servilismo o en la adulación. El salmo de hoy nos invita a alabar a Dios. ¡Hemos recibido tanto de él! Es un Dios generoso y benévolo que nos da lo que nadie más puede darnos: la vida, el tiempo, el alma, la energía y todos nuestros talentos. Pero, además, nuestro Dios se da a sí mismo. Y a quienes se abren a Él, les llueven las bendiciones. Dios es como el sol: podemos cerrar las puertas y dejar que nuestra morada interior permanezca a oscuras. Pero si abrimos las puertas y ventanas del alma, ¡cuánta luz entrará! 

Ojalá toda la humanidad dejara entrar a Dios en su interior. Porque entonces, como dice el salmo, él regiría todas las naciones con justicia. Allí donde realmente está Dios, no hay guerras, ni odio, ni hambre. En otras palabras, donde se deja entrar a Dios, reina su única e imperecedera ley: la del amor.

4 de agosto de 2023

El Señor reina altísimo sobre la tierra


Salmo 96

El Señor reina, altísimo sobre la tierra.

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.

Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria. 

Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses. 



Cuando Dios reina, la tierra goza. ¡Qué hermosa manera de decir que la gloria de Dios es la alegría del mundo! Dios no se encumbra para abrumar a la creación con su poder. Su mayor deseo, su triunfo, es ver cómo el mundo, la tierra, las fuerzas naturales y los seres vivos crecen, florecen y se expanden. Dios se vuelca en su obra y ella es su mayor glorificación.

Los salmos son oraciones muy encendidas, pero nada espiritualistas. No se despegan de la vida real. Los salmos son cánticos a ras de tierra, y es desde este arraigo que pueden elevarse al Creador. El salmista se asombra y se estremece contemplando la tormenta, los montes y las estrellas. Admira la naturaleza visible que le rodea, y ve en ella algo más que rocas, árboles y nubes. Ve la mano de su autor, que es mucho más que su propia obra. Es fácil, ante la belleza del mundo, caer en la adoración de la naturaleza, la "madre tierra" y las criaturas. Muchas religiones antiguas, así como las modernas corrientes ecológicas y místicas, tienden a divinizar el mundo natural. Identifican a Dios con su obra y convierten en dioses las realidades físicas. 

Israel aprendió a distinguir. "Tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses". El mundo creado es maravilloso, pero no debe confundirse con su Creador. Una pieza musical es sublime, pero no es lo mismo que su compositor; un cuadro es una obra de arte, pero no es lo mismo que el pintor. Si la obra es admirable... ¿qué decir de su autor?

Entre todas las obras creadas por Dios, estamos nosotros. Los humanos, capaces de trascender y preguntarnos por nuestro origen y el de todo cuanto existe. Desde la contemplación sosegada podemos intuir una mano amorosa, una voluntad que ha querido que existiéramos, junto con toda la creación. Somos la corona de Dios. Como decía san Ireneo: "La gloria de Dios es la vida del hombre"

Gustad y ved qué bueno es el Señor