21 de julio de 2011

Cuánto amo tu voluntad, Señor

Salmo 118
¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Mi porción es el Señor; he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata.
Que tu bondad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré y mis delicias serán tu voluntad.
Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira.
Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma; la explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes.

En los versos de este salmo podemos ver bien unidos dos conceptos que, aparentemente, nuestra cultura ha contrapuesto: la cabeza y el corazón. La inteligencia y la pasión a menudo son consideradas incompatibles. Sin embargo, leyendo la Biblia, y leyendo en profundidad nuestras vidas, nos daremos cuenta de que la verdadera sabiduría siempre va de la mano del amor.
El pueblo hebreo sabía el gran poder de la palabra, como expresión del pensamiento y de la libertad. La palabra de Dios se convierte así en expresión de su misma voluntad. Escuchar, sinónimo de obedecer, es una prioridad en la fe judía. Atender los “mandatos” del Señor, su ley, es fuente de paz, alegría y prosperidad. Porque los “preceptos” del Señor no son leyes arbitrarias, como las humanas; tampoco son normas injustas que empequeñecen a la persona, sino que la engrandecen y la iluminan. Como dice el salmo, “dan inteligencia a los ignorantes”.
Conjugar la voluntad propia con la de otro es algo que nos resulta muy difícil. Más aún si se trata de aunarla con la de Dios, al que a menudo consideramos lejano y exigente. Por eso, en nuestra pequeña y mezquina visión, nos pasamos la vida intentando esquivarla, escuchándola “a medias”, o adaptándola a nuestra conveniencia, llegando a distorsionarla. Quizás nos falta oración, silencio y apertura de alma para comprender que la voluntad de Dios es nuestro gozo y nuestra plenitud. ¿Quién, más que Él, desea lo mejor para nosotros? Quizás nos falta confianza en su amor.
El poeta de este salmo no duda. Confía en la bondad de Dios y llega a decir unas palabras que bien podríamos oír en boca de Jesús: “mis delicias serán tu voluntad”. Nosotros las pronunciamos en el Padrenuestro, quizás aprisa y sin ser muy conscientes. "Hágase tu voluntad". Repitamos despacio esta frase, sintiendo todo lo que significa. Sólo quien ama intensa y totalmente puede pronunciarla de corazón. Cuando dos se aman, la voluntad de uno y otro son la misma. Y ese amor enriquece el alma y la hace sabia.
En el evangelio de hoy, Jesús recogerá  esta idea y la explicará en forma de parábolas: el reino de Dios es un tesoro escondido en el campo, una perla preciosa, la buena pesca del mar… Quien encuentra estos bienes, es capaz de renunciar a todo por ellos. Porque ha encontrado la riqueza más valiosa.

1 de julio de 2011

Bendeciré tu nombre por siempre

Salmo 144
Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás.
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan.

Es asombroso comprobar cómo la sensibilidad de los salmistas nos dibuja la imagen de Dios que nos revela Jesús. En los evangelios encontramos eco de muchos salmos, que Jesús conocía y solía recitar; y en los salmos hallamos verdaderas joyas de sabiduría que nos muestran cómo es Dios.
La piedad, tantas veces mal entendida, es una cualidad de ese amor entrañable de Dios. Es la virtud del estar atento, velando, cuidando, apoyando y dando ánimo. Es la actitud de sostener al que va a caer, de enderezar al que se dobla. Dios no espera que nos equivoquemos y pequemos para castigarnos. Al contrario, nos sostiene y nos ayuda a caminar erguidos. La piedad jamás se ensaña contra el débil. Si la justicia de Dios tiene un nombre, ése es el de la bondad.
Lejos de esa imagen tremenda, poderosa, lejana y aterradora, la imagen del Dios tirano del que hay que deshacerse para ser libre, según las filosofías de la sospecha, este salmo nos muestra  un Dios cariñoso, próximo, como un padre bueno. “Lento a la cólera y rico en piedad”, ¡cómo deberíamos imitar los hombres esta cualidad de Dios! A veces queremos ser tan justicieros, nos sentimos tan indignados ante la realidad del mal, que olvidamos que Dios, antes que juez, es nuestro defensor. Defensor de todos, incluso de los más pecadores.
Como el Papa nos recuerda a menudo, acercarse a Dios, fiarse de él, confiar nuestra vida en sus manos, no nos recorta, ni nos anula, ni coarta nuestra libertad. Al contrario, arrimarse a Dios nos hace crecer y alcanzar toda nuestra plenitud humana y espiritual. Caminar a su vera nos llevará mucho más lejos de lo que nuestras fuerzas podrían soportar. Y nos maravillaremos, día tras día, de su bondad espléndida y su exquisito cuidado hacia nosotros, sus criaturas. Sus hijos. De la consciencia de sentirse tan amado, brotarán versos en los labios, como los de este salmo.

22 de junio de 2011

Te sacia con flor de harina

Salmo 147
Glorifica al Señor, Jerusalén.
Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti.
Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz.
Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos.

En esta fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, recordamos que Jesús, Dios hecho hombre, se nos hace también pan. Él es la flor de harina que alimenta nuestra hambre de infinito y su palabra nos refuerza cada día.
La fe hebrea siempre se ha dirigido a un Dios cuyo rostro se vuelve hacia la humanidad. Un Dios que dialoga, que pide, que escucha, que actúa en favor de sus criaturas. Un Dios, en definitiva, que interviene, por amor, en los asuntos humanos. No es indiferente a cuanto sucede en el mundo.
¿Y de qué manera interviene Dios en la historia de la humanidad? El salmo lo expresa claramente.
Dice que Dios  “ha reforzado los cerrojos de tus puertas”, es decir, protege y defiende a quienes lo aman. 
Continua el salmo: “ha bendecido a tus hijos…” Bendecir es una constante en Dios. Colma nuestros deseos, llena nuestra vida. Los versos siguientes hablan de esta abundancia: “Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina”. Dios es quien da la ansiada paz y quien nos proporciona cuanto necesitamos para vivir. No sólo lo justo, sino lo mejor de lo mejor: “flor de harina”. Lo más delicioso, lo más deseable, eso nos tiene reservado a quienes nos abrimos a su don.
Pero Dios no se limita a ayudar, proteger y conceder prosperidad. Hace algo aún más grande, porque con esto se pone a nuestra altura y nos eleva a la suya: Dios se comunica, habla con nosotros, nos transmite su palabra. “Él envía su mensaje a la tierra”.
Con este verso, el salmo anticipa el evangelio de Juan, con ese prólogo hermoso y profundo que nos habla del Dios que adopta un rostro y un cuerpo humano y viene a habitar entre nosotros.

9 de junio de 2011

Envía tu Espíritu, Señor...

Salmo 103
Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza  y majestad, la luz te envuelve como un manto.
Cuántas son tus obras, Señor; y todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas.
Todas ellas aguardan a que les eches comida a su tiempo; se la echas, y la atrapan; abres tu mano y se sacian de bienes.
Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

En esta fiesta de Pentecostés, la fiesta del fuego y el aliento de Dios, el salmo 103 nos recrea con versos exultantes. Si dicen que del asombro ante el mundo nació la filosofía, es muy posible que también de la admiración brotara ese impulso íntimo del alma humana que llamamos sentimiento religioso, fe, o espiritualidad.
El salmo habla de tres rasgos que definen a Dios, a quien no vemos y que el pueblo hebreo describió de diversas formas. Pero sí se puede percibir su presencia en estas características.
La primera es la belleza. El grandioso espectáculo del mundo natural habla de Dios. La luz lo envuelve; no solo la luz del sol y las estrellas, sino también la lucidez interior, esa claridad de mente y espíritu que permite adivinar su presencia.
La segunda es la sabiduría. El Génesis remarca, ante cada gesto creador, que Dios hace bien todas las cosas. El universo se rige por unas leyes, el mundo se nos hace inteligible y hermoso como una sinfonía bien orquestada.
La tercera, es la capacidad de Dios de dar vida y mantenerla. Infundir el soplo de vida es propio de Dios, y alimentar a sus criaturas con generosidad también forma parte de su manera de ser. En la naturaleza, toda criatura encuentra su camino y su sustento. Ojalá en las sociedades humanas, con tantos medios y conocimiento como tenemos, supiéramos seguir esa ley natural que nos llama a la armonía, a la mesura y al reparto de bienes para que a nadie le falte nada, no sólo lo necesario, sino la abundancia justa para poder disfrutar de la vida. Dios no sólo quiere que sobrevivamos; quiere que nos saciemos y vivamos gozosamente.
Dios es vida, y vida en plenitud, como nos recuerda san Juan en su evangelio. Su aliento sostiene nuestra existencia. Y aún más. Muchos estamos hambrientos de esa vida hermosa y plena, que nos saque de una existencia anodina y gris. El Espíritu Santo, cuya fiesta hoy celebramos, es fuerza y es gozo, fuego que arde en nosotros a poco que le dejemos penetrar en nuestro corazón. No sólo nos hará vivir, sino renacer a una vida que sobrepasa la dimensión terrena: la vida del amor de Dios, la vida infinita, la vida que los evangelistas han llamado eterna. Por eso el salmo de hoy es también súplica y llamada: ¡Envía tu Espíritu, Señor! Y haz renacer la faz de nuestro mundo interior, para que vivamos de verdad y podamos llevar tu vida a otros sedientos que la esperan.

4 de junio de 2011

Dios asciende...

Salmo 46
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra.
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad.
Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado.

El salmo de hoy acompaña las lecturas de la Ascensión de Jesús como una sinfonía triunfal y exultante. Es un salmo con tintes épicos, teñido también de gozo. Sus versos desprenden luz y alegría: la exaltación de ánimo de aquel que “ve”, reconoce y aclama la grandeza de Dios.
Qué fácil es admirarse ante la belleza del mundo, ante la grandiosidad de un paisaje o ante las maravillas del universo. Para muchos, agnósticos o escépticos, todo es fruto del azar. La realidad puede ser hermosa o terrible, pero siempre es desconcertante y desborda la capacidad de comprensión. Los interrogantes no hallan respuesta. Ante la falta de una explicación que dé sentido a todo cuanto existe, el corazón enmudece.
Pero quien sabe ver detrás de toda esta belleza la mano de un Dios Creador, prorrumpe en exclamaciones como las de este salmo. La música es el mejor vehículo para transmitir lo que parece inefable: “batid palmas, tocad, tocad para nuestro rey”. La admiración y la alabanza impulsan la creatividad humana. El hombre se anima a imitar a Dios entonando un cántico, plasmando una imagen, modelando una  escultura o danzando con su cuerpo. Toda manifestación de arte, en cierto modo, es un destello de la divinidad que alienta en cada ser humano.
Aún hay más. El salmo llama a Dios “rey”. El pueblo judío vivió muchos años sin monarquía, y sus profetas —Samuel— se resistieron a vivir bajo el yugo de un rey. En su fe, únicamente Dios merece el título y el honor de un soberano. Así ha sido también para los santos, que no han postrado su rodilla ante ningún poder temporal, solo ante Dios. Esta convicción tiene consecuencias profundas. Adorar solo a Dios, que es amor y que desea nuestra plenitud, significa liberarse de muchos temores, condicionantes y “respetos humanos”, que a menudo nos esclavizan y empequeñecen nuestro espíritu. Las monarquías y los poderes terrenales suelen someter a las personas; debemos “amoldarnos” para encajar en una sociedad y ser aceptados y aplaudidos. O bien hemos de someternos a sus leyes, más o menos justas, porque así lo han decretado quienes detentan el poder. Quizás para algunos, que adoptan el pensamiento freudiano, “matar a Dios” significa la liberación del hombre. Tal vez se han forjado una imagen muy errada de Dios, u olvidan que cuando Dios es apartado del mundo y el ser humano ocupa su lugar comienza una esclavitud terrible y a menudo arbitraria.  El gran tirano del hombre es el mismo hombre. En cambio, cuando Dios es rey, el hombre alcanza su libertad.

Cuánto amo tu voluntad, Señor