Salmo 125
El Señor ha estado grande con
nosotros, y estamos alegres.
Cuando el Señor cambió la
suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua
de cantares.
Hasta los gentiles
decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con
nosotros, y estamos alegres.
Que el Señor cambie
nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando, llevando
la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.
Hoy nos encontramos con
un salmo exultante, gozoso, agradecido. Es el cántico del pueblo —de la
persona— que se siente amado por Dios y ve cómo Él ha intervenido en su vida.
Las imágenes del salmo
son hermosas. Los torrentes del Negueb, como todo arroyo que corre por el
desierto, pueden pasar meses de sequía, con sus cauces arenosos y estériles. Y, cuando llegan las lluvias, en cambio,
bajan caudalosos. Dios es la lluvia que transforma nuestras vidas.
Otra imagen del salmo nos
recuerda aquel evangelio del sembrador. Dice el salmista: «al ir, iba llorando,
llevando la semilla». Sembrar es trabajo duro e incierto. ¿Crecerá una buena
cosecha? Esto mismo podemos preguntarnos nosotros, los cristianos de hoy,
cuando nos afanamos en nuestras tareas pastorales, colaborando en parroquias o
movimientos. ¿Dará fruto todo nuestro esfuerzo? Tal vez el panorama que vemos
nos desanime y nos haga llorar. Pero pongamos todo nuestro afán, nuestro trabajo,
nuestros anhelos, en manos de Dios. El labrador hace su trabajo, pero el cielo
también cumple su parte. Es Dios quien, finalmente, hará florecer nuestros
esfuerzos. Y entonces, llegará el día en que alguien, quizás no la misma
persona que sembró, recogerá las espigas con alborozo.
La persona que reconoce
todo cuanto hace Dios en su vida se ve colmada de gratitud. Y del
agradecimiento brota la alegría. Podríamos decir que una persona alegre es una
persona agradecida. Se sabe pequeña y limitada, y sabe reconocer las cosas
grandes que Dios ha hecho por ella. Por eso, se siente pobre y rica a la vez.
Pobre en sus propias fuerzas; rica en dones recibidos. Esta humildad, lejos de
encogerla y de oprimirla, ensancha el corazón, ilumina el rostro y abre la boca
para entonar una alabanza.