Salmo 24
Tus sendas, Señor, son misericordia
y lealtad para los que guardan tu alianza.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus
sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia
son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a
los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los
humildes.
La Cuaresma se define
como un camino hacia la Pascua. ¿Cómo saborear estas palabras superando la
rutina y la costumbre para que adquieran sentido en nuestra vida, hoy?
Camino: todo ser humano,
en algún momento de su vida, se pregunta de dónde viene y a dónde va. La
filosofía y las religiones de todos los tiempos han buscado respuestas. En Cristo,
Dios se ha adelantado a responder a esta inquietud. Mostrándonos su rostro nos
ayuda a comprender quiénes somos nosotros.
¿Quiénes somos? Criaturas
a imagen suya, con un alma inmensa en un cuerpo pequeño y limitado; con un
potencial inimaginable dentro de unos límites en espacio y tiempo… Minúsculos y
frágiles, enormes y poderosos, así somos. Dependientes de la fuente de nuestro
ser pero, al mismo tiempo, libres.
Dios no solo nos muestra
quiénes somos, sino que nos señala un camino. Un camino que se personaliza en
Jesús, nuestro modelo y nuestro compañero inseparable. Las enseñanzas de Dios
no son dogmáticas ni autoritarias. Jesús enseña con su vida y camina junto a
nosotros. Este es su modo de enseñar: implicándose hasta el fondo en nuestra
existencia cotidiana, hasta las realidades más íntimas y también las más
dolorosas.
¿Cuál es nuestro camino?
Es un camino que parte de Dios… y regresa a Dios. Este es el sentido profundo
de la conversión: regresar al Padre. Volver a sus brazos, porque tú eres mi Dios y mi Salvador, y todo el día
te estoy esperando.
El salmo nos habla de un
Dios tierno, entrañable, bueno, que se conmueve. Un Dios padre, maestro,
amante. ¡Todo lo da sin pedir nada a cambio! Tan solo es necesaria una cosa
para poder recibir tanto regalo, para dejarse enseñar, para recorrer con gozo
ese camino: la humildad.
Ser humildes nos permitirá
entrar en la onda de Dios y caminar
esta Cuaresma con paso ligero, alegre, con ganas. Porque el camino de Dios está
protegido y él nos defiende de peligros y descarga nuestras espaldas de tantos
pesos: culpas, miedos, dudas… El Señor es leal, dice el salmo, y sus sendas son
seguras. No quiere decir esto que nos garantice un camino de rosas: ¡seguir a
Jesús es una aventura! En ella hay momentos de gloria y de cruz. Pero hay algo
seguro: el destino final es luminoso y certero. Nos espera el hogar que siempre
hemos añorado: el mismo corazón de Dios.
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